Semillero “Las artes bajo acoso” en CIDECI: memoria, teatro comunitario y resistencia desde abajo

Por Alejandro Meléndez

Periodistas Unidos. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. 21 de agosto de 2026.-Xaolin Wolf (también presentado como Shaolin World) abrió el Semillero «Las artes bajo acoso (danza, cine y teatro)», realizado en las instalaciones del CIDECI. El encuentro reunió a artistas, creadoras y creadores que compartieron experiencias de trabajo desde los márgenes, la memoria y la organización comunitaria.  Con la cumbia japonesa del grupo

El grupo musical invitó de inmediato al público a bailar. “Creemos que en todo el mundo caben muchos mundos apoyando el arte y la resistencia. Gracias a este encuentro que nos invita, esta música es para ustedes. Esto es Shaolin World”, dijeron. Interpretaron piezas como “Humanitario Yo Quiero Nacer” y cerraron con agradecimientos a la organización, dejando el espacio abierto para el resto de la jornada.

La memoria que no deja morir

Tomó la palabra el Capitán Galeano. En un texto titulado “Goku”, habló de la “enfermedad del calendario”, esa condición incurable, progresiva y terminal que todos padecen y que intenta combatirse con dietas, clínicas y productos milagro. Relató anécdotas de las montañas del sureste mexicano —desde una carta de alguien que creció con los cuentos del viejo Antonio hasta un miliciano llamado Gokú que practica arquería— para llegar a una conclusión central:

“El único remedio contra la enfermedad del calendario […] es la memoria. […] Uno no envejece ni muere si alguien, quien sea, le hace un lugarcito en su memoria y así le cura, le alivia y le da vida.”

Galeano subrayó que los recuerdos no solo anulan el paso del tiempo: traen de vuelta a los ausentes. Recordar al Subcomandante Pedro, dijo, es curarle las heridas, ofrecerle café y cigarrillos, abrazarlo de nuevo. “La memoria, amigos y enemigas, es la gasolina de la comunidad. Por eso los pueblos zapatistas no envejecemos. Por eso no morimos. Porque hay memoria y hay quien hereda esa memoria.”

Teatro comunitario desde abajo

Esmeralda Aragón, actriz y comunicóloga originaria de la región Chontal Baja de Oaxaca, habló desde la conmoción y la cercanía. Relató cómo su madre —mujer sin escolaridad formal, hecha de oficios, hierbas, finanzas cotidianas y cuidado— le enseñó el teatro sin pronunciar jamás la palabra: “Mi madre sabe de teatro aunque nunca haya pronunciado la palabra. Es una excelente actriz.”

Defendió con claridad el teatro comunitario:

“El teatro comunitario no es aquel que se lleva a las comunidades más recónditas tan solo porque se haya pagado una beca. […] Las comunidades rurales queremos ser parte de los procesos creativos. Queremos contar nuestras historias porque todas las historias son dignas de ser contadas.”

Narró el estreno de El Coyuno en 2018, en medio de la lluvia, con el comité de madres y padres de la escuela primaria que improvisó lonas, acarreó arena y prestó sillas. Más de 800 personas llenaron el patio de su casa. La obra, que muestra la vida cotidiana del pueblo hasta que un feminicidio la quiebra, terminó con baile hasta las tres de la mañana. “Ahí comprendí que la comunidad se construye en las asambleas, en el tequio, en los velorios y en las fiestas.”

Aragón también habló de educación “desde otro lugar”: su hijo de ocho años no asiste a la escuela tradicional, sino que aprende viajando, viendo teatro y conviviendo. “Esta es una decisión porque como madre y padre estamos dispuestos a dejarlo desde otro lugar.”

Paisajes de resistencia y pedagogías descoloniales

Jorge Vargas (en colaboración con Iván Rodríguez) presentó un recorrido por “paisajes” teatrales: la Ciudad de las Mujeres en Colombia, encuentros con periodistas amenazados, búsquedas de personas desaparecidas en Tamaulipas, la obra Amarillo sobre migración, el mojón de tierra suspendida como imagen forense y la función en una Ciudad Juárez sitiada donde el teatro se convirtió en refugio. “Poner en escena para nosotros no es sólo armar un montaje. Es también una forma de rendir cuentas […] comparecer frente a un otro u otra con la intención de poner en común nuestra vivencia.”

Hernán del Riego y Eduardo Bernal aportaron reflexiones sobre pedagogías descoloniales del arte. Bernal, desde su condición de autodidacta y “colonizado”, recuperó la distinción entre colonización (acontecimiento histórico con fecha) y colonialidad (el presente que continúa operando en el saber, el ser y el poder). Propuso prácticas concretas: dejar de pedir permiso a Occidente para pensar, romper la historia lineal, recuperar el “estar” frente al “ser”, intervenir canciones (como en el proyecto La Bola, un cancionero para resistir la desmemoria) y construir epistemologías propias.

Recordó el 1 de enero de 1994, cuando un grupo de teatro ensayaba sin saber que al mismo tiempo nacía el levantamiento zapatista: “¿A quién se le ocurre hacer teatro cuando el mundo está pasando por esto?” Treinta y dos años después, sostuvo que el arte es un acontecimiento de verdad, un quiebre que irrumpe y revela lo que antes no podía nombrarse.

La última mesa del día cerró con el reconocimiento de que estas conversaciones —como las anteriores del pensamiento crítico— “arrancan el corazón pero a la brava” y lo devuelven transformado. Mañana el Semillero continúa en el caracol de Morelia, Distrito Candelaria, para seguir hablando de resistencias, rebeldías y el impreso de las artes.

El encuentro reafirmó una convicción compartida: en un mundo que intenta homogenizar, el arte hecho desde abajo, con memoria y en comunidad, sigue abriendo espacios donde caben muchos mundos.