Periodistas Unidos. Ciudad de México. 05 de julio de 2026.- Con motivo del festival de Avándaro en 1971 Carlos Monsiváis declaró que los jóvenes que asistieron a ese evento eran la primera generación de norteamericanos nacidos en México. Le comenté a Carlos: ahora que no somos solamente medio hispanos y medio indios, sino también medio gringos. Carlos comentó: ¡y lo que nos falta!; pronto seremos noruegos.
Antes, en 1962 tuve el honor de ser arrestado por los esbirros del tristemente recordado Raúl Mendiolea Cerecero, jefe de Servicios Especiales de la jefatura de policía. Mendiolea me dijo que yo era manipulado por unos dirigentes comunistas de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, y que corría el peligro de convertirme en un traidor a la patria porque apoyaba la penetración del Estado soviético y alegaba que los rusos estaban difundiendo en gran medida su perversa ideología. Después me liberó y posteriormente me dio unos “consejos apropiados”.
Lo que Carlos y aquel jenízaro opinaban era la expresión de un hecho muy evidente; nuestro país empezaba a entrar de lleno en la globalización y sus vínculos con otras naciones devinieron más frecuentes e intensos por muy diversas razones. En este marco, suponer que en México solo existen dos herencias notorias no deja de ser un disparate, pero que esta dicotomía nos siga saltando en pleno siglo XXI, es una vieja manifestación de un conflicto ideológico pretérito. Los hispanistas como el maestro José Vasconcelos proclaman que lo más valioso en México es el legado que los españoles dejaron en nuestro país y por lo común ello obedece a la apología del conservadurismo, maestros que los indianistas como el maestro Guillermo Bonfil aseguraba que lo más sustancial en lo mexicano era su herencia prehispánica y esta posición generalmente es apoyada por grupos de izquierda atentos al apoyo a grupos subordinados que por lo común son los que más presentan rasgos y elementos mesoamericanos.
En realidad, México es una nación notoriamente pluricultural y pluriétnica y además hace ya mucho tiempo que abandonó su carácter cuasi insular, en donde ese viejo pugilato tenía razón de ser. Me parece fuera de lugar decidir si debemos alabar o vituperar a Hernán Cortés o tratar de hacer lo mismo con Cuauhtémoc. La sociedad mexicana actual es mucho más compleja y los problemas que se presentan en su seno ya no tienen mucha relación con la presencia de Los hijos de Don Venancio (1944) o con Régulo y Madaleno. La cultura nacional contemporánea y el patrimonio que de ella se deriva es una conjunción abigarrada de múltiples trayectorias históricas y de influencias cada vez mayormente planetarias.
Dada esta situación, cobra mayor importancia el papel social que ponen en marcha los antropólogos y otros científicos sociales. Me parece que en la actualidad las ciencias sociales en México padecen un estancamiento notorio y sus representantes se basan en enfoques teóricos anacrónicos apuntalados por metodologías de escasa validez y fuera de un marco donde se desarrollan labores multidisciplinarias e interdisciplinarias. Naturalmente dentro de este panorama poco satisfactorio se da la presencia de notables antropólogos y científicos sociales; basta recordar, por ejemplo al propio Guillermo Bonfil, Arturo Warman, Mercedes Olivera, y otros ya fenecidos pero afortunadamente se cuenta también con personajes vivitos y coleando como Yolotl González, Jesús Jáuregui, Andrés Medina, Gilberto López y Rivas, Rosalba Aída Hernández Castillo, Marcela Lagarde, Marta Lamas, Andrés Fábregas, entre otros. Además, otras personas que no poseen títulos de antropólogos pero que realizan trabajos en el campo de la antropología de indudable valía y entre ellos podemos citar a Alberto Betancourt, Ilán Semo, Enrique Leff, Armando Bartra y muchos otros y otras. El problema es el mismo de la selección nacional de fútbol hay magníficos jugadores en lo individual, pero falta generar buenos equipos.