Periodistas Unidos. Ciudad de México. 21 de septiembre de 2026.- La Construcción de Paz en México: encuentro de luchas, territorios de esperanza. No fue un acto protocolario. Fue un ejercicio de memoria viva: madres buscadoras, pueblos en defensa de la tierra, periodistas, mediadores, organizaciones psicosociales y redes nacionales e internacionales se sentaron a preguntarse qué significa construir paz en un país que cumple 20 años de la llamada guerra contra el crimen organizado y casi 12 de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.En el auditorio del Centro Cultural de España en México, Servicios y Asesoría para la Paz (Serapaz) celebró tres décadas de trabajo con el foro
La jornada, de diez de la mañana a ocho de la noche, se organizó en una mesa inaugural con la Asamblea de Socios de Serapaz y tres mesas de diálogo: procesos y prácticas de paz, incidencia política y articulaciones.
Una casa cultural que quiere ser territorio de encuentro
Paola Pacheco, de Serapaz, abrió el espacio reconociendo lo difícil que resulta encontrarse en el México actual y cedió la palabra al director del Centro Cultural de España en México, José Carlos Balaguer.
Balaguer agradeció a Serapaz “30 años acompañando a comunidades, organizaciones y personas en algunos de los conflictos más difíciles de este país”: la defensa del territorio, los derechos de los pueblos indígenas y la búsqueda de personas desaparecidas. “Ayudar a construir diálogo cuando parece que el diálogo es imposible es un trabajo muy difícil; sostenerlo durante 30 años parece casi algo imposible”, dijo.
El director insistió en que hablar de paz es hablar de conflictos, desigualdad, violencia, desapariciones y defensa del territorio. Construir paz, añadió, no consiste en que no haya conflicto, sino en preguntarse qué hay detrás y qué hay que transformar. Por eso, afirmó, un centro cultural no puede ser solo un recinto de conciertos, exposiciones o teatro: “Queremos que sea un lugar donde podamos encontrarnos, hablar con quien piense distinto e imaginar otras maneras de vivir juntos”.
La fórmula del foro —territorios de esperanza— le pareció precisa: “La esperanza no es solamente pensar que las cosas pueden ser diferentes; es trabajar para que puedan serlo”.
De la CONAI a un país en guerra: la memoria de la Asamblea de Socios
La mesa inaugural, moderada por Pacheco, reunió a tres voces de la Asamblea de Socios: Miguel Álvarez Gándara, Alberto Solís Castro y Citlalli Hernández Saad.
Álvarez Gándara, mediador con más de cinco décadas de trayectoria, recordó el origen institucional. Serapaz nació porque las fundaciones exigían un instrumento con personalidad jurídica y fiscal al servicio de la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI), presidida por el obispo Samuel Ruiz. La asamblea inicial la integraron apenas tres personas: don Samuel, Gonzalo Ituarte y él mismo. Cuando la CONAI se disolvió y fracasó la iniciativa de la Cocopa para traducir los Acuerdos de San Andrés en ley, la pregunta fue si Serapaz debía desaparecer con aquella etapa. La intuición de Ruiz, dijo Álvarez, fue otra: trasladar lo aprendido en Chiapas a conflictos que no tuvieran “el tamaño de la violencia” del alzamiento zapatista, porque las claves de mediación siguen siendo válidas.
Chiapas, sostuvo, fue un parteaguas local, nacional, latinoamericano y global: ahí se cruzaron la madurez del movimiento indígena y una iglesia latinoamericana encarnada en Ruiz. “No somos el sujeto principal. El sujeto principal está abajo, en los movimientos y en las víctimas”. Cerró con una frase del jTatik: “Nos toca ser expertos en las razones de las luces”.
Alberto Solís, director ejecutivo de Serapaz entre 2014 y 2021 y hoy director del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria, trazó la evolución posterior. Una organización centrada en lo indígena y territorial tuvo que responder a la represión de Atenco en 2006, a 20 años de guerra contra el crimen organizado y a la emergencia de las víctimas como sujeto social. Nombró al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, al Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México y a Ayotzinapa, caso en el que Serapaz se articuló con el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, el Centro Prodh y Fundar.
Después, dijo, ya no bastaba ir “de caso en caso”. Había que entrar a lo estructural: protección de personas defensoras y periodistas, fiscalías, impunidad y militarización. El reto de hoy, advirtió, es doble: tres partidos distintos han gobernado el país y la violencia no cede, mientras se reducen los fondos internacionales para la sociedad civil. “Estamos retados a adaptarnos a la realidad de los flujos de la violencia para seguir siendo un actor pertinente”.
