Detrás del comunicado de Spotify: inversiones bélicas, fraude con IA y explotación piramidal de artistas independientes

Por Alejandro Meléndez

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 08 de enero de 2026.- El comunicado emitido por Spotify este jueves, en respuesta a las acusaciones de Rubén Albarrán de Café Tacvba, es un intento de lavado de imagen que omite hechos verificables y contradice la realidad de sus prácticas corporativas. Lejos de ser una plataforma neutral que “respeta” a los artistas y “no financia guerras”, Spotify —a través de su CEO Daniel Ek— invierte en tecnología militar, difunde publicidad controvertida, fomenta el fraude con inteligencia artificial y mantiene un modelo económico vertical que precariza sistemáticamente a los músicos emergentes.

Spotify afirmó que “no financia la guerra” porque la inversión de 700 millones de dólares en Helsing proviene de la empresa personal de Ek, Prima Materia. Esta distinción es falsa: Ek, como CEO y principal accionista de Spotify, deriva su fortuna mayoritariamente de la plataforma, y él mismo preside Helsing, compañía que desarrolla software de IA para drones y aviones de combate con aplicaciones ofensivas en múltiples conflictos. Los ingresos generados por millones de usuarios terminan, indirectamente, alimentando la industria armamentística a través de su líder máximo.

La empresa negó tener “actualmente anuncios de ICE” y los calificó como parte de una campaña gubernamental pasada. Los registros demuestran que Spotify ha recibido pagos del Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU. para difundir spots de reclutamiento de ICE con mensajes antiinmigrantes, dirigidos específicamente a su audiencia gratuita, lo que provocó protestas y boicots.

Spotify aseguró que su política de IA “protege a los artistas humanos de clones y fraudes”. En la práctica, la plataforma está saturada de música generada por IA que acumula millones de streams, diluye el pozo de regalías y compite deslealmente con creadores reales, sin compensar el uso no autorizado de sus obras para entrenar modelos.

La empresa presumió pagar “el 70% de ingresos a titulares de derechos” y haber generado “millones de dólares” para Café Tacvba. Esta cifra oculta la verdad del modelo pro-rata: las regalías se reparten proporcionalmente entre todos los streams globales, beneficiando exclusivamente a los artistas masivos mientras la gran mayoría recibe centavos. Desde 2024, Spotify desmonetiza canciones con menos de 1.000 streams anuales, redirigiendo decenas de millones de dólares hacia las grandes estrellas y dejando en la pobreza a independientes.

El testimonio de la cantautora tijuanense Nidia Barajas desmiente directamente el discurso de Spotify sobre ser un “puente” equitativo. Tras dos años en plataformas, Barajas solo percibió 9.95 dólares anuales en regalías, retenidas por distribuidoras que le exigían pagar suscripciones para acceder a su propio dinero. “Spotify es un monstruo”, declaró, en una entrevista para Periodistas Unidos, al denunciar una “dictadura musical” donde artistas independientes terminan pagando por estar presentes y donde 100,000 canciones no registran ni una sola reproducción mientras la empresa acumula fortunas. Barajas retiró toda su música de las plataformas en octubre de 2025, optando por trueques comunitarios y canales directos para sobrevivir dignamente.

Los algoritmos centralizados de Spotify, diseñados desde arriba para maximizar retención y evitar “skips”, penalizan la innovación y entierran a músicos emergentes que no se ajustan a patrones predecibles de consumo. Esta estructura vertical no es un “puente” sino una barrera que obliga a los creadores a optimizar su arte para la máquina en lugar de para el público.

Esta crítica resuena con el pensamiento zapatista, que denuncia los modelos piramidales del capitalismo —donde unos pocos en la cima acumulan riqueza mientras la base es explotada y oprimida— como los que mantienen en precariedad a todos los sectores artísticos y culturales. El subcomandante insurgente Moisés ha afirmado que “todo es arte, político, ideológico, económico, cultural, social y nosotros ya no queremos el arte del mal sistema capitalista”, llamando a destruir estas pirámides opresoras para construir una nueva forma de vida donde el arte sea comunitario y liberador, no mercantilizado por plataformas que concentran el poder y diluyen el valor creativo.

El comunicado de Spotify no resiste el escrutinio: sus afirmaciones son parciales, engañosas o directamente falsas. Las protestas de Café Tacvba, Nidia Barajas, Massive Attack, Björk y decenas de artistas independientes revelan un sistema que prioriza ganancias corporativas y vínculos con la industria bélica por encima de la dignidad creativa. Exigen un modelo verdaderamente horizontal donde la música recupere valor, significado y justicia económica.