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La activista y escritora Angela Davis llena la UNAM para hablar sobre su nuevo libro ‘Abolición, feminismo, ¡ahora!’ y abre el debate sobre el papel de las cárceles como espacios de verdadera reinserción social
Por Karina Álvarez
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 28 de agosto de 2026.- La imagen de una persona privada de la libertad leyendo un libro al interior de la prisión puede parecer común en una sociedad que habla de reinserción social, pero está lejos de serlo en las cárceles mexicanas.
Mientras Angela Davis, activista y promotora del feminismo negro desde los años 60, cuenta que algunas de las experiencias más apasionadas con la lectura las ha encontrado precisamente dentro de las prisiones —personas que descubren entre las páginas de un libro un espacio de libertad que nunca tuvieron afuera—, en México muchas cárceles apenas cuentan con las condiciones básicas para ofrecer educación y lectura a quienes permanecen detrás de las rejas.
Ese fue uno de los contrastes que dejó sobre la mesa la visita de Davis a la UNAM, donde participó en el diálogo magistral sobre su nuevo libro ‘Abolición, feminismo, ¡ahora!’, en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, junto con Gina Dent, coescritora del libro. El encuentro planteó una discusión de fondo: las cárceles y la policía no necesariamente resuelven la violencia de género ni la desigualdad; el feminismo abolicionista propone buscar respuestas comunitarias que atiendan las raíces de esas violencias.
Davis conoce el sistema penitenciario desde dentro. En los años setenta fue encarcelada y enfrentó una sentencia de muerte. Su liberación fue posible, en buena medida, por una movilización internacional que convirtió su caso en una causa colectiva.
Ahora, décadas después, cuestiona el llamado feminismo carcelario: la corriente que deposita en la policía, los tribunales, las condenas y las prisiones la respuesta principal frente a la violencia contra las mujeres y las personas trans.
La pregunta que deja para México es inevitable: ¿de qué sirve castigar más si no somos capaces de transformar las condiciones que producen la violencia?
Y ahí aparece una segunda discusión que pocas veces ocupa el centro del debate penitenciario: la educación. Una cárcel no puede hablar de reinserción social si no ofrece herramientas para construir una vida distinta.
En México existen centros penitenciarios con espacios destinados a bibliotecas, pero eso no significa necesariamente que tengan acervos suficientes ni que la lectura forme parte de una estrategia sólida de reinserción.
El problema es que el sistema enfrenta carencias mucho más elementales. En febrero de 2024 había 232 mil 684 personas privadas de la libertad para una capacidad instalada de 222 mil 75 espacios; 128 de los 282 centros penitenciarios reportaban sobrepoblación. La CNDH ha señalado además que el hacinamiento, la sobrepoblación, las deficientes condiciones de estancia y la falta de servicios pueden convertirse en obstáculos para una reinserción social efectiva.
Y si hablamos de niñas y niños, el problema adquiere otra dimensión.
En México no solamente hay personas que cumplen una condena dentro de las prisiones. También hay menores que pasan sus primeros años de vida acompañando a sus madres privadas de la libertad.
Hace casi una década, esa realidad quedó documentada en el Centro de Reinserción Social Santa Martha Acatitla, en Iztapalapa, CDMX.
Durante el ciclo escolar 2016-2017, alrededor de 80 mujeres vivían con sus hijos en un área separada de la población general compuesta por un aproximado de 1500 mujeres, eran 87 niñas y niños. En ese espacio funcionaba el Centro de Desarrollo Infantil Amalia Solórzano, donde los menores recibían atención educativa desde las primeras etapas de vida hasta el nivel preescolar. La Secretaría de Cultura incluso sumó el programa Alas y Raíces al trabajo que realizaba ahí la asociación civil Uno, Dos, Tres Por Ellos.
Fue ahí donde la organización civil comprendió que hablar de reinserción social no podía limitarse sólo a las mujeres que cumplían una sentencia. También había que hablar de los niños, sus hijos.
Su programa “Salvación por todos mis amigos, Niños que nacen y viven con sus madres en prisión”, se implementó durante ese ciclo escolar con 87 niñas y niños, mediante 19 talleres de sensibilización artística, terapeúticos y de promoción de valores humanos y cívicos, y consiguió la donación de más de 250 libros para la Bebeteca con la que ya contaban, a fin de acercarlos a la lectura y al conocimiento.
El objetivo no era entretenerlos. Era abrirles una puerta, mostrarles que había muchas más que la realidad que enfrentaban.
Y es que un niño que vive dentro de una prisión no cometió ningún delito. Sin embargo, las condiciones de encierro de su madre terminan determinando buena parte de su infancia: el espacio en el que juega, aprende, convive y descubre el mundo.
Por eso la educación penitenciaria debería ocupar un lugar mucho más importante en la discusión sobre seguridad, igualdad y género.
Si el Estado encierra a una persona y después pretende que regrese a la sociedad sin haberle ofrecido herramientas para reconstruir su vida, ¿qué tipo de reinserción estamos esperando?
La experiencia de Santa Martha Acatitla mostró que un libro, un taller, una clase o un espacio de juego pueden parecer pequeñas acciones frente a la dimensión del sistema penitenciario. Pero para un niño que nació detrás de los muros, pueden significar la diferencia entre crecer únicamente condicionado por el encierro o descubrir que existe un mundo mucho más grande.
Y eso conecta directamente con lo que dijo Angela Davis en la UNAM.
Ella habló de abolición, pero también habló de imaginar otras formas de construir seguridad y de enfrentar la violencia sin entregar todas nuestras respuestas al castigo.
Tal vez México debería comenzar por una pregunta menos espectacular, pero mucho más urgente: ¿Qué estamos haciendo dentro de las cárceles para que alguien que salga de ellas tenga realmente una oportunidad de vivir de otra manera?
Porque si queremos hablar de seguridad, no basta con construir más espacios para encerrar. Necesitamos construir espacios para aprender, para leer, para pensar, para sanar, para crear, para que una persona pueda regresar a la sociedad siendo algo más que el delito por el que fue encarcelada.
Y para que los niños que nacen dentro de una prisión no tengan que cargar, además de los muros que rodearon su infancia, con la condena de repetirlos.
Angela Davis recordó en la UNAM que la desesperanza no es una opción y la educación puede ser una de las formas más concretas para demostrarlo.

