Por Ana Lluvia García
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 08 de septiembre de 2026.- El Segundo Informe de la presidenta Claudia Sheinbaum puede leerse como mucho más que un balance de cifras, obras y programas. Detrás de los datos sobre salarios, pensiones, vivienda, infraestructura, salud, educación, energía y seguridad existe una disputa sobre el proyecto de país que comenzó a construirse en 2018 y sobre aquello que significa hablar hoy de un segundo piso de la Cuarta Transformación. La recuperación de la rectoría del Estado, el fortalecimiento de los derechos sociales, el incremento del salario, la inversión pública y la defensa de la soberanía expresan una ruptura con cuatro décadas de neoliberalismo y permiten identificar una continuidad evidente con el proyecto iniciado por Andrés Manuel López Obrador.
Esa continuidad no tendría por qué ocultarse. Claudia Sheinbaum nunca ha pretendido presentarse como la presidenta de una ruptura con López Obrador. Por el contrario, reivindica abiertamente su legado, se reconoce como parte del movimiento que él encabezó y ha decidido profundizar algunas de sus principales transformaciones. El aumento del salario mínimo, la ampliación de los programas sociales, la recuperación de la rectoría pública sobre sectores estratégicos, la defensa de Pemex y CFE, la inversión en infraestructura, los trenes de pasajeros, la política de vivienda y la reivindicación de la soberanía nacional forman parte de una misma trayectoria histórica.
Pero una cosa es reconocer una continuidad histórica y otra muy distinta convertirla en subordinación personal.
Hay una narrativa que ha perseguido a Claudia Sheinbaum prácticamente desde que ganó la Presidencia: la idea de que Andrés Manuel López Obrador continúa gobernando detrás de ella. La propia presidenta ha respondido calificando esa interpretación como machista. Y tiene razón en señalar el componente de género que atraviesa esta construcción. Porque una cosa es analizar críticamente la influencia política del obradorismo, las continuidades entre ambos gobiernos y las correlaciones de fuerza dentro de la Cuarta Transformación, y otra muy distinta es negar sistemáticamente la capacidad de una mujer para ejercer el poder por sí misma.
Pero habría que decir algo más: esta narrativa no es políticamente inocente. Determinados sectores de la derecha y de la oposición han intentado instalar desde antes de la elección presidencial la idea de que Claudia Sheinbaum carece de autonomía, carácter o autoridad propia. Primero fue presentada como una candidata subordinada a López Obrador; después como una presidenta controlada desde Palenque; y cuando comenzaron a identificarse decisiones y estilos diferentes apareció inmediatamente la narrativa contraria: la supuesta ruptura entre ambos. Cambia la historia, pero permanece una misma operación política: poner permanentemente en duda la autoridad de la primera mujer presidenta de México.
Hay algo profundamente misógino en esa construcción. Durante décadas los hombres edificaron sus carreras dentro de genealogías encabezadas por otros hombres y nadie consideró que eso anulara automáticamente su autonomía. Presidentes tuvieron maestros políticos, grupos, corrientes, antecesores y proyectos históricos. A eso lo llamamos experiencia, escuela política, continuidad o tradición. Pero cuando una mujer llega al poder dentro de un movimiento encabezado anteriormente por un hombre aparece inmediatamente la sospecha de que alguien más gobierna por ella. Cuando un hombre hereda un proyecto hablamos de continuidad; cuando una mujer lo hace, se habla de subordinación.
A Claudia Sheinbaum pareciera exigírsele demostrar autonomía mediante la ruptura. Como si solamente pudiera probar que gobierna alejándose de López Obrador, contradiciéndolo o abandonando el proyecto político del que ella misma forma parte. Pero las mujeres también tenemos genealogía política. Podemos reconocer a quienes nos precedieron, compartir una historia, defender un legado y ejercer poder propio. Lo feminista no sería exigirle a Sheinbaum que rompa con López Obrador para demostrar que manda; sería dejar de exigirle a una mujer que rompa con un hombre para reconocerla como sujeto político.
La presidenta Claudia Sheinbaum llega a su Segundo Informe manteniendo niveles de aprobación cercanos al 70 por ciento. Después de casi dos años de gobierno, aproximadamente siete de cada diez personas continúan aprobando su gestión. Es una legitimidad popular extraordinariamente alta para una presidenta que ya enfrenta el desgaste cotidiano de gobernar, un escenario internacional complejo, tensiones económicas y contradicciones dentro del propio movimiento.
Claudia Sheinbaum se encuentra entre las presidencias con mayor respaldo ciudadano de las últimas décadas y conserva una aprobación excepcionalmente elevada al acercarse a sus primeros dos años de gobierno.
Eso importa porque la legitimidad política no se hereda mecánicamente.
López Obrador puede haber construido durante décadas un movimiento, una identidad política y una enorme base social. Puede haber transferido confianza y puede continuar siendo el principal referente histórico de millones de personas. Pero ningún expresidente puede mantener durante dos años la aprobación de su sucesora por decreto. La legitimidad también se construye gobernando.
