Por Jocelyn Pantoja
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 18 de agosto de 2025.- Ante la muerte del escritor, editor y promotor cultural Antonio Calera-Grobet (1974-2025), las redes sociales se inundaron con mensajes de tristeza y condolencia. No es menor: la Ciudad de México perdió en un trágico accidente, ocurrido el sábado 15 de agosto, a un gran ser humano, pero sobre todo a uno de los más tenaces y persistentes promotores de la literatura emergente y joven en la capital. Su campo de acción fue el Centro Histórico, que para la primera década de los dos mil comenzó su rehabilitación. Antonio Calera-Grobet inauguró la Hostería La Bota el 5 de octubre de 2005 en una sede inicial ubicada en la calle de Regina, en el Centro Histórico. Más tarde, hacia 2010, se trasladó a una dirección más espaciosa en San Jerónimo 40, esquina con Isabel la Católica, frente a la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Los mensajes de colegas y amigos comenzaron la noche del mismo sábado. Una de las primeras en reaccionar fue María Rivera (Premio Elías Nandino, 2000 y Premio Aguascalientes, 2005), quien incrédula escribió: “Dime, Antonio Calera-Grobet, que estás bien”. Casi al mismo tiempo, Enzia Verduchi (Premio Efraín Huerta, 1992 y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, 2004-2007) compartió:
“Antonio querido, me niego a creer que ya no estés en el mundo. Aún recuerdo nuestra última conversación hace apenas unos meses, donde no paramos de comer queso con nuez y miel, tomar tintos y hablar de poesía. Así siempre fue nuestra amistad: dulce, una eterna fiesta llena de poesía. Gracias por todo, gracias por tanto, te quiero muchísimo y me harás mucha falta”.
Este último mensaje evidencia lo mucho que Antonio Calera aportó a la comunidad poética, no sólo de la Ciudad de México, sino del mundo. Su Hostería La Bota fue centro de reunión de poetas invitados a encuentros internacionales. Fue el caso de “El Vértigo de los Aires”, festival que codirigí junto a Iván Cruz Osorio, Benjamín Morales y Gabriela Astorga. En su primera emisión, en 2007, las lecturas iban a realizarse en La Bota, pero al Fideicomiso del Centro Histórico se le ocurrió levantar la calle. Antonio no nos dejó solos y medió para que nos dieran descuento en “El Virreyes”, además de conseguir apoyos como el pago por la dictaminación al poeta Eduardo Milán por parte de la Fundación del Centro Histórico. Cuando la sede se mudó a San Jerónimo, recibió a muchos de los poetas que nos reunimos en torno a distintas iniciativas, como algunas de Di-verso.
También creó La Chula: Foro Móvil, una biblioteca rodante que recorrió distintos puntos de la ciudad para llevar la poesía directamente a la calle. Ahí, y se lo agradezco, tuve la oportunidad de visitar una calle en Santa María la Ribera junto a las cineastas Melí-Meló, quienes produjeron vídeos que sirvieron para difundir estas lecturas. Como editor de Mantarraya Ediciones, impulsó más de 60 títulos, muchos de ellos debut literarios de autores emergentes, como el de Emanuel Vizcaya, a quien tuve oportunidad de coeditar desde mi editorial Proyecto Literal.
Es importante mencionar las 12 emisiones de su entrañable festival Poesía por Primavera, en el corredor peatonal frente a la Hostería La Bota. Este festival evolucionó hasta convertirse en un espacio dinámico donde la poesía convive con otras manifestaciones culturales como performance, música, cine, videoarte, diseño y más. Su objetivo primordial fue desjerarquizar la poesía, hacerla accesible y celebrarla como una experiencia colectiva, irreverente y festiva, que trasciende los formatos convencionales.
Antonio fue vital y revitalizó con sus propuestas y convocatorias la escena literaria. Su gran aporte fue la desacralización de la poesía, para hacerla un “objeto cotidiano”, algo accesible, incluso impreso en portavasos. También impulsó la creación gráfica desde el foro que instalaba con la ChulaMóvil en la Feria del Libro del Zócalo. Su dimensión ética y estética atravesaba toda su vida: desde su afición taurina, su amplia cultura literaria y su humor, hasta su papel de polemista y crítico, con un profundo sentido de congruencia. Convocó a un gran número de poetas para una lectura por Ayotzinapa y se adhirió, cuando lo consideró justo, a causas que debían defenderse.
Como poeta, narrador, ensayista y antologador, Calera-Grobet dejó una huella polifacética. Su obra poética —como los poemarios Yendo (2014), Sed Jaguar (2018) y Xajays (2023)— profundiza en la memoria urbana, el imaginario mesoamericano, el lenguaje y la identidad colectiva. En Sed Jaguar, por ejemplo, articula una poética barroca que dialoga con lo prehispánico, reviviendo aquello que el lenguaje ha olvidado o desplazado. En narrativa —como en Zopencos—, despliega un ritmo vertiginoso y coloquial que explora la juventud, sus excesos y costumbres, con humor, nostalgia y un tono desparpajado. Sus textos de crónica y ensayo, como Gula: de sesos y lengua, entretejen pasiones culinarias y reflexiones sobre el acto de comer como ritual poético. Más allá del estilo o el género, su obra se nutre de una inquieta curiosidad y de un compromiso ético con el lenguaje. No sólo escribió: creó espacios para que otros leyeran, hablaran y vivieran la poesía como una experiencia colectiva. Su legado literario es inseparable de su impulso comunitario: una obra que se escribe y se celebra en comunidad. De ahí que su lema más recordado se enuncie en primera persona del plural: ¡Antes del fin de este mundo, escribiremos otro!