De la celebración formal al ‘brunch’: la evolución generacional que derriba los mitos alrededor del vino

Por Redacción

Periodistas Unidos. Ciudad de México a 26 de julio de 2026.- Durante décadas, la relación del consumidor mexicano con el vino estuvo rigurosamente normada por el protocolo. La apertura de una botella quedaba relegada casi de forma exclusiva a aniversarios, cenas de gala, bodas o festejos de fin de año. Sin embargo, el panorama del mercado de bebidas en México experimenta una metamorfosis estructural: la cultura vitivinícola contemporánea está derribando las barreras del formalismo para abrazar la versatilidad, la ligereza y la espontaneidad cotidiana.

Esta transformación responde a una dinámica global. De acuerdo con informes del International Wine and Spirits Record (IWSR), el comportamiento de los consumidores jóvenes hacia las bebidas con alcohol ha dado un giro hacia la moderación consciente. La Generación Z —que ya representa cerca del 25% de la población mundial— registra patrones de consumo caracterizados por una menor frecuencia alcohólica, inclinándose hacia perfiles de sabor más frescos, frutales y con menor volumen de alcohol por volumen (ABV).

Ante este paradigma, las categorías tradicionales han tenido que replantear sus ocasiones de consumo para mantener su relevancia frente a un público que valora la flexibilidad sobre la etiqueta.

El cambio en la percepción del vino no borra las costumbres anteriores, sino que las expande. Actualmente conviven en el mercado tres perfiles de consumidores que entienden y disfrutan la bebida de maneras sustancialmente distintas:

  • Baby Boomers y Generación X: Mantienen el valor histórico del vino como un pilar de la sobremesa, las reuniones familiares de fin de semana y los hitos solemnes, asociando la copa al sentido de pertenencia y tradición.

  • Millennials: Fueron los primeros en democratizar el consumo. Introdujeron el vino en contextos casuales como las reuniones after-work, picnics, maridajes no convencionales y viajes de fin de semana, convirtiendo la experiencia gastronómica en un eje de socialización.

  • Generación Z: Lideran la transición hacia un consumo descontracturado. Priorizan vinos jóvenes, espumosos o rosados que no exijan un conocimiento sommelier profundo para ser disfrutados, integrándolos a reuniones improvisadas, terrazas y la cocina cotidiana.

«Hoy vemos que el vino está dejando atrás muchos de los protocolos que durante años marcaron su consumo»«, explica Jonathan Campos, Director de Marketing de IDI, empresa responsable de la comercialización de la firma italiana Riunite en México.

Una misma botella puede reunir a abuelos, hijos y nietos alrededor de una mesa, pero también acompañar una cena entre amigos, un brunch de fin de semana o una reunión espontánea. Esa flexibilidad está acercando la categoría a nuevas generaciones que buscan experiencias auténticas, sencillas y fáciles de disfrutar».

El mercado mexicano ha comenzado a responder a estas exigencias con propuestas de menor graduación alcohólica y perfiles de cata más amables. En este contexto, propuestas como el Lambrusco dulce de Riunite —que cuenta con un contenido alcohólico de apenas 8%— han encontrado un terreno fértil para conectar tanto con consumidores históricos como con aquellos que apenas se inician en el universo del vino.

Para ilustrar este cruce generacional, la firma ha reunido a tres personalidades que representan la diversidad de estilos de vida en México: la cantante Isabel Lascurain, figura vinculada a las tradiciones y la memoria afectiva familiar; el creador de contenido Wattsopa, enfocado en la cotidianidad y el estilo casual de los Millennials; y Andy Badillo, quien conecta con la búsqueda de autenticidad y ligereza característica de la Generación Z.

El auge de los vinos espumosos, fríos y de baja graduación no es un fenómeno aislado. Datos del Consejo Mexicano Vitivinícola (CMV) apuntan a un crecimiento constante en el interés por etiquetas versátiles que mariden con la gastronomía nacional sin abrumar el paladar, consolidando un ecosistema donde la bebida deja de esperar una «ocasión especial» para convertirse, sencillamente, en el acompañamiento de la vida diaria.