Citlalli Hernández Saad, defensora con dos décadas de trayectoria y parte de esa asamblea, habló de lo que cuesta sostener una organización 30 años: lo administrativo, lo político y “todo lo humano”. El sueño de Serapaz, dijo, no es una unidad a cualquier costo —comparó al movimiento social con una torre de Babel—, sino un método: dialogar, producir acuerdos y, al menos, acordar la siguiente reunión. El diálogo, horizontal y vertical, incluso “improbable”, es herramienta estratégica. Y añadió una paradoja que recorrió el resto del día: “Mientras Serapaz es más exitoso, es más invisible. Cuando los actores sociales tienen el papel protagónico y Serapaz se vuelve discreto, lo hemos hecho mejor”.
Pacheco cerró esa primera parte ubicando el presente de la organización en tres estrategias —defensa de tierra y territorio; verdad, justicia y desaparición; condiciones democráticas— y una apuesta transversal de 20 años: la Escuela de Paz. También anunció el arranque de una comunidad de donantes individuales para sostener el acompañamiento más allá de coyunturas y financiamientos puntuales.
Mesa 1. Prácticas de paz: búsqueda, periodismo, fiesta y cuidado psicosocial
La primera mesa, Procesos y práctica de construcción de paz, la moderó Diana Ramírez. Participaron Diana Gutiérrez, del Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México (MNDM); Ernesto Ledesma, de Rompeviento TV; Sael Blanco, del colectivo veracruzano Altepe; y Oyuki Barrientos, directora de Aluna Acompañamiento Psicosocial.
Gutiérrez, fundadora del colectivo Buscándote con Amor y buscadora de su madre, Adolfa Cerquero, desaparecida el 13 de septiembre de 2016 en el Estado de México, habló desde las familias. Sus apuestas de paz fueron tres: el derecho a la verdad; la defensa de la identidad frente a más de 72 mil cuerpos sin nombre; y transformar el dolor en organización. “Podríamos quedarnos con el odio. Teníamos motivos. Pero lo nuestro es organizarnos, de un dolor individual a una esperanza colectiva”.
El movimiento, dijo, reúne a más de 92 colectivos y se articula con tres países de Centroamérica. Entre los alcances enumeró no deshumanizarse, poner en el lenguaje público palabras que antes no existían —crisis forense, entrega digna— y la solidaridad de una madre de Sonora que acompaña a otra de Veracruz. Entre los retos: leyes que no se implementan, fiscalías que no se hablan entre sí y el desgaste de buscar. “Sin búsqueda no hay verdad. Sin verdad no hay paz. Sin las familias no hay nombre”.
Ledesma, periodista que caminó con la CONAI en los años noventa, se negó a autodefinirse sin matices como “constructor de paz”, pero aceptó que el periodismo de campo —Guerrero, Chiapas, Coahuila— también lo es cuando pone el reflector en poblaciones en vulnerabilidad extrema. Recorrió procesos en los que Serapaz ha incidido de forma directa o indirecta: EZLN, APPO, Atenco, autodefensas, policías comunitarias, madres buscadoras, Las Abejas de Acteal, Frayba, Tlachinollan, Centro Prodh.
influencers que no van a territorio. Construir paz, insistió, exige diálogo con quienes el poder ha vetado.Su crítica más dura fue política: denunció una “fractura prácticamente total” del gobierno de la Cuarta Transformación con organizaciones de derechos humanos y movimientos vinculados a la teología de la liberación. “¿Cómo van a construir paz sin el trabajo que están haciendo esas organizaciones de décadas?”, preguntó, y contrastó el uso de colectivos por medios corporativos para golpear al gobierno con el uso de
Sael Blanco desplazó la conversación hacia la cultura. Altepe nació en 2007 alrededor del huapango y el son jarocho, pero pronto entendió que no se conserva la tradición si se destruye el contexto campesino. La fiesta —comida, mayordomía, organización— fue su escuela política. Cuando la violencia de Los Zetas y, después, el fracking, los gasoductos, los derrames y la militarización reconfiguraron el sur de Veracruz, la música funcionó “como escudo para no enfermarnos de miedo”. Hoy, dijo, a veces lo que menos hacen es tocar: investigan, comunican hacia adentro de las comunidades y forman a jóvenes de 12 a 40 años. La paz, en su relato, empieza por conocerse y ponerse de acuerdo.
Oyuki Barrientos situó a Aluna, fundada en 2013, en la tradición latinoamericana del enfoque psicosocial de los años ochenta. Su apuesta es fortalecer a sujetos políticos golpeados por la violencia sociopolítica —defensoras, periodistas, buscadoras, comunidades— para que no abandonen la lucha. Advirtió contra la paz como “promesa” de grupos criminales, gobiernos o empresas extractivas, y contra las políticas del olvido. “La paz es parte del proceso, no el fin de la lucha”. Citar a Ana Cecilia Dinerstein le sirvió para decir que la extrema derecha recicla la esperanza que las izquierdas en el poder dejan vacía, y que reorganizar la esperanza es una capacidad colectiva, no un estado de ánimo.
