Por Francisco Javier Guerrero
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 27 de abril de 2025.- Un año anterior a la fecha de su muerte, en 1958, gracias a los oficios de mi amigo Francisco Ahumada, entrevisté al maestro José Vasconcelos que era el abuelo de Paco. Vasconcelos me mostró su gran desprecio al pueblo mexicano, ya que, según él, sus miembros no se habían levantado en armas contra el fraude electoral que lo había marginado del poder presidencial en 1929. Don José me decía que los mexicanos éramos una población de cobardes que solo combatíamos a los malos gobiernos mediante una serie de chistes estúpidos.
Me parece que el otrora insigne maestro de América se equivocaba notoriamente. Desde los tiempos de la Nueva España muchos sectores de la población combatían a los grupos dominantes en una serie de conflictos y rebeliones, y lo mismo sucedió a lo largo del siglo XIX. Quienes vencieron en la Revolución Mexicana iniciada en 1910, inteligentes políticos que como señala Paco Ignacio Taibo II han sido muy admirados por Héctor Aguilar Camín, eran plenamente conscientes del carácter impugnador e inconformista de muchos grupos de la población mexicana. Ellos habían derrotado violentamente a los movimientos populares encabezados por los magonistas, zapatistas y villistas e inauguraron una política de reformas sociales favorables a ciertos grupos de trabajadores con objeto de lograr su domesticación. Pero a la vez iniciaron una auténtica política de terrorismo de Estado contra grupos rebeldes y disidentes. Estoy en total desacuerdo ideológico con Francisco Martín Moreno, pero pienso que tiene razón cuando declara que el tirano Victoriano Huerta era una especie de hermana de la caridad al lado de Álvaro Obregón, y el notable antropólogo Manuel Gamio acertó cuando hablaba de la tremenda barbarie de Plutarco Elías Calles.
Cabe recordar aquí que desde la época del Gral. Pablo González, que combatía ferozmente a los zapatistas, sus ardientes seguidores alegaban que, uno no es ninguno, con ello querían señalar que no bastaba con ahorcar a tres o cuatro zapatistas, sino que era necesario aglutinar a todos los partidarios de Don Emiliano Zapata, a sus simpatizantes y a sospechosos de serlo, encerrarlos en verdaderos campos de concentración y si fuera necesario, aniquilarlos a todos. En muchos casos históricos esta práctica ha sido recurrente; ya desde principios del siglo XX se juntaba a muchos grupos de rebeldes en escenarios donde se les castigaba, torturaba o asesinaba. Los campos de concentración nazis no eran nada nuevo al respecto y en múltiples ocasiones junto a los rebeldes se arrestaba a personas solo por ser parientes, amigos y conocidos de quienes sufrían las penas de enclaustramiento. En la época en que surgió el levantamiento armado encabezado por Lucio Cabañas se asesinó a muchas personas solo por tener el mismo apellido de ese guerrillero y un Gral. represor planteó que ello era necesario porque no se sabía a ciencia cierta quienes eran partidarios de ese guerrillero y quienes no.
En la época de la llamada Guerra Sucia, agrupaciones contrainsurgentes represoras de movimientos en Guatemala instruyeron y organizaron a grupos de delincuentes mexicanos que por su lado secuestraban a muchas personas con objeto de forzar su reclutamiento con el fin de trabajar para ellos. Se trataba de auténticas levas y las personas que se resistían a esos servicios o eran consideradas como inútiles, se aglutinaban en auténticos campos de exterminio donde sufrían grandes maltratos o incluso eran asesinados. Lo que sucedió recientemente en el Rancho Izaguirre en Jalisco no es un caso aislado ni excepcional; se trata de una práctica que ha sido compartida por diversos grupos de delincuencia organizada y ha convertido a muchas partes de México en escenarios de terror.
El Estado actual tiene la obligación imperiosa y apremiante de investigar a fondo tan ominosos hechos, combatir a sus agentes propulsores y sancionar ejemplarmente a los autores de esos delitos. Para ello debe contar con la colaboración estrecha de las víctimas de esos hechos punibles, como en el caso de las madres buscadoras que deben ser coadyuvantes jurídicas en los procesos de investigación. De no cumplirse tal misión, podrá suceder lo que el colega Mario Patrón ha señalado (La Jornada, 20 de marzo de 2025): Nuestro país se convertirá en lo que ya empieza a ser, un verdadero infierno, a pesar de lo que la Encuesta Mundial Gallup indica en el sentido de que nos encontramos en unos de los países más felices del mundo (por cierto, como antropólogo en otro artículo podría tratar de explicar las razones por las cuales se llegó a tal resultado en esa encuesta).