Crónica de un golpismo en gestación: La Generación Z y el asalto al Palacio Nacional

Por Alejandro Meléndez

Por Alejandro Meléndez

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 16 de noviembre de 2025.- Después de más de 30 años cubriendo protestas en México, desde las marchas zapatistas en los 90 hasta las movilizaciones CNTE y 2 de octubre, ayer, 15 de noviembre de 2025, viví algo que me dejó perplejo. Como periodista gráfico, he visto de todo: bloques negros anarquistas irrumpiendo en manifestaciones de izquierda, gases lacrimógenos volando por el aire, y demandas desde templetes improvisados. Pero esta marcha de la Generación Z en la Ciudad de México fue distinta. No fue liderada por la izquierda tradicional, sino por figuras de la derecha, con un tinte de violencia que olía a desestabilización organizada. Y lo peor: parecía el preámbulo de un intento por confabular un golpe de estado violento, similar a lo que hemos visto en otros países de América Latina donde protestas callejeras han servido de excusa para derrocar gobiernos democráticos de izquierda.

Llegué al Ángel de la Independencia alrededor de las 11:30 de la mañana y la marcha ya había iniciado así que pude ver la parte trasera de la marcha y caminar hasta la punta donde la encabezaba doña Raquel, la abuelita del alcalde asesinado Carlos Manzo de Uruapan. Su figura frágil, con una pancarta que recordaba a su nieto, contrastaba con el resto del contingente. Recordemos que Grecia Quiroz, la esposa de Manzo, se deslindó públicamente del movimiento, criticando su vinculación con el empresario Ricardo Salinas Pliego y su emporio mediático, Tv Azteca. También estaban involucrados La Derecha Diario, dirigido por Arturo Herrera y el español Javier Negre, junto a miembros de la Marea Rosa que impulsan el nuevo partido «Somos México», con pilares como Fernando Belaunzarán, Emilio Álvarez Icaza y Guadalupe Acosta Naranjo, quienes marchaban visiblemente.

El recorrido por Paseo de la Reforma fue ordenado, pero limitado a un solo carril, desmintiendo las fotos virales en redes que mostraban una ocupación total de la avenida. Avanzamos por Avenida Juárez, Eje Central y entramos al Zócalo por 5 de Mayo. Durante el trayecto, observé algo inusual: gente de alto poder económico, algunos con guardaespaldas privados –gorilas trajeados que vigilaban cada paso–. Grupos de jóvenes, de 20 a 30 por bloque, vestidos con atuendos de anime, sombreros de paja al estilo de One Piece y disfraces de Monkey D. Luffy, gritaban consignas contra la corrupción y la violencia. Era como si la cultura pop se hubiera mezclado con la política, pero con un trasfondo oscuro.

En un momento que me pareció surreal, vi al conductor de televisión Manuel López San Martín, de Tv Azteca, caminando con dos escoltas mientras entrevistaba en vivo a participantes «hegemónicos» –gente rica, vestida de blanco (emulando a la Marcha Blanca de 2004) y ropa de marca–. Nunca antes había visto algo así en una manifestación: un presentador con protección personal, transmitiendo para una cadena que, en mi opinión, ha construido una narrativa para incitar a la toma de poderes ejecutivos. En la esquina de Reforma y Juárez, un dron sostenía un sombrero aludiendo al de Carlos Manzo, un símbolo flotante que capturaba la atención de todos.

Al llegar al Zócalo, la sorpresa fue mayor: no había templete, ni micrófonos, ni oradores para elevar demandas. En cualquier protesta mexicana, eso es inaudito; siempre hay un espacio para que las voces se escuchen y entender cuales son las demandas o que se pide para cambiar la situación en México. En cambio, grupos de encapuchados ya estaban allí, tratando de derribar las vallas frente a Palacio Nacional. Vestidos de negro, con rasgos de la Generación Z –zapatillas deportivas, mochilas modernas–, venían equipados con martillos, cuerdas, cadenas y bombas molotov. No eran el bloque negro anarquista que suele aparecer en marchas de izquierda, con su discurso antisistema. Estos gritaban consignas de extrema derecha, y algunos, por sus amenazas, parecían afiliados a grupos de narcotráfico en la capital. Los oí amedrentar a los policías: «Los vamos a desaparecer cuando los veamos solos».