En el diálogo con el público surgieron preguntas duras: qué se ha omitido en 30 años si el país está más polarizado; cómo hablar de paz si el Estado niega que hay guerra; cómo no tenerle miedo al conflicto interno; qué hacer con actores criminales que no caben en las metodologías clásicas de diálogo; qué papel pueden jugar embajadas. Las respuestas coincidieron en gestos cotidianos —memoria, organización, cuidado, visibilidad— más que en una fecha de “paz alcanzada”.
Mesa 2. Dialogar para incidir: Atenco, Ayotzinapa, Oaxaca y Michoacán
La segunda mesa, Diálogo para la incidencia política como apuesta de construcción de paz, reunió a Trinidad Ramírez, del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) de San Salvador Atenco; Daniel Moreno, de la Alianza por la Libre Determinación y Autonomía (Aldea) y Servicios del Pueblo Mixe; Cristina Bautista Salvador, madre de Benjamín Ascencio Bautista, uno de los 43 de Ayotzinapa; y Claudia Ignacio Álvarez, de la Red Solidaria de Derechos Humanos de Michoacán.
Ramírez, referente de la lucha contra el aeropuerto de 2001 y de la resistencia a la represión de mayo de 2006, felicitó los 30 años de acompañamiento y fue directa: “Hemos logrado mucho; sin embargo, no hemos alcanzado todavía la justicia”. El FPDT apostó al diálogo en 2001, lo sostuvo tras la cárcel de sus presos y lo volvió a poner en el centro para liberarlos en 2010. Con ese método, dijo, Atenco consiguió hospital, universidad, humedales y la restitución de tierras, además de un área natural protegida. “Nadie nos hace un favor. Es un derecho”.
Llamó a la presidenta Claudia Sheinbaum a escuchar a la base y no a “aquellos que dicen sí a un proyecto cuando no se ha escuchado al pueblo”. Y dejó una consigna generacional: la lucha no termina aunque algunos ya no existan; hay que delegar y sumar a las juventudes.
Daniel Moreno, abogado zapoteco, contó su propia conversión. Salió de la facultad “para ganar juicios”; Serapaz le enseñó a conciliar, a escuchar a las dos partes y “a mostrar el corazón”. En Oaxaca, donde más del 80 por ciento del territorio es propiedad social, los conflictos agrarios duran décadas y el gobierno, denunció, los “madura” en clave electoral. Su apuesta actual es el pluralismo jurídico: fortalecer sistemas normativos y jurisdicción indígena para que los pueblos resuelvan adentro y se blinden de lo que viene de afuera. Ganar un juicio, citó, “solamente abre la puerta”; después hay que organizar para que se cumpla.
Cristina Bautista habló a cinco días de cumplirse 12 años de Iguala. Agradeció el acompañamiento de Serapaz, Tlachinollan, el Centro Prodh y Fundar. En ese tiempo han muerto dos mamás y seis papás; el resto vive enfermo. “El día que encontremos a nuestros hijos, ese día nos vamos a curar”. Reiteró que la noche del 26 de septiembre de 2014 no fue una desaparición espontánea: los estudiantes fueron subidos a patrullas con números y nombres. Denunció la “mentira histórica” del basurero de Cocula y agradeció a los peritos argentinos y a la CIDH no haber aceptado cuerpos que no correspondían a sus hijos. Invitó a la jornada del 21 al 27 de septiembre y a la marcha del 26 en la Ciudad de México.
Claudia Ignacio, mujer purépecha de Sirundaro, llegó de Michoacán para plantear la incidencia desde los pueblos. La semana previa, colectividades michoacanas se habían manifestado contra la consulta de la ley de pueblos indígenas y exigido diálogo en y entre comunidades. Incidir, dijo, es transitar el conflicto para sostener la vida, no sentarse en mesas que simulan participación. Señaló tres “vicios” sistemáticos: la deslegitimación de las representaciones comunitarias, la simulación de asambleas y la impunidad que deja sin resolver tierra y territorio. Pidió que el Estado vaya a los pueblos, no al revés, y que la agenda se centre en el buen vivir y no solo en más patrullajes.
El público abrió heridas viejas. Abel Alvarado, madre de Mónica Alejandrina Ramírez, desaparecida hace más de 21 años, preguntó por qué en 2014 no se permitió unir su pancarta a la de los 43. Cristina Bautista y Trinidad Ramírez respondieron desde el dolor compartido: la unión es un reto permanente, no una consigna fácil; la rabia de una es la rabia de todas, pero las rupturas existen y hay que trabajarlas sin claudicar.
