Por Ana Lluvia García
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 21 de junio de 2026.- Hay un debate que no hemos querido dar por miedo a la funa, pero como yo soy una igualada, y estoy curada de espantos, ahí les va.
Primero quiero dejar algo muy claro: celebro la voz del pueblo. Celebro la irreverencia de quienes se atreven a señalar al poderoso, a desenmascarar sus mentiras, sus privilegios y sus mecanismos de dominación. Celebro que un multimillonario acostumbrado a insultar, humillar y despreciar a los demás ya no pueda caminar por el espacio público protegido por el silencio reverencial que históricamente rodeó a las élites.
Pero una cosa es interpelar al opresor y otra muy distinta es hacerlo instrumentalizando a otro grupo oprimido.
Por eso me incomoda el grito de “la perrita de Trump”.
No porque me preocupe la dignidad de Ricardo Salinas Pliego. Él ha construido buena parte de su presencia pública desde la agresión, la misoginia, el clasismo y el desprecio hacia quienes piensan distinto. No necesita que nadie lo defienda.
Lo que me preocupa es otra cosa.
Cuando para humillar a un hombre poderoso recurrimos a la feminización como insulto, lo que estamos diciendo es que ser mujer, o ser colocado en una posición asociada a lo femenino, sigue siendo degradante. Que la forma más efectiva de rebajarlo es compararlo con aquello que el patriarcado considera inferior.
Y ahí hay un problema político.
El objetivo parecía ser cuestionar la subordinación de Salinas Pliego a Trump, pero el mecanismo elegido fue ridiculizar una posición históricamente asignada a las mujeres: la obediencia, la dependencia, la sumisión.
Es decir, el golpe no cae realmente sobre él. El golpe cae sobre una representación patriarcal de las mujeres.
Y tengo que decirlo con honestidad: deja de ser gracioso cuando la humillación simbólicamente eres tú.
Deja de ser ingenioso cuando el recurso para degradar a alguien consiste en convertir a las mujeres en metáfora de subordinación. Deja de ser una ocurrencia cuando te das cuenta de que la broma funciona porque, en el fondo, sigue existiendo la idea de que ocupar el lugar históricamente asignado a las mujeres es algo vergonzoso.
Como mujer, eso me incomoda. Me hace sentir menospreciada. Me recuerda que incluso en espacios progresistas, incluso entre quienes dicen luchar contra las desigualdades, sigue operando una lógica profundamente patriarcal que utiliza nuestros cuerpos, nuestras experiencias y nuestra posición histórica de opresión como materia prima para el escarnio político.
Y no, no estoy diciendo que debamos dejar de criticar a Salinas Pliego. Todo lo contrario.
Creo que debemos criticarlo con mucha más fuerza.
Criticar su papel como actor político de la derecha. Criticar la concentración obscena de poder económico y mediático. Criticar la misoginia con la que se ha referido a mujeres que participan en la vida pública. Criticar su cercanía con proyectos reaccionarios y con discursos que buscan erosionar la soberanía popular. Criticar la forma en que intenta convertir privilegios en libertades y deudas en persecución.
Nos han dicho que vivimos el tiempo de las mujeres. Pero el tiempo de las mujeres no puede reducirse a ocupar espacios, cargos o puestos de representación. El tiempo de las mujeres también es la posibilidad de pensar el mundo desde otro lugar. De cuestionar las formas cotidianas de la dominación. De interpelar incluso a nuestros propios movimientos cuando reproducen lógicas patriarcales. De atrevernos a decir que algo nos incomoda aunque resulte popular. De señalar que no todo vale políticamente sólo porque el objetivo sea alguien que nos desagrada.
Si las mujeres llegamos a los espacios de poder para repetir exactamente los mismos mecanismos de humillación, entonces habremos cambiado los rostros, pero no las relaciones de poder.
(Y aquí como ejemplo claro pienso en Nay Salvatori)
Y yo no quiero un mundo donde cambien los humillados de lugar.
Quiero un mundo donde la humillación deje de ser una forma legítima de ejercer poder.

