Por Ana Lluvia García
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 22 de julio de 2026.- Más de una vez, hombres acostumbrados a ejercer el poder han intentado descalificarme con una palabra:
Lo dicen cuando levanto la voz. Cuando cuestiono una decisión. Cuando me niego a aceptar que alguien merece obediencia sólo por ocupar un cargo, por ser hombre o por sentirse superior.
Lo dicen creyendo que es un insulto.
Nunca entendieron que, con el tiempo, esa palabra dejó de incomodarme para convertirse en una definición política.
Sí. Soy una igualada.
Y sé que no soy la única.
A muchas mujeres nos llamaron igualadas mucho antes de entender el significado de esa palabra. Nos la dijeron cuando preguntábamos demasiado, cuando discutíamos con un maestro, cuando respondíamos a un padre autoritario, cuando nos negábamos a aceptar una injusticia, cuando ocupábamos un espacio que, según otros, no nos correspondía.
Con el tiempo comprendimos que esa palabra nunca hablaba de nuestro carácter.
Hablaba del orden que habíamos desobedecido.
Una igualada es una mujer que deja de reconocer como naturales las jerarquías que otros consideran incuestionables. Es la que trata de igual a quien esperaba obediencia. Es la que discute con quien estaba acostumbrado a no ser contradicho. Es la que deja de pedir permiso para existir políticamente.
Lo que incomoda nunca ha sido el tono.
Lo que incomoda es la igualdad.
Durante siglos se construyó una sociedad que enseñó a las mujeres a ser prudentes, discretas y complacientes. A callar para evitar conflictos. A sonreír para no parecer agresivas. A pedir permiso antes de ocupar un espacio de decisión. A suavizar las palabras para no herir el ego masculino.
Cuando una mujer rompe ese guion aparece inmediatamente la descalificación:
Conflictiva, respondona, soberbia, exagerada, igualada.
El problema nunca ha sido que las mujeres hablen.
El problema es que hablen con autoridad.
Que sostengan sus ideas sin pedir permiso.
Que cuestionen decisiones.
Que disputen espacios de poder.
Que nombren las injusticias.
Que dejen de aceptar como normales privilegios construidos sobre la subordinación de las mujeres.
En mi vida he comprobado una y otra vez que muchos hombres pueden aceptar mujeres inteligentes siempre que permanezcan calladas. Pueden reconocer mujeres preparadas mientras no contradigan. Incluso pueden hablar de igualdad mientras las mujeres no cuestionen las decisiones que ellos consideran exclusivamente suyas.
Pero cuando una mujer sostiene con firmeza aquello en lo que cree, entonces aparecen las etiquetas.
Por eso decidí apropiarme de esa palabra.
Porque durante demasiado tiempo intentaron convertir la rebeldía de las mujeres en motivo de vergüenza.
Hoy esa palabra puede convertirse en una declaración de principios.
No porque queramos ser más que nadie.
Sino porque jamás aceptaremos ser menos.
La Igualada nace de una convicción sencilla y profundamente democrática: ninguna persona merece obediencia por su sexo, por su cargo, por su dinero o por su apellido.
Todas las personas tenemos la misma dignidad.
La misma capacidad de pensar, el mismo derecho a participar, la misma libertad para disentir y la misma autoridad para defender aquello en lo que creemos.
Creo en una sociedad donde ninguna mujer tenga que bajar la voz para tranquilizar el ego de un hombre.
Creo en una sociedad donde disentir no sea considerado una insolencia.
Creo en una sociedad donde el respeto no se confunda con la obediencia.
Y si para algunos defender con firmeza nuestras convicciones significa ser igualadas…
Entonces sí.
Soy una igualada.
Y espero seguir siéndolo todos los días de mi vida.
Las mujeres que cambiaron la historia casi nunca fueron recordadas por obedecer.
Fueron recordadas por atreverse.
Si ser igualada significa negarme a aceptar la subordinación, cuestionar las jerarquías injustas y defender con firmeza aquello en lo que creo, entonces no sólo acepto el nombre.
Lo llevo con orgullo.
No vine a ocupar el lugar que otros decidieron para mi.
Vine a demostrar que nadie tiene derecho a decidir cuál debe ser el lugar de una mujer.