La mayoría de los marchantes, al ver la violencia, se retiraron del Zócalo, horrorizados. Pero grupos radicales de gente mayor –no de la Gen Z– se quedaron para auxiliar a los encapuchados. Eso tampoco lo había visto: en protestas de izquierda, los moderados calman a los violentos; aquí, los radicales con pancartas de odio y misoginia alentaban la escalada, gritando sobre imitar lo de Nepal y dar un golpe de estado para tomar Palacio Nacional.

Lograron derribar una valla en el centro, y luego el lado derecho. Los policías respondieron con gas lacrimógeno y polvo de extintor. Los manifestantes rompieron coladeras, pavimento, macetas y barandales del Metro para usarlos como proyectiles. de fondo musical algunos traían bocinas con la canción de «Gimme tha Power» de Molotov. Piedras volaban de un lado a otro, causando decenas de heridos en ambos bandos. En un punto, los encapuchados pidieron parar las piedras para evitar represalias. Tras dos horas de batalla, hubo una pausa surreal: algunos se rindieron, pidieron paz, y vi abrazos entre manifestantes y policías, incluso repartieron agua. Pero del lado izquierdo, los grupos más violentos insistían en entrar.

La confrontación duró unas tres horas y media. Algunos jóvenes de la Generación Z se retiraron, proclamando un «triunfo». Los radicales se quedaron, pero al ver que eran menos, los policías avanzaron para despejar el Zócalo. Ahí vinieron los abusos: vi cómo agredieron a periodistas, como a mi compañero Víctor Camacho de La Jornada, quien fue golpeado brutalmente, despojado de su equipo fotográfico y celular. El Zócalo quedó acordonado, con más policías llegando para limpiar y evitar reingresos. Aun así, grupos violentos siguieron lanzando petardos en calles aledañas durante horas. Según datos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX, hubo 100 policías heridos y 20 detenidos.

Esta violencia no es aislada; se replica en otros estados. En Jalisco, protestas similares estallaron ayer contra la corrupción y la violencia, con choques que dejaron heridos en Guadalajara. En Puebla, miles marcharon en la capital estatal, y aunque menos intensos, hubo reportes de enfrentamientos con la policía local. En Michoacán, cuna del asesinato de Manzo el 1 de noviembre, las manifestaciones fueron particularmente encendidas, con jóvenes denunciando colusión entre autoridades y carteles, y algunos incidentes violentos en Morelia. Todo esto, impulsado por la misma Generación Z que clama contra la inseguridad, pero con un matiz que huele a manipulación.

Y aquí viene lo que me alarma: esta forma de generar caos callejero para desestabilizar gobiernos de izquierda es un patrón en América Latina. En Venezuela, protestas opositoras en 2014 y 2017, financiadas por la derecha y con apoyo externo, buscaban derrocar a Maduro mediante violencia urbana. En Bolivia, en 2019, manifestaciones contra Evo Morales, un líder indígena de izquierda, culminaron en un golpe de estado respaldado por la OEA y la derecha, con tomas de edificios públicos y represión. En Perú, las protestas contra Pedro Castillo en 2022, un presidente rural de izquierda, llevaron a su destitución mediante maniobras parlamentarias y callejeras violentas. Más de 34 golpes en 12 países latinoamericanos desde mediados del siglo XX, muchos contra líderes progresistas, con intervención externa –a menudo de EE.UU.– para instalar regímenes afines. En México, con medios como Tv Azteca y La Derecha Diario construyendo narrativas de «toma del poder», esto parece el inicio de algo similar: usar la violencia juvenil para justificar un golpe contra un gobierno democrático.

Al final del día, esta la vieja cara de la derecha en México. Una que no debate, sino que destroza, sin un fondo ideológico más que las descalificaciones, el racismo y la misoginia. Como fotorreportero, he cubierto el caos, pero nunca uno tan calculado para escalar un golpe de estado. Ojalá que no sea el comienzo de algo peor donde los jóvenes son manipulados por el rostro oculto de la derecha neoliberal.