Por Ameyali Flores
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 26 de noviembre de 2025.- Hay puestos que son una silla caliente. Y luego está la dirección del Metro, donde cada titular parece condenado a cargar no solo con los vagones, sino con la política, las fracturas internas y el desgaste público. El caso más reciente lo confirma: Adrián Rubalcava llegó al Metro con un historial político amplio, polémico y lleno de alianzas cambiantes, y aun así, o quizás por eso mismo, ya recibió su primer mensaje claro desde el poder: no es parte del círculo de confianza.
La evidencia no es un rumor ni un comentario de pasillo. Está en las imágenes. En los recorridos y actos de reinauguración de la Línea 1, Rubalcava estuvo ahí, físicamente presente, caminando detrás del grupo central. Pero ni la presidenta Claudia Sheinbaum ni la jefa de Gobierno Clara Brugada lo incluyeron en sus posteos oficiales. No aparece ni en la foto heroica, ni en el video institucional, ni en el mensaje político. Y en política, eso pesa. Las ausencias hablan. A veces, más que las presencias.
Rubalcava llegó al Metro como llega un operador político a una trinchera: con su equipo, sus lealtades y sus pactos. Diversos analistas y medios han señalado que trasladó a la dependencia a varios de sus operadores históricos, personajes conocidos en Cuajimalpa por su estilo duro en campañas, famosos por ser golpeadores y en algunos casos hasta despojadores. Esa decisión generó ruido desde el primer día. No porque esté prohibido traer a tu propio equipo —es lo que hacen todos— sino porque envió el mensaje de que el Metro se convertía, una vez más, en un territorio con jefes múltiples y lealtades divididas.
Y eso, para un gobierno que presume orden, disciplina interna y coordinación compacta, no siempre es bien recibido.
Hay que recordar algo: el Metro es, desde hace años, un cargo de alto riesgo político. Los últimos directores han salido salpicados por tragedias, fallas, auditorías, renuncias y desgaste público. Florencia Serranía vivió el episodio más doloroso en décadas con el colapso de la Línea 12. Guillermo Calderón sobrevivió tres años entre crisis, fallas y sospechas. Antes, Jorge Gaviño y Jorge Jiménez enfrentaron presiones políticas constantes, conflictos de mantenimiento y una opinión pública siempre al borde del hartazgo.
Pero lo de Rubalcava tiene un matiz distinto. Es la primera vez que el mensaje de desconexión viene tan pronto y tan claramente desde arriba. Que te quiten de la foto oficial —cuando la foto es el instrumento fundamental del poder— equivale a decirte que estás, pero no perteneces; que ocupas el cargo, pero no la confianza.
Rubalcava, además, no llega como técnico, sino como político. Y en política, la imagen pública es capital. Su pasado reciente, marcado por rupturas, cambios de bando, acusaciones cruzadas y un estilo frontal, pesa. Sus aliados lo ven como un operador eficaz; sus detractores, como un actor duro y de tácticas agresivas. Esa reputación viaja con él, incluso a los andenes.
Por eso la exclusión en las redes y en la narrativa oficial tiene doble filo:
significa que su presencia es útil… pero no decorativa. Que se necesita su operación, pero no su simbolismo. En un gobierno donde la comunicación es milimétrica, lo que no se publica también es un mensaje.
Si al director del Metro siempre le va mal, no es solo por los problemas técnicos, ni por las fallas del sistema, ni por la presión mediática. Es porque el Metro es un lugar donde la política se amplifica. Cada movimiento se vuelve ruido. Cada error, crisis. Cada omisión, señal.
Y hoy la señal es contundente: Rubalcava está, pero no está. Y en la política mexicana, estar fuera de la foto oficial es, muchas veces, el principio de un destino anunciado.