Orquesta Monumental Metropolitana debuta en el Zócalo con más de 300 músicos

Por Ángeles Ortiz

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 11 de septiembre de 2025.- La música tiene el poder de transformar vidas, unir generaciones y forjar comunidades entre desconocidos. Así lo evidencia el ensayo para el debut de la Orquesta Monumental Metropolitana, un proyecto que reúne a principiantes y profesionales en un esfuerzo colectivo por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, en coordinación con UTOPÍAS, PILARES, las Orquestas Comunitarias del Centro Cultural Ollin Yoliztli, el Programa de Coros, y la participación de municipios mexiquenses y alcaldías. El próximo sábado 27 de septiembre, esta formación monumental tocará ante miles de personas en el Zócalo capitalino, el escenario público más emblemático del país.

Desde junio pasado, maestros, directores y músicos de diversos niveles han sumado esfuerzos para este mega evento. Principiantes con instrumentos básicos y profesionales con décadas de experiencia se acoplan en ensayos intensivos, practicando para integrarse como un solo cuerpo sonoro. «Principiantes o profesionales, las y los músicos con los más variados instrumentos acuden a la celebración. Practican ser uno mismo con cada pieza del repertorio, acoplándose en cada compás y armonía para integrarse como grupo», describe la dinámica que ha unido a cientos en esta orquesta enorme.

El viernes pasado, en la UTOPÍA Meyehualco, el ambiente vibraba con anticipación minutos antes de las 16 horas. Músicos de todas las edades llegaban dispersos: infantes acompañados de sus padres, adolescentes con sonrisas tímidas, jóvenes ensimismados, profesionales experimentados y adultos mayores, guiados por profesores que enfatizan la escucha atenta y el cuidado de cada nota. Más de 300 participantes alistaban cuerdas, alientos, maderas, percusiones y un coro en la grada, hojeando partituras y practicando en solitario antes de unirse en un caos armónico de voces, saludos y abrazos.

La directora de orquesta Lizzi Ceniceros, encargada del proyecto, tomó el micrófono para dar la bienvenida y recordar el repertorio ensayado. El programa es una fusión ecléctica que abarca géneros y épocas: inicia con Kumbala, el danzón de La Maldita Vecindad que evoca los bares de los años 40; sigue con Habanera y Canción del torero, arias de la ópera Carmen de Bizet; continúa con Nunca es suficiente, cumbia de Natalia Lafourcade interpretada con Los Ángeles Azules. Luego, Viva la vida de Coldplay en pop rock de 2008; un popurrí de mambos de Pérez Prado; Mis sentimientos, huapango de Ximena Sariñana con Los Ángeles Azules; la Marcha Radetzky de Johann Strauss; la coral sudafricana Siyahamba, que refleja el espíritu comunitario; el Himno a la Alegría de Beethoven; y cierra con el Tango de la compositora mexicana Gina Enríquez.

«Debemos tener una combinación de géneros para que todos se sientan incluidos. La orquesta comunitaria es una que incluye a todos. Tenemos piezas de gran formato, piezas sinfónicas, y piezas total y absolutamente populares. Combinamos lo que estaban haciendo cada grupo, metimos música de concierto, para jóvenes, una más moderna, una coral, para que podamos hacer una mezcla donde todos se incluyan», explicó Ceniceros, destacando la diversidad como clave para la inclusión.

El ensayo fluyó como un lenguaje universal. Maestras y maestros dirigían con batutas, marcando compases en voz alta para la vasta formación. Miguel Alvarado, jubilado y percusionista en congas, compartió su historia: tras aprender en la Escuela de Música de UTOPÍA Meyehualco por su pasión por la salsa y la tropical, en 18 meses ya integra un ensamble folclórico y ahora explora lo sinfónico. «Quise invertir mi tiempo libre en algo que me apasiona», dijo.

Detrás de los violines, Rodrigo Romero, contrabajista de 29 años y maestro en UTOPÍAS, observaba atento. Egresado del Conservatorio Nacional de Música, comenzó a los 13 en el Centro Cultural Ollin Yoliztli. «Este concierto está pensado para un público variado, vamos a tener piezas académicas, clásicas, pero también vamos a tener danzones, cumbias, tangos, va a ser un repertorio retador, pero va a salir bastante bien. Los chicos están entusiasmados y están ensayando muy duro», comentó sin soltar su instrumento.

Los aplausos cerraban cada pieza, recompensando el esfuerzo colectivo. En Nunca es suficiente, el grupo bailó al unísono en un intento perfecto. Viva la vida trajo saltos y gestos enérgicos de la directora, mientras el popurrí de Pérez Prado desató un frenesí: violines y chelos agitaban arcos al ritmo de trombones y saxofones, con el coro danzando al grito de «¡Mambo! ¡Qué rico mambo!». En Mis sentimientos, tubas y trombones entraron precisos tras las percusiones, y todos se prendieron en pasos de cumbia.

A las 18:33 horas, el ensayo concluyó bajo una lluvia ligera. Músicos como Vicente, de 42 años con su jarana; Aline, de 17 junto a su violín; y Gabriel, dando instrucciones a sus alumnos con el saxofón barítono, recogían sus pertenencias. Se abrigaban y partían, con la tarea de practicar para los próximos ensayos.

«Cada uno de quienes están aquí ya le gusta el arte, ve la música, se autoexige, y trabaja en equipo, que le guste sonar bien y hacer algo bonito. Todo este numerote que tenemos es gente a la que le cambiamos la vida. Es un hecho porque ya ven la vida diferente. Muchos querían ser músicos y no lo habían logrado, y entraron de repente a una escuela y están empezando a tocar y ahorita ¡están en una orquesta! ¡Ya les cambiaste la vida!», concluyó Ceniceros, resumiendo el impacto transformador de esta iniciativa.

El debut en el Zócalo promete ser una celebración de la diversidad musical y humana, demostrando cómo los bellos sonidos evocan sentimientos que alegran, conmueven y crean lazos perdurables.