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Gentrificación y racismo: la lucha invisibilizada de los pueblos originarios en la Ciudad de México

Por Ameyali Flores

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 10 de julio de 2025.- La Ciudad de México enfrenta un proceso que lleva más de dos décadas: la gentrificación. No se trata solo de un fenómeno urbano o inmobiliario, sino de una política de Estado diseñada para desplazar a quienes no encajan con la imagen de ciudad ordenada, turística y “de primer mundo”. En el centro de ese despojo están los pueblos originarios, que no solo pierden territorio, también enfrentan una violencia más sutil pero igual de brutal: el racismo.

Este año, durante la marcha contra la gentrificación, destacaron los contingentes de pueblos originarios de Cuajimalpa y Gustavo A. Madero. Aunque su presencia fue modesta —en gran parte por las dificultades de traslado desde las periferias—, su voz fue contundente. Son algunas de las comunidades más afectadas por la imposición de proyectos como las “Utopías” de Clara Brugada: desarrollos con nombre bonito que prometen regeneración social, pero que, en la práctica, destruyen tejidos comunitarios, desplazan, borran historias, desalojan y silencian fiestas patronales.

La gentrificación no es espontánea. Tiene planeación, recursos y discurso oficial. Lleva al menos dos décadas acompañada por gobiernos que, curiosamente, se autodenominan de izquierda. En ese contexto, cobran especial peso las palabras de Adrián Ruvalcaba, hoy director del Metro, quien orgulloso tuiteó:
“Me ha tocado ser alcalde en 4 ocasiones y hemos evolucionado de un pueblo de tradiciones hacia un centro financiero. […] Cuajimalpa cuando yo llegué hace 15 años era la provincia de la CDMX. No teníamos desarrollo, empleo ni vialidades, hoy somos el Centro Financiero más importante de América Latina.”

¿Provincia? ¿Evolución? ¿Hacia dónde? ¿A costa de quiénes? Detrás de este “progreso” se esconde una narrativa profundamente colonial: la idea de que antes no había nada, que todo lo valioso vino con el concreto, los edificios de cristal y los Starbucks. Es el pensamiento que resume siglos de despojo con una frase: “trajimos la civilización”.

Pero las ofensas no vienen solo de los tecnócratas. También de quienes presumen defender al pueblo mientras lo desprecian en redes sociales. Como la diputada Brendá Ruiz, quien escribió en X (antes Twitter):
«¿Hay gente que creerá que entre más cuetes eche, más posibilidades tiene de que se les aparezca la Virgen?»

Esa burla no es cualquier cosa: es racismo, es clasismo, es una profunda ignorancia del valor simbólico, comunitario y espiritual que tiene la celebración del 12 de diciembre para millones de personas. Hoy, la misma diputada dice defender a los pueblos originarios. Cinismo le dicen en mi pueblo.

En nombre del orden, se persiguen las fiestas patronales, se castiga hablar en lengua indígena, se eliminan tianguis y se privatizan tierras comunales en zonas como Xochimilco y Milpa Alta. Todo mientras se presume sustentabilidad. El discurso verde, como tantos otros, ha sido secuestrado para justificar el despojo.

La ciudad está siendo transformada, sí. Pero no para todas y todos. La pregunta no es si hay progreso, sino para quién se está construyendo. Porque mientras se venden departamentos de lujo en lo que antes era suelo ejidal, se niega agua, se hostiga a comuneros y se criminaliza la defensa del territorio.

La marcha —aunque pequeña en número de originarios— fue enorme en dignidad (aun cuando los destrozos fueron el centro de atención). Fue un recordatorio de que los pueblos originarios no han desaparecido: están aquí, resistiendo, sembrando memoria y exigiendo justicia.

La gentrificación no es solo un fenómeno urbano. Es una forma de violencia. Y quienes hoy desde sus curules se burlan de los cuetes y se toman la selfie con el bastón de mando, deben saber que el pueblo recuerda. Y resiste.

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