La transformación en disputa: crítica, sectarismo y poder popular en México

Por Ana Lluvia García

Por Ana Lluvia García

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 20 de mayo de 2026.- Durante años, una parte importante del pueblo mexicano luchó por abrir una ruta distinta para el país. No fue solamente una disputa electoral: fue el cansancio acumulado frente a décadas de privatización, corrupción, violencia, desigualdad, abandono del campo, precarización laboral y sometimiento político a intereses económicos nacionales y extranjeros. La llegada de un nuevo bloque político al gobierno no resolvió automáticamente esas contradicciones, pero sí modificó el terreno de disputa.

Por eso resulta preocupante observar cómo ciertos sectores que se asumen “más radicales” han reducido toda la discusión política a un permanente golpeteo contra Morena, muchas veces utilizando exactamente los mismos marcos narrativos que la derecha: “todo sigue igual”, “no existe transformación”, “todo es simulación”, “todos son lo mismo”. La crítica política es necesaria y saludable; ningún proceso popular debería estar exento de ella. El problema aparece en el momento en que la crítica deja de servir para empujar cambios más profundos y comienza a funcionar como desgaste sistemático del único bloque político que, con todas sus contradicciones, logró romper parcialmente el viejo régimen neoliberal.

México no vive en un laboratorio ideológico. Vive en medio de disputas reales por el agua, la tierra, los salarios, la energía, la soberanía alimentaria, la seguridad, la vivienda y la dignidad de millones de personas. Quienes habitan los territorios no evalúan la política únicamente desde la pureza discursiva, sino desde transformaciones concretas en su vida cotidiana. Eso no significa negar errores, burocratismos, oportunismos o contradicciones internas dentro de Morena. Existen y deben señalarse. Sin embargo, transformar cada contradicción en argumento para destruir todo el proceso termina favoreciendo a quienes históricamente gobernaron para las élites económicas.

La política no se transforma únicamente desde la denuncia permanente. También requiere organización, acumulación de fuerza, disputa institucional y construcción territorial. Pensar que una transformación profunda ocurrirá de manera inmediata, sin tensiones, sin contradicciones y sin mediaciones, termina generando aislamiento político y desconexión con la realidad concreta de las mayorías.

Llegar al gobierno por vías electorales nunca debió entenderse como el destino final. Ganar elecciones no equivale automáticamente a transformar un país construido durante décadas para beneficiar a minorías económicas. El acceso al poder institucional es apenas una herramienta, una posibilidad histórica para abrir camino hacia formas más dignas de vida colectiva. El verdadero objetivo tendría que ser construir bienestar en los territorios: garantizar agua limpia, salud, vivienda, trabajo digno, educación, cultura, seguridad comunitaria y soberanía para las comunidades.

Ahí es donde debería concentrarse la discusión de fondo. No en competir por quién tiene el discurso más radical o quién lanza la crítica más dura en redes sociales, sino en cómo se fortalece la capacidad organizativa del pueblo para defender y profundizar los cambios alcanzados. En escenarios donde la crítica se convierte únicamente en descalificación permanente, sin propuesta organizativa, sin trabajo territorial y sin construcción popular, termina vaciándose de contenido transformador.

Existe una diferencia enorme entre criticar para corregir y criticar para destruir. La primera fortalece los procesos populares; la segunda abre espacio para que regresen los grupos políticos y económicos que durante décadas administraron el despojo del país. No resulta casual que la derecha amplifique cualquier fractura dentro del campo popular y convierta cada desencanto en una oportunidad para recuperar posiciones.

México atraviesa una etapa compleja. El bloque gobernante enfrenta contradicciones internas, presiones económicas, disputas internacionales, intereses empresariales, tensiones territoriales y un imperio en decadencia acechando. Pero también existe un pueblo mucho más politizado, comunidades organizadas, juventudes movilizadas y sectores populares que comenzaron a comprender que la política no pertenece únicamente a las élites.

El reto histórico no es idealizar gobiernos ni defender acríticamente partidos políticos. El reto consiste en impedir que el desencanto sea utilizado para desmontar los avances alcanzados y restaurar el viejo orden. En contextos donde los sectores populares se fragmentan entre sí mientras las élites económicas permanecen articuladas, quienes terminan pagando las consecuencias son siempre los pueblos.

La transformación real no se construirá únicamente desde Palacio Nacional ni solamente desde las urnas. Se construirá en los barrios, en las escuelas, en los ejidos, en los sindicatos, en las comunidades, en los espacios culturales y en las luchas territoriales. Las elecciones son un momento importante, pero no el único. Son una herramienta dentro de una disputa mucho más amplia por la vida digna, la soberanía y el futuro colectivo del país.