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Bad Bunny en el Super Bowl: ¿Hito histórico o simulación frente al genocidio?

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 09 de febrero de 2026.- La esperada actuación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl, el evento deportivo más visto de Estados Unidos, ha encendido un ávido debate que trasciende lo musical. Mientras la industria celebra la consolidación del puertorriqueño tras su reciente Grammy a Álbum del Año, voces críticas cuestionan la profundidad de su discurso político frente a conflictos globales de extrema gravedad.

La cantante y activista Nidia Barajas ha lanzado una dura crítica contra lo que considera una «simulación» por parte de estrellas globales como Bad Bunny, Lady Gaga y Ricky Martin. Según Barajas, estos artistas se mantienen sometidos a su «dios el capital» y han evitado pronunciarse contundentemente contra el genocidio. «Ya basta de aceptar migajas de artistas cómplices. El dolor de las víctimas por el ICE no se sana con 12 minutos de música latina», sentenció la intérprete, cuestionando que un premio o un show masivo puedan borrar la realidad de infancias asesinadas o secuestradas.

La controversia se intensifica al señalar los vínculos de estos artistas con estructuras de poder. Barajas recordó que Lady Gaga solicitó seguridad a la Casa Blanca para actuar en Tel Aviv, mientras que Bad Bunny colabora estrechamente con el productor Yuval Chain, quien mantiene un apoyo visible al Estado de Israel en el actual conflicto. Para los críticos, estas alianzas contradicen los mensajes de rebeldía que los artistas proyectan en sus discursos de aceptación de premios, calificándolos de «aspirinas» ante un mundo que «se muere de cáncer».

El contraste es evidente: por un lado, una industria que utiliza la identidad latina para capitalizar audiencias y, por otro, un sector social que exige coherencia y una verdadera resistencia contra la violencia institucional y el genocidio. En este contexto, la actuación de Bad Bunny en el Super Bowl no solo se mide en niveles de audiencia, sino en su capacidad —o falta de ella— para incomodar a los sistemas de opresión que, según activistas, el artista termina validando con su silencio o sus asociaciones comerciales.

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