Icono del sitio Periodistas Unidos

México, ¿país seguro?

A migrant who has difficulty walking is helped with breakfast inside an empty warehouse that opened its doors to homeless migrants in downtown Tijuana, Mexico, Tuesday, Dec. 18, 2018. The owner opened the warehouse for two months, after it had been empty for years, so some migrants don't sleep on the sidewalks. (AP Photo/Moises Castillo)

Foto: Moises Castillo / AP

Por Gregorio Ortega

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 21 de diciembre de 2018.- Si validamos la hipótesis de ayer sobre cómo el trasiego de todo tipo de personas y cosas en la frontera México-EEUU modifica los conceptos de seguridad nacional y regional, ahora corresponde revisar el verdadero fondo del problema, y la manera en que AMLO y su canciller Ebrard han de venderlo a Donaldo Trump, para buscarle solución entre ambas naciones.

     Lo que realmente dispara la migración y la distorsiona hasta convertirla en origen del racismo contemporáneo, de la xenofobia y del terrorismo, son el hambre y la violencia nacionales, exclusivamente aceleradas por el concepto de desarrollo impuesto por el neoliberalismo.

     Los motivos originarios de la migración posterior a la Segunda Guerra Mundial se modificaron. De salir del hogar en busca de mejores oportunidades, se pasó a la urgencia de huir de casa para asegurarse una oportunidad de vida, pues el hambre y la violencia en ciertas zonas del mundo, o en algunas naciones, matan más que las enfermedades y el terror.

     Los migrantes a fuerza se convierten en desplazados, en refugiados, con una carga adicional, porque lo vivido los enferma anímica y emocionalmente, o se trasladan heridos y con enfermedades contagiosas inherentes a la pobreza y al miedo.

A los migrantes que llegan del exterior se suman los desplazados internos, los que forzados o perseguidos dejan abandonadas las cenizas de los seres queridos en panteones que pierden los nombres.

     La dimensión del problema la dan innumerables fosas clandestinas que albergan cientos o miles de fallecidos por una causa común: la violencia. México dejó de ser país seguro porque su andamiaje institucional fue desestructurado y el Estado, la vigencia de las leyes constitucionales, es cotidianamente torpedeada por las pretensiones de poder político y el deseo de abandonar la propuesta de una IV República, para dedicar los esfuerzos del nuevo gobierno a la restauración de un modelo político caduco.

     Aquí hace tiempo que en muchas zonas de la nación se zanjan las diferencias a balazos, o con secuestros o calumnias o infundios o mentiras. El orden jurídico está roto porque el primero en quebrarlo es la autoridad, que toma decisiones por sobre la ley.

     La seguridad nacional y regional de Estados Unidos pasa por la seguridad alimentaria y la paz social de México, si así no lo entienden ambos gobiernos, la colisión que produce el caos será pronto.

Twitter @OrtegaGregorio

Salir de la versión móvil