Simón Levy: El mitómano que desnuda la complicidad mediática

Por Alejandro Meléndez

Por Alejandro Meléndez

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 31 de octubre de 2025.- En el torbellino de la política mexicana, donde la verdad a menudo se disfraza de espectáculo, el caso de Simón Levy emerge como un espejo cruel de nuestras debilidades colectivas. Este exsubsecretario de Turismo durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no es solo un personaje polémico; es la prueba viviente de cómo un mitómano puede tejer una red de mentiras que, con la complicidad de ciertos medios de comunicación, se convierte en «realidad» temporal. Pero el punto de inflexión ha llegado: la detención en Portugal, las evidencias irrefutables de sus fabulaciones y la reacción tardía de algunos periodistas revelan no solo la patología de Levy, sino la responsabilidad compartida de quienes amplificaron sus engaños. Es hora de llamar a las cosas por su nombre: Levy es un mitómano, y los medios que lo habilitaron son cómplices en la erosión de la verdad pública.

La mentira fundacional: De Washington a Lisboa, un viaje de fantasía

La mentira más grave y reveladora de Levy fue su insistencia en que se encontraba en Washington D.C., viviendo en Estados Unidos, mientras transmitía entrevistas desde el River Lounge del Hotel Myriad en Lisboa, Portugal. Repitió esta fábula en múltiples apariciones: «Vivo entre Washington y San Diego», dijo, afirmando haber estado en San Diego hace dos días y en Nueva York hace cuatro. Pero la realidad irrumpió con crudeza cuando el abogado Juan Fuentes, representante de Emma Santos González —la mujer que denunció a Levy por agresiones y amenazas—, viajó al mismo hotel y grabó un video desde el exacto lugar. «Definitivamente estamos muy lejos de Washington», declaró Fuentes, identificando el piano de cola rojo visible en el fondo de las transmisiones de Levy. Medios como El Financiero, SinEmbargo MX y los periodistas  Juan Becerra Acosta, Julio Hernández «Astillero» y Martha Olivia López documentaron esta contradicción, respaldada por la confirmación oficial de la Fiscalía de la CDMX y autoridades portuguesas.

Esta no fue una equivocación inocente. Durante una entrevista con Azucena Uresti, Levy evadió pruebas en vivo: tardó en responder sobre la hora local, se negó a mostrar su reloj, el restaurante o un periódico —argumentando que solo se leían con QR—. Negó su detención en Portugal, a pesar de la ficha roja de Interpol y dos órdenes de aprehensión en México por delitos como fraude inmobiliario y agresiones. Incluso calificó como «falso» un documento auténtico de Interpol. Y para rematar, inventó un atentado: aseguró haber recibido dos balazos, una narrativa que se desmoronó al comprobarse su ubicación real en Portugal.

Un catálogo de fabulación: El currículum de un estafador

Las mentiras de Levy no se limitan a su paradero. Difundió listas de supuestos funcionarios mexicanos con órdenes de aprehensión en EE.UU., desmentidas categóricamente por la Embajada estadounidense y el Departamento de Justicia, consultado por la presidenta Claudia Sheinbaum. Su currículum es un castillo de naipes: abogados de Emma Santos lo describen como alguien que «se ha dedicado a estafar toda su vida», cuestionando logros empresariales inflados. En el proyecto Vessel, prometió 10,000 viviendas modulares en Chetumal, pero el gobierno estatal cubría los costos, y la empresa involucrada enfrenta acusaciones de estafas.

En el edificio de Polanco, se comprometió a construir partes iguales, pero edificó más de lo acordado (1.3 vs. 0.70), propuso un convenio reconociendo 273 metros adicionales para Santos y falló en licencias y pagos. Anteponía reuniones con AMLO en Palacio Nacional, exageraba un altercado de 2021 donde su hijo supuestamente resultó herido para denunciar a Santos, y sostenía que un caso judicial por delitos ambientales estaba «resuelto a su favor» cuando fue reabierto. Los abogados lo llaman «mitómano» que confunde a la opinión pública con contradicciones deliberadas.

La complicidad mediática: Amplificadores de la postverdad

Aquí entra el rol vergonzoso de los medios. Plataformas como Atypical TV de Carlos Alazraki le dieron micrófono abierto sin confrontación crítica. Levy desplegó listas negras verbales contra exgobernadores, operadores de la 4T y hasta Beatriz Gutiérrez Müller —acusándola de malversación y huida a España con «10 testigos» inexistentes—. Insistió en «fuentes directas» en Washington, pero evitó pruebas. Alazraki permitió que frases como «la corrupción de los hijos de AMLO es más peligrosa» o «la 4T terminará en Washington» se difundieran sin verificación, convirtiendo el programa en una cámara de eco para prejuicios, no en periodismo.

Incluso periodistas de empresariales más serios, cayeron inicialmente. Luis Cárdenas, en su espacio, entrevistó a Levy creyendo su versión. Al descubrir la verdad, admitió: «Simón Levy nos mintió a todos». Atribuyó el engaño a vacíos informativos del poder, polarización y la era de «postverdad». Con humildad, asumió: «Díganme lo que quieran… Con humildad, asumo lo que me toca». Defendió su labor —»Hicimos periodismo al cuestionar»— pero confirmó en redes: «Simón Levy está en Portugal. No solo me mintió a mí, sino a todos los periodistas». Esta rectificación es loable, pero tardía: resalta cómo la prisa por la «nota» habilita mitómanos.

El Punto de Inflexión: Hacia una Prensa Responsable

El caso Levy no es aislado; es sintomático de una prensa que, en busca de rating o afinidad ideológica, sacrifica la verificación periodística. Medios como Proceso, La Jornada y SDP Noticias han documentado su impunidad pese a denuncias en México y EE.UU. La detención en Portugal —con medidas cautelares y proceso de extradición— marca el quiebre: Levy enfrenta consecuencias reales por fraude, amenazas y más.

Este es el momento para que los medios de comunicación elijan: ¿amplificadores de mentiras o guardianes de la verdad? La mitomanía de Simón Levy, corroborada por evidencias irrefutables, nos obliga a demandar rigor. No más espacios sin contrapeso; no más «fuentes directas» sin pruebas. Solo así recuperaremos la credibilidad perdida en esta era de fabuladores. Simón Levy no es la excepción; es la advertencia.