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La banalidad del mal en la era de las redes

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Por Ana Lluvia García

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 13 de marzo de 2026.- Hace unos días revisaba las redes sociales y me apareció un video escalofriante. Me erizó la piel. Sentí tristeza, miedo y rabia al mismo tiempo. Simplemente no podía creer que hubiera gente creadora de contenido que se burlara de niñ@s, de sus madres, de la violencia exacerbada en la que intenta sobrevivir el pueblo palestino. Me quedé atónita.

He visto también videos de niñ@s gazatíes deseando la muerte porque sus vidas son puro sufrimiento y dolor. Niñ@s que no sueñan con crecer ni con el futuro, porque sus padres, hermanos o amigos quedaron bajo los escombros de una guerra que ha sembrado odio y devastación. Frente a esas imágenes resulta imposible no preguntarse cómo una tragedia humana de tal magnitud puede transformarse, para algunos, en objeto de burla o entretenimiento digital.
La filósofa Hannah Arendt formuló el concepto de banalidad del mal al analizar el juicio de Adolf Eichmann tras el Holocausto. Su reflexión reveló algo profundamente inquietante: el mal no siempre se presenta como una figura monstruosa o excepcional. Muchas veces aparece como algo cotidiano, administrativo o trivial, ejecutado por individuos que no se perciben a sí mismos como criminales, sino como simples participantes de un sistema que normaliza la violencia.
En la era digital, esta idea adquiere una dimensión particularmente perturbadora. En redes sociales han circulado videos y contenidos producidos por influencers israelíes en los que se ridiculiza el sufrimiento de civiles palestinos o incluso de niños en Gaza, transformando el dolor humano en material de entretenimiento, sarcasmo o propaganda. Memes, bromas, “retos” virales o performances digitales convierten la devastación de la guerra en un objeto de consumo mediático.
Aquí aparece con claridad la lógica que Arendt describía: la deshumanización deja de percibirse como una transgresión moral grave y se vuelve un gesto cotidiano. No necesariamente porque quienes participan se consideren crueles, sino porque operan dentro de un clima cultural donde la violencia contra el “otro” se normaliza, se estetiza y se trivializa.
Sin embargo, reducir este fenómeno a una cuestión de moral individual sería insuficiente. Se trata también de un mecanismo históricamente vinculado a la propaganda de guerra. A lo largo del siglo XX desde la Primera Guerra Mundial hasta la Segunda Guerra Mundial los aparatos de propaganda construyeron representaciones del enemigo como bárbaro, peligroso o inferior, preparando así el terreno psicológico para legitimar la violencia contra él.
Este mecanismo está profundamente conectado con la lógica del colonialismo moderno. Pensadores anticoloniales como Frantz Fanon y Aimé Césaire señalaron que el dominio colonial requiere una operación simbólica fundamental: convertir al colonizado en un sujeto deshumanizado, alguien cuya vida parece menos valiosa o menos digna de duelo. La violencia colonial (expulsiones, ocupación, bombardeos o segregación) se vuelve entonces justificable bajo discursos de seguridad, civilización o defensa.
En el siglo XXI estas dinámicas se articulan con una nueva dimensión del conflicto: la guerra cognitiva. En este tipo de confrontación, el campo de batalla ya no se limita al territorio físico, sino que se extiende al imaginario colectivo, a las emociones y a las percepciones públicas. Las redes sociales, los algoritmos y las economías de la atención se convierten en dispositivos que amplifican narrativas, imágenes y afectos.
Dentro de esta lógica, la burla hacia víctimas civiles cumple varias funciones estratégicas. Primero, deshumaniza al adversario, erosionando la empatía pública hacia su sufrimiento. Segundo, refuerza una identidad colectiva que legitima la violencia como defensa o castigo. Y tercero, convierte la guerra en espectáculo, donde la tragedia humana se diluye en el flujo incesante de contenido digital.
La banalidad del mal, en el siglo XXI, ya no se manifiesta únicamente en estructuras burocráticas o aparatos estatales. Hoy también circula en pantallas, algoritmos y plataformas digitales, donde la repetición constante de discursos e imágenes produce habituación: lo intolerable se vuelve normal, lo trágico se vuelve meme, y la deshumanización se transforma en entretenimiento.
Por ello, cuando el sufrimiento de niñ@s y civiles se convierte en objeto de burla viral, no estamos simplemente ante un problema de mal gusto o de crueldad individual. Estamos frente a una estructura cultural y comunicacional que banaliza la violencia y la integra como herramienta de guerra cognitiva y propaganda política.
Frente a este escenario, la advertencia de Arendt conserva toda su vigencia: la capacidad de pensar críticamente es la primera barrera contra la normalización del mal. Pensar, cuestionar y resistir la deshumanización no es sólo un ejercicio intelectual; es una condición ética y política indispensable para impedir que la violencia se vuelva cotidiana y que la tragedia humana se convierta en espectáculo.
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