Vergüenzas heredadas

Por Teresa Gurza

Por Teresa Gurza

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 11 de junio de 2025.- Resulta desconcertante que en pleno siglo XXI siga considerándose indecoroso o vergonzoso hablar del clítoris o de la menstruación, dos aspectos biológicos fundamentales para más de la mitad de la población del planeta. Mientras tanto, escenas de violencia, guerra, humillaciones y dolor son consumidas con naturalidad en medios y plataformas, como si lo verdaderamente obsceno no fuera el sufrimiento, sino el cuerpo femenino nombrado sin eufemismos.

La palabra menstruación proviene del latín menstruus —mensual—, pero aún persisten expresiones como “estar en sus días”, “tiene la regla” o “el mal de las mujeres”, que buscan evadir el término con un manto de vergüenza. Como forma de romper ese silencio, la Organización de las Naciones Unidas estableció el 28 de mayo como el Día Mundial de la Salud Menstrual, con el objetivo de visibilizar un proceso natural que ha sido marginado y estigmatizado.

Más de 1,800 millones de mujeres y adolescentes menstrúan en todo el mundo, pero según cifras del UNICEF y la OMS, al menos 500 millones carecen de acceso adecuado a productos sanitarios. Solo dos de cada cinco escuelas en el mundo imparten educación menstrual, y en América Latina, casi la mitad de las niñas evita ir a clases durante su periodo por falta de agua potable o recursos para adquirir toallas sanitarias, recurriendo a soluciones insalubres como trapos, papel o calcetines.

Estas realidades reflejan no solo un abandono estructural, sino un legado cultural que mantiene al cuerpo femenino bajo sospecha. Cuando la autora del texto era adolescente, las toallas sanitarias estaban escondidas tras mostradores y solo podían pedirse a empleadas mujeres, quienes las ofrecían envueltas bajo el nombre de “camelias”. Eran productos discretos para una necesidad que debía mantenerse invisible.

En varios países del mundo, persisten normas que obligan a las mujeres a aislarse durante la menstruación. Se les prohíbe bañarse o acercarse a ríos por temor a “secarlos”, o se asegura que su sola cercanía puede “quitar vigor” a los hombres. Estas creencias, muchas de ellas transmitidas por las religiones, han perpetuado una concepción de impureza. En el Levítico bíblico, el capítulo XV describe la menstruación como una “inmundicia”; la Torá judía establece normas de separación con la figura de la Niddah; y el Corán también recoge restricciones similares. Religión tras religión, la menstruación se ha asociado con impureza y vergüenza, con consecuencias que aún pesan en las decisiones médicas, educativas y políticas.

Si el silencio alrededor de la menstruación es brutal, el que rodea al clítoris es aún más profundo y dañino. En países de África y Asia, y ahora también en Europa debido a la migración, millones de niñas son sometidas a mutilación genital femenina. El clítoris es extirpado en nombre del control, del honor o de la tradición. En otras regiones, aunque no se le ampute, simplemente se ignora.

En una entrevista con el New York Times, la uróloga Rachel Rubin, coautora de un estudio publicado en Sexual Medicine en 2018, señaló que la mayoría de los médicos no saben examinar adecuadamente la vulva o el clítoris. “No se sienten cómodos en esa zona extraña y mítica que sirve para tener orgasmos… o no les interesa saber de dónde vienen las cosas”, explicó. La falta de formación médica repercute directamente en las pacientes, cuyas necesidades sexuales y de salud siguen postergadas frente a la prioridad absoluta del placer y desempeño masculino.

Rubin entrega a sus pacientes un espejo de mango largo para que puedan ver y conocer su propio cuerpo, un gesto que en sí mismo rompe con siglos de invisibilización. La australiana Helen O’Connell, primera mujer uróloga en su país, relató cómo en los textos que estudió en 1985, el pene era descrito durante páginas, pero los genitales femeninos aparecían de forma esquemática y sin mención del clítoris. En 2005, publicó un estudio que demuestra que el clítoris se extiende varios centímetros por debajo de la superficie visible, con una complejidad anatómica hasta entonces desconocida por la mayoría del personal médico.

O’Connell y Rubin coinciden en que la medicina arrastra décadas de atraso en lo que respecta a la fisiología femenina. Nombrar correctamente cada órgano no es una cuestión de semántica, sino de salud, dignidad y conocimiento. Ellas forman parte de un grupo de profesionales que busca desterrar la vergüenza del estudio de la anatomía femenina, apostando por una medicina más igualitaria y sensible a las experiencias de todas las personas.

Mientras la menstruación y el clítoris sigan siendo ocultados, ignorados o tratados con incomodidad, seguirá pendiente una parte fundamental de los derechos humanos. El cuerpo femenino no es una metáfora ni un tabú: es una realidad que merece ser comprendida, nombrada y cuidada con el mismo respeto y rigor que cualquier otro.