La pregunta entonces tendría que invertirse: ¿por qué una parte de la conversación pública insiste tanto en presentar como políticamente subordinada a una presidenta que conserva el respaldo de una amplia mayoría de la población?
Existe, por supuesto, una disputa política. La oposición necesita construir una narrativa capaz de confrontar a un proyecto que no ha conseguido derrotar electoralmente. Deslegitimar a quien lo encabeza forma parte de esa disputa. Pero cuando esa operación consiste en negar sistemáticamente la capacidad de una mujer para tomar decisiones y colocar detrás de ella a un hombre como supuesto poder verdadero, la disputa política comienza a reproducir una estructura profundamente patriarcal.
Esto no significa que cualquier crítica contra Claudia Sheinbaum sea misógina. Afirmarlo sería absurdo y políticamente contraproducente.
La primera mujer presidenta de México no necesita tutela política, pero tampoco indulgencia feminista.
Pero hay otra cuestión que resulta indispensable para comprender esta discusión: la Cuarta Transformación tampoco puede reducirse a López Obrador, porque ningún proceso histórico de transformación pertenece a una sola persona. Reconocer el papel invaluable de Andrés Manuel en la construcción, articulación y conducción de este movimiento no significa borrar las luchas que lo hicieron posible. La 4T también hunde sus raíces en el movimiento ferrocarrilero y las luchas obreras, en el movimiento médico, en el 68, en las resistencias campesinas y populares, en las luchas democráticas y revolucionarias de las décadas de los sesenta y setenta, en las insurgencias indígenas y populares de los noventa y en muchas otras resistencias que durante generaciones enfrentaron el autoritarismo, la desigualdad, la represión y, posteriormente, el proyecto neoliberal.
La Cuarta Transformación debe entenderse entonces como un proceso histórico que trasciende a quienes temporalmente lo encabezan. López Obrador no inventó esas luchas: tuvo la enorme capacidad política de recoger muchas de sus demandas, articularlas en un proyecto nacional, construir una mayoría popular y convertirlas en gobierno. Esa es una contribución histórica que no necesita exagerarse ni convertirse en culto personal para reconocer su enorme dimensión.
Mirarla de esta manera cambia también la discusión sobre Claudia Sheinbaum. Porque si la transformación pertenece a un proceso histórico y colectivo, su continuidad no depende de que una persona permanezca detrás de quien gobierna. AMLO puede retirarse y la transformación continuar precisamente porque la transformación nunca fue solamente AMLO. Hoy la encabeza Claudia Sheinbaum; mañana serán otras mujeres y otros hombres. Y mientras quienes asuman esa responsabilidad encarnen los intereses de la nación, defiendan la soberanía y mantengan su compromiso con las expectativas y las causas populares que dieron origen a este proceso, tendrán el respaldo de un pueblo que no le pertenece a ningún dirigente.
Existe el obradorismo. Existe una coalición social construida durante décadas. Existe una concepción del Estado, una memoria colectiva, principios políticos, dirigentes formados dentro del movimiento y millones de personas que continúan identificándose con ese legado. Todo eso constituye una herencia política real. Pero esa herencia es también parte de una historia mucho más larga. Una herencia política no es lo mismo que una tutela política. Continuidad no significa subordinación y legado no significa obediencia.
Claudia Sheinbaum recibió un movimiento, una enorme base social, reformas constitucionales, programas sociales y una herencia histórica construida durante generaciones. Pero gobernar significa inevitablemente tomar decisiones propias frente a circunstancias que López Obrador ya no enfrenta desde la Presidencia: una relación internacional diferente, nuevas tensiones económicas, problemas de seguridad, contradicciones ambientales y una sociedad que también ha cambiado.
Por eso el desafío de Sheinbaum no consiste en demostrar que es diferente de López Obrador.
Consiste en demostrar qué hace con el legado que recibió.
Continuar una transformación no significa repetirla. Significa decidir qué conservar, qué profundizar, qué corregir y también qué transformar de la propia transformación.
Y quizá eso sea precisamente lo que determinados sectores de sus adversarios todavía no consiguen aceptar: López Obrador dejó la Presidencia, la Cuarta Transformación continuó y quien hoy concentra la responsabilidad política, la autoridad constitucional y un enorme respaldo popular es una mujer.
No necesitamos inventarle una ruptura con López Obrador para reconocer su autoridad.
Tampoco necesitamos negar a López Obrador para reconocer a la Presidenta Claudia.
Podemos decir algo mucho más sencillo y, quizá por eso, políticamente más difícil de aceptar:
Claudia Sheinbaum pertenece a una historia colectiva, pero gobierna por mandato popular.
Y precisamente porque gobierna por derecho propio podemos acompañar sus avances, defender la transformación frente a quienes pretenden restaurar el proyecto neoliberal y, al mismo tiempo, ejercer sobre su gobierno una crítica desde la izquierda.

