Por Ana Lluvia García
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 10 de junio de 2026.– La Cuarta Transformación no es perfecta. Ningún proceso histórico que aspire a transformar profundamente una sociedad lo ha sido. Lo que existe hoy en México no es una versión idealizada del cambio social, sino una transformación concreta construida bajo condiciones históricas reales.
La Cuarta Transformación heredó décadas de privatización, desigualdad, corrupción institucionalizada, violencia, dependencia económica y debilitamiento deliberado de las capacidades del Estado. También heredó poderes económicos y mediáticos que aún conservan una enorme capacidad para influir en la vida pública y defender sus privilegios.
A estos desafíos se suman las presiones del contexto internacional: disputas geopolíticas, amenazas a la soberanía de las naciones, intentos de injerencia externa, concentración global de la riqueza y una economía mundial marcada por la incertidumbre. Ningún proyecto de transformación puede desarrollarse al margen de estas condiciones.
Por ello, la Cuarta Transformación debe entenderse como una construcción histórica en movimiento. No es una obra terminada. Es un proceso que avanza entre contradicciones, resistencias, errores, aprendizajes y disputas permanentes por el rumbo del país.
Quienes exigen una transformación instantánea, libre de tensiones y completamente acabada suelen olvidar que ningún pueblo ha conquistado mayores niveles de justicia, democracia o soberanía de esa manera. Los cambios reales se construyen paso a paso, modificando correlaciones de fuerza, ampliando derechos, recuperando capacidades públicas y fortaleciendo la participación popular.
La pregunta de fondo no es si la Cuarta Transformación coincide con un modelo perfecto imaginado desde la comodidad de la crítica. La pregunta es mucho más sencilla y mucho más importante: ¿México está mejor posicionado para defender su soberanía, ampliar derechos y colocar al pueblo en el centro de las decisiones que hace una década?
La respuesta la ofrece el propio pueblo mexicano. Más del 70% de aprobación a la Presidenta Claudia Sheinbaum no representa únicamente respaldo a una persona o a un gobierno. Expresa la confianza de millones de mexicanas y mexicanos en una ruta política que ha colocado nuevamente la soberanía nacional, la justicia social y el bienestar colectivo en el centro de la discusión pública.
La soberanía no es una consigna vacía. Significa que las decisiones fundamentales sobre nuestros recursos, nuestro territorio, nuestra economía y nuestro futuro deben ser tomadas por el pueblo de México y no por intereses extranjeros, corporaciones transnacionales o grupos económicos acostumbrados a gobernar sin rendir cuentas.
Por eso adquiere especial relevancia el llamado a la unidad nacional frente a las presiones externas. Mientras la derecha internacional fortalece sus redes políticas, mediáticas y económicas para contener los procesos populares en distintas regiones del mundo, México enfrenta también intentos permanentes de desacreditar cualquier proyecto que fortalezca la capacidad del pueblo para decidir sobre su propio destino.
La reciente defensa de la soberanía nacional realizada por Andrés Manuel López Obrador y su respaldo a la Presidenta Claudia Sheinbaum deben entenderse en ese contexto. No hablamos de una disputa de nombres ni de liderazgos individuales. Se trata de la defensa de un principio fundamental: el derecho del pueblo mexicano a decidir libremente su presente y su futuro.
Defender la Cuarta Transformación no significa renunciar a la crítica. Significa comprender que los avances conquistados pueden perderse si las diferencias legítimas se convierten en herramientas para debilitar al único proyecto político que ha logrado articular las aspiraciones de millones de personas.
La derecha combate a la Cuarta Transformación porque entiende perfectamente lo que está en juego. Algunos sectores de izquierda la combaten porque observan todo lo que aún falta por transformar. Sin embargo, entre la restauración del viejo régimen y la profundización de los cambios conquistados existe una responsabilidad histórica ineludible: defender lo construido, corregir lo que sea necesario y seguir avanzando.
La transformación de México no será obra de un gobierno ni de una sola generación. Será la obra colectiva de un pueblo que decidió convertirse en protagonista de su propia historia.

