Migración Michoacana (I de II)

Por Teresa Gurza

Por Teresa Gurza

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 13 de julio de 2025.- Era corresponsal de La Jornada en Michoacán cuando Margarita Rangel, la muchacha que me ayudaba en la casa, anunció que se casaría y me pidió de regalo un cilindro de gas y que fuera “madrina” de coche para llevarla al templo.

Así que con mi auto lleno de flores y listones llegué a casa de sus padres en Parritas, humilde ranchería distante por brecha dos horas de la mía en Lomas de Santa María, en Morelia.

Las mujeres preparaban arroz, mole y corundas para el festejo; olía rico, Margarita parecía feliz en su vestido blanco, diadema de plástico y guantes hasta el codo y nos fuimos a la iglesia.

Pasaba el tiempo, el novio no aparecía y empezó a rumorearse que había huido de madrugada con todo y regalos a un pueblo vecino a ponerle casa a un tianguista; era gay.

Angustiada y llorosa, Margarita se fue a California con la parentela llegada para su boda “para no pasar vergüenzas por la humillación”.

Regresó como a los 4 años y me fue a ver con 2 hijitos, “a los que no puedo zamarrear agusto si molestan, porque llegan del 911” y un esposo que trabajaba en Petaluma colocando techos y al que me presentó orgullosa, “es rufiero”.

Contaron que en California vivían miles de michoacanos y debía ir “paque eche a su periódico, por las que estamos pasando”.

Me entusiasmó la idea, La Jornada la aprobó y pasé febrero y parte de marzo de 1991 recorriendo la séptima economía mundial, gracias al trabajo mexicano.

Pensando que la mejor forma de hablar con desconocidos sería en autobuses, abordé muchísimos para platicar con quienes decían ser michoacanos y decenas me invitaron a conocer sus casas y lugares de trabajo.

Entrevisté a cónsules mexicanos y policías gringos y escribí 10 artículos que ganaron premios y aquí resumo porque ante el acoso de Trump es oportuno recordar a quienes con su trabajo enriquecen su país.

Empecé en San Diego, primer lugar al que llegaban los ansiosos de quedarse en California; cuya frontera era la más transitada del mundo con 65 millones de cruces al año.

Era Cónsul General de México, Enrique Loaeza Tovar; lo conocía porque era amigo de Manuel mi hermano desde que fueron compañeros en el Instituto Patria y me impactó su compromiso en la defensa de los compatriotas.

La migra detenía a cerca de dos mil al día, uno de cada cuatro de los que lograban pasar y con su Cónsul de Protección, Marcela Merino, había implementado un “consulado móvil” para ir a las viviendas de cartón y lámina de las cañadas de difícil acceso alrededor de San Diego, a informar a los recién llegados que, aún careciendo de papeles migratorios, tenían derechos que debían serles respetados.

Ambos hablaron de la violencia institucional, física y mental que las corporaciones policíacas ejercían y de que se penaba más el robo de coches, que el asesinato de un indocumentado.

De la repatriación en indignas condiciones, de casi 3 mil 500 niños menores de 12 años que anualmente viajaban solos y de la dificultad de enjuiciar a coyotes que los abandonaban a medio camino, porque se declaraban culpables y evitaban la cárcel.

Radicaban entonces en California, alrededor de ocho millones de mexicanos; más del 30 por ciento eran michoacanos que la recorrían trabajando y sin hablar inglés.

Su emigración era una brutal sangría para pueblos como Parritas, Tangamandapio, Ichaqueo, Sahuayo, Cotija, Peribán, Aguililla y decenas más, donde solo quedaban niños, mujeres, ancianos y familias destrozadas que vivían temiendo, que algún día les llamaran para decirles que su hijo o esposo había muerto y les enviaran el cuerpo, en ataúd de cartón.

A cambio, se llenaban de michoacanos Redwood City, Oxnard, Planada, San Gabriel, Santa Inés, Petaluma y otras ciudades de los tres condados con mayor población: Los Ángeles con 68 colonias, el fértil Valle Imperial y San Francisco.

El autobús de Inglewood al centro de Los Ángeles iba siempre atestado de mexicanos y unos cuantos negros que compartían la marginalidad en trabajos, salarios y viviendas.

Y al llegar a la calle Broadway todos nos bajábamos, porque eran empleados o dueños de los modestos comercios que formaban un conglomerado feo y muy similar al de San Juan de Letrán, en la capital mexicana.

En la fonda Carnitas Michoacanas, Juan Ramírez pidió un taco de buche y uno de trompa con orejita; era de Cotija y estaba contento porque había conseguido trabajo como albañil, uno de los empleos mejor pagados, cobrando 37 dólares la hora “que en mi tierra no me gano, en una semana”.

Enfrente vendían champurrado, churros y uchepos; más allá, morisqueta tan rica como la de Apatzingán y el café de chinos de al lado, era atendido por meseros de Zamora, que culparon a los gobiernos mexicanos de la emigración “es tanta la robadera, que no deja para chambas y México no avanza”.

Y advirtieron “no crea que no extrañamos, tenemos nuestro corazón en Michoacán… Los Ángeles ya casi es México, los gringos nos robaron el estado y no pueden quejarse de que véngamos tantos, aunque nos llamen bullshit y no nos den nuestro lugar de verdaderos dueños”.

Oí decir que “todo Aguililla vivía en Redwood City” a 40 kilómetros de San Francisco y era cierto.

Los comercios se llamaban Tacos Aguililla, Chocomiles Rincón Tarasco y el Supermarket Apatzingán vendía jabón Zote, zacates de árbol para bañarse, chiles jalapeños, Chocolate Abuelita, mole Santa María, cuernos, alamares, chilindrinas, conchas y tortillas “de harina bien blanca y no amarillenta y apestosa”, en paquetes de 3 docenas por medio dólar.

A nadie perseguía la migra y hasta el sheriff Lois Zarelli, me dijo que los quería “por su ejemplar comportamiento”.

Y si todo Aguililla vivía en Redwood City, medio Sahuayo y la mitad de Chavinda, radicaba en Oxnard Drive; cosechaban almendras y duraznos, recorriendo hasta 25 veces el mismo surco para poder llenar el mínimo de 50 cajas de 15 libras que les exigían para conservar el trabajo y terminada la pizca, debían podarlos “bien abajo para buen retoño”.

Cerca del precario campamento donde los patrones los alojaban, estaba la estatua del George Fricks; asesinado en 1900 por un mexicano que “se hartó de ver como humillaba a los paisanos”.