Nadie era gato

Por Ana Lluvia García Vilchis

Por Ana Lluvia García Vilchis

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 21 de febrero de 2026.- Ayer llegué a las Islas de la UNAM para tratar de entender qué pasaba con el supuesto “megaconvivio therian”. Esperaba ver orejas de gato, colas de peluche, gente arrastrándose por el pasto. No encontré nada de eso. Lo que sí encontré fue un ejército de cámaras, medios e influencers, todos buscando un fenómeno que parecía existir más en la imaginación colectiva que en la realidad.

Lo del “megaconvivio therian” no fue un fenómeno juvenil. Fue un ensayo general de nuestra obsesión por el escándalo. No hubo hordas de estudiantes “identificándose como animales”. No hubo movimiento visible. Lo que sí hubo fue una multitud de cámaras esperando que la realidad confirmara una narrativa que ya venía precargada desde redes. Y cuando no apareció nada, bastaron tres segundos de un estudiante con orejas de papel para que decenas de adultos se abalanzaran encima. Eso no es periodismo. Es hambre de espectáculo.

 

El “therian” funciona como caricatura perfecta: permite insinuar que todo se salió de control sin decirlo frontalmente. Permite burlarse de las discusiones sobre identidad sin debatirlas en serio. Permite sembrar la idea de que si aceptamos que la identidad es compleja, entonces cualquier absurdo es inevitable. Es el espantapájaros ideal: no necesita ser real, solo verosímil.

Aquí es donde entra la lectura que uno podría asociar con Žižek: la fantasía no oculta la realidad; la hace soportable. La exageración de los therians no sirve para tapar la falta de fenómeno, sino para organizar nuestras ansiedades culturales y políticas. Nos permite pensar que vivimos un colapso social extremo sin tener que enfrentarlo de verdad. El therian funciona como contenedor simbólico: concentra miedo, indignación, sorpresa y placer en un solo objeto, mientras todos jugamos con la ilusión de que estamos presenciando algo crucial.

Lo más inquietante es que ni siquiera hace falta que exista como fenómeno masivo. Basta con que circule como clip, como amenaza hipotética, como anécdota exagerada. La conversación se autoproduce. La indignación se recicla. El algoritmo cobra. Muchos saben que el asunto está inflado, que nació en redes, que los videos son aislados, que no hay evidencia de un “movimiento” extendido. Pero igual se cubre, igual se comenta, igual se dramatiza. Porque genera tráfico. Porque activa emociones. Porque convierte una rareza en diagnóstico civilizatorio.

La fantasía colectiva que se instala es poderosa: vivimos en una sociedad tan relativista que mañana cualquiera puede declararse gato. No describe la realidad. La fabrica como amenaza. Lo verdaderamente revelador no es un estudiante con orejas naranjas. Es un país dispuesto a discutirlo como si fuera el preludio del colapso cultural.

Quizá no hubo megaconvivio therian.

Pero sí hubo algo muy real: una maquinaria lista para amplificar cualquier excentricidad hasta convertirla en prueba de decadencia. Y esa maquinaria no maúlla. Factura.