Por Ana Lluvia García
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 05 de mayo de 2026.- La visita de Isabel Díaz Ayuso a México, después de calificar a nuestro país como “narcoestado” y reivindicar la conquista como una supuesta misión civilizadora, no es un gesto diplomático inocente. Es una provocación política profundamente colonial, racista y reaccionaria. Su discurso no solo niega la violencia histórica de la invasión española, también reproduce la lógica supremacista de quienes aún imaginan el mundo en términos de imperios, jerarquías raciales y subordinación de los pueblos.
Resulta indignante que, mientras desprecia a México y tergiversa nuestra historia, reciba homenajes y reconocimientos de sectores conservadores que confunden servilismo con cooperación internacional. Premiar a quien glorifica a Hernán Cortés y minimiza siglos de saqueo es una afrenta directa a la memoria histórica, a la dignidad de los pueblos originarios y a la soberanía nacional. Lo que se presenta como “amistad” es, en realidad, la normalización de una narrativa que busca reinstalar viejas formas de subordinación bajo nuevos lenguajes.
En ese marco se inscribe su encuentro con Alessandra Rojo de la Vega en la alcaldía Cuauhtémoc. Presentado como un acto de cooperación institucional, el evento se articuló en torno a discursos de libertad, democracia y desarrollo económico. Sin embargo, el contexto en el que ocurre, marcado por disputas sobre soberanía y memoria histórica, obliga a leerlo críticamente.
Las feministas liberales han insistido en colocar la presencia de mujeres en el poder como sinónimo de avance. Sin embargo, con frecuencia esa estrategia se reduce a una operación de legitimación: se invoca la figura de “mujeres fuertes” para ganar simpatía pública mientras, en los hechos, se reproducen formas de violencia simbólica, de clase y de género profundamente arraigadas. No basta con que haya mujeres gobernando si ese poder se ejerce en continuidad con estructuras que históricamente han oprimido a otras mujeres.
Particularmente inquietante es la reivindicación simbólica de Cortés en este escenario. No se trata de un detalle anecdótico, sino de un gesto político de gran carga histórica. En un país atravesado por la memoria de la conquista, exaltar la figura del conquistador en pleno 2026 no solo resulta insensible, es grotesco. Más aún cuando se hace en un momento en que amplios sectores sociales insisten en la defensa de la soberanía y en la necesidad de revisar críticamente las herencias coloniales.
En esa misma línea, la afirmación de la alcaldesa “Malintzin no dejó que su origen fuera su destino” revela con claridad el tipo de lectura histórica que se está promoviendo. Malintzin es reinterpretada bajo una lógica individualista que borra las condiciones de violencia en las que vivió: esclavitud, despojo, imposición lingüística y subordinación estructural. Convertir su experiencia en una historia de “superación personal” no es solo una simplificación, es una distorsión que encubre la brutalidad del proceso colonial.
El problema de fondo, abordado desde una perspectiva decolonial, es que este tipo de enunciados trasladan categorías contemporáneas como mérito, elección individual o libertad a contextos históricos donde dichas nociones no operaban en los mismos términos. Al hacerlo, no solo se deshistoriza la experiencia de Malintzin, sino que se introduce una jerarquización implícita en la que el origen aparece como algo que debe ser superado. Esa idea no es neutra. Es profundamente racista porque presupone que lo indígena es una condición de atraso, un punto de partida que debe ser dejado atrás para acceder a formas consideradas superiores de existencia.
Esta lectura no solo afecta la interpretación del pasado, tiene efectos concretos en el presente. Al reproducir la idea de que el valor radica en alejarse del origen, se refuerzan dinámicas de exclusión que siguen operando sobre pueblos indígenas, comunidades racializadas y sectores populares. Se trata de una violencia simbólica que, aunque se expresa en un lenguaje aparentemente positivo, perpetúa las mismas jerarquías que estructuraron la conquista.
En este sentido, el encuentro político analizado no puede entenderse como un simple acto diplomático. Es un espacio donde se actualizan disputas por el sentido de la historia, por la legitimidad de ciertas memorias y por el tipo de proyecto de nación que se quiere construir. La apelación a la “amistad” y al “desarrollo” no logra ocultar que, detrás de estos discursos, persisten imaginarios coloniales que subordinan lo propio frente a lo externo.
Porque cuando se romantiza la conquista, se legitima la dominación. Cuando se convierte la violencia histórica en relato de superación, se normaliza el despojo. Y cuando se afirma que el origen debe ser superado, lo que se está diciendo es que hay identidades que valen menos.
No es un desliz discursivo ni una interpretación aislada. Es la expresión coherente de un proyecto político. Son los valores de Partido Acción Nacional: entrega, sometimiento y subordinación al extranjero.
Frente a sus nostalgias imperiales, reivindicamos la resistencia de nuestros pueblos. Frente a su racismo, memoria histórica. Frente a su colonialismo, soberanía. Frente a su autoritarismo, organización.