Mesa 3. Articularse o quedar aislados
Por la tarde, la mesa Articulaciones de paz —moderada por Ana Laura— reunió a Mario Hurtado, del Espacio OSC para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas; Naiki Olivas, de la Global Network of Women Peacebuilders (GNWP); Alberto Solís, ahora en representación de la Plataforma para la Construcción de Paz en México; y Estela Barco, de DESMI y de la articulación chiapaneca Slamalil K’inal.
Hurtado explicó que el Espacio OSC nació en 2010, en el arranque de la guerra contra el narco, y hoy agrupa a 15 organizaciones. Su eje es el derecho a defender derechos y la libertad de expresión en uno de los países más riesgosos del mundo para esas labores. La paz que buscan no es solo evitar la bala: es transformar relaciones, estructuras y narrativas de desprestigio. Entre sus apuestas está la campaña Proteger la dignidad, que ha recorrido más de 14 entidades para recomponer el diálogo pospandemia. “Sin espacio cívico no hay diálogo, y sin diálogo no hay construcción de paz”.
Olivas ancló la conversación en la agenda Mujeres, Paz y Seguridad (resolución 1325 de la ONU) y en la “localización”: la paz se construye desde lo local, con presupuesto, monitoreo y mujeres en la toma de decisiones, no con cuotas. Trajo experiencias de Uganda, Filipinas y Colombia. Los retos que enumeró coincidieron con el clima mexicano: no se reconoce la construcción de paz donde no hay “tanques de guerra”; se financia más la seguridad tradicional que a las organizaciones de base; hay un retroceso global en derechos de género; y la carga de cuidados agota a las constructoras de paz. “Los procesos feministas de paz no se construyen en la individualidad”.
Solís reconstruyó el origen de la Plataforma: las metodologías clásicas se quedaron cortas cuando el Estado dejó de ser la única contraparte y aparecieron actores armados, economías ilegales y entramados con empresas. De reuniones virtuales en pandemia nació una articulación que en 2022 se presentó en Chiapas. El auge de la palabra “paz”, advirtió, llega con menos camino recorrido que el campo de derechos humanos. El siguiente paso, dijo, no puede ser “sálvese quien pueda” ante el recorte de la cooperación internacional: hay que operar de manera coordinada y transnacional, porque las causas estructurales de la violencia mexicana no caben en la lógica del Estado-nación.
Estela Barco cerró con memoria chiapaneca: CONCAS en 1994, Red por la Paz, caravanas a Montes Azules, Moisés Gandhi, Chenalhó, Pantelhó y la frontera. Slamalil K’inal —Paz en Movimiento— reúne hoy a unas diez organizaciones, entre ellas Serapaz, Frayba, Coreco, DESMI y la Vicaría de Justicia y Paz de la diócesis de San Cristóbal. Su horizonte no es una “paz sucia” ni una paz cómplice. Desde la lengua tseltal leyó otros nombres de la paz: slamalil o’tanil, paz en el corazón; convivencia armoniosa con la comunidad y con la madre tierra; slekil kuxlejal, el buen vivir. En su articulación, precisó, no dialogan con quien hace la guerra a los pueblos. Y leyó una carta fechada ese mismo 21 de septiembre en San Cristóbal: “En estos tiempos en que las violencias se vuelven más densas, su trabajo se vuelve una luz necesaria”.
Llegaron también videos desde territorios que no pudieron estar en el auditorio: guardianas de humedales en Los Altos de Chiapas, la comunidad de Santa María Ostula y Agua Fría, Michoacán.
Lo que quedó sobre la mesa
Teresa Valdés, subdirectora de acompañamiento a procesos de Serapaz, intentó una síntesis sin pretender agotar la jornada. Recogió claves que se repitieron de mesa en mesa: transformar el dolor en organización; no tenerle miedo al conflicto, sino a las respuestas violentas; organizar y articular sin protagonismos; poner el diálogo en el centro, también con la sociedad y no solo con el gobierno; sostener la memoria de quienes ya no están y de quienes llegarán.
La Red Nacional de Defensoras entregó un árbol de la vida. Faltaron en el presídium nombres fundacionales —Dolores González, Jorge Fernández, Pablo Romo, Gonzalo Ituarte—, pero el equipo actual y varias generaciones se tomaron la foto final en la casa que Balaguer había declarado, por un día, también suya.
El foro no anunció un pacto nacional ni una fecha para la paz. Dejó otra cosa, más modesta y más difícil: la evidencia de que, mientras el Estado, las empresas y el crimen disputan territorios, hay procesos que ya construyen paz imperfecta en la búsqueda, en el huapango, en el expediente agrario, en la escuela psicosocial y en las redes que se niegan a caminar solas. A 30 años de su acta, Serapaz se presentó menos como protagonista que como puente. En eso consistió, según sus propios socios, el mejor cumplido posible.

