Por Paloma Escoto
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 03 de julio de 2025.- Ella se lanzó a la profundidad del cambio sin paracaídas ni anestesia, con el cuerpo desnudo y el alma abierta, porque eligió la cura. Eligió mirar al caos y a la oscuridad de frente, sin miedo ni evasiones. La noche interna se desplomaba ante sus ojos y, sin embargo, allí, en el corazón del abismo, un rayo de esperanza se asomaba, tenue pero firme, equilibrando la balanza de la confianza. Porque sabía —en lo profundo, en ese rincón sagrado donde se tejen los sueños y los miedos— que la creación es la formulación del pensamiento, la palabra que nos contamos a nosotras mismas para reconstruirnos, para elegirnos poderosas, dueñas de nuestra realidad.
En su camino, encontró las huellas de gigantes: Jung y Freud, con sus enormes diferencias, le legaron mapas para navegar la complejidad del alma; Simone de Beauvoir le susurró el valor de la libertad y la rebeldía femenina, mientras que Lorca desplegó sus estrategias poéticas para darle voz al dolor y a la belleza en los tiempos más oscuros. Ella bebió de esas fuentes, las mezcló con la magia del pasado, con la radical incongruencia de desafiar lo establecido, de descifrar lo onírico para hacer consciente lo inconsciente.
Desafió la memoria colectiva que insiste en definir lo aceptable y condenar lo diferente. Fue profundamente subversiva, pero no desde la ruptura violenta, sino desde la complejidad que abraza lo simple: el latido, la respiración, el acto de ser. Pintó con las palabras de Cortázar y la intensidad de Pizarnik su propia historia, compartida sin límites, como un flujo interminable de autenticidad.
Y así, como una bruja contemporánea, al estilo de Patti Smith, pero con la profundidad y la locura transformadora de Juana de Arco, tejió su propio relato de magia y resistencia. Usó los recursos y las herencias de la literatura, el arte y la ciencia, pero también se sumergió en los secretos ancestrales, en ese pulso sagrado que late en la genética del ser y que invita a una regeneración expansiva.
Ahondó en las enseñanzas de Grinberg, aceptando la existencia de mundos paralelos y acogiendo aquello que no vemos, pero que está y es presente. Escuchó las voces ignoradas, las que presionan desde una fuente universal de conocimiento que a menudo negamos experimentar, temerosas o incrédulas, pero que ella abrazó con valentía.
Así, su salto sin paracaídas fue un acto de fe radical: la certeza de que el autodescubrimiento es la brújula que nos guía en la tormenta, y que elegirnos poderosas es la revolución más profunda y necesaria que podemos protagonizar.