Periodistas Unidos. Ciudad de México. 30 de julio de 2026.- La primera vez que viajé a Cuba fue en 1993. Me acompañaban mi padre, Jorge, y mi hermana Lucía. Para Jorge no era un destino desconocido. Años antes había viajado a la isla para entregar unas computadoras que había conseguido para el gobierno cubano. Nunca llegaron a su destino. En el aeropuerto se las robaron y, en un episodio tan absurdo como revelador, entregaron únicamente las cajas vacías. Un acto surrealista, posible solo en esa mezcla de burocracia, impunidad y realismo mágico que, a veces, parece exclusiva de Latinoamérica.
Cuando regresamos, el propósito era distinto. Llevábamos víveres para unos amigos cubanos que sobrevivían en medio del Periodo Especial, la profunda crisis económica desatada tras la caída de la Unión Soviética. La escasez marcaba la vida cotidiana y obligaba a desarrollar una imaginación sin límites para subsistir.
La prostitución se había vuelto parte del paisaje urbano y las estafas eran el pan de cada día. Se ofrecían puros falsificados como si fueran habanos auténticos; un medicamento llamado PPG (policosanol), al que se le atribuían casi propiedades milagrosas para combatir el colesterol; pizzas cubiertas con trozos de condón que simulaban queso derretido y filetes que, en realidad, eran alfombras empanizadas hechas pasar por milanesas. En aquella Cuba de los noventa, la necesidad había borrado la frontera entre el ingenio y el engaño.

La segunda vez que viajé a Cuba fue unos tres años después. Regresé para estudiar fotografía en el Centro de Estudios Martianos de La Habana. La isla ya no era una novedad, pero seguía siendo un territorio lleno de contrastes, donde la belleza convivía con la escasez y la historia parecía caminar al lado de la gente.
La tercera visita ocurrió en 2012. Viajé acompañado por Jorge y Rosa Roveglia. Fueron días singulares: al puerto llegó el Ana Cecilia, el primer barco procedente de Miami que atracaba directamente en Cuba después de medio siglo de ruptura. Transportaba ayuda humanitaria y representaba uno de los primeros gestos de acercamiento durante la administración de Barack Obama. Parecía que, después de décadas de confrontación, el mar comenzaba a tender puentes.
La cuarta vez llegué junto a la poeta Jocelyn Pantoja para participar en el Festival Internacional de Poesía de La Habana. Presentamos una pieza de poesía multimedia apenas unas semanas antes de que el mundo se encerrara por la pandemia de COVID-19. La ciudad vivía entonces un momento muy distinto. El dólar y el peso convertible cubano (CUC) mantenían prácticamente el mismo valor. Aterrizaban vuelos procedentes de Estados Unidos y Europa; los cruceros llenaban el puerto y las calles rebosaban visitantes. Eran, quizá, los últimos días del mejor momento económico que la isla había conocido en muchos años, mientras Miguel Díaz-Canel apenas iniciaba su gobierno.

La quinta visita fue distinta desde el principio. Viajé acompañado por Montserrat Jiménez, pero no llegamos como turistas. En nuestras maletas llevábamos medicamentos, alimentos, baterías y un teléfono celular destinados a tres personas de la isla, entre ellas la extraordinaria poeta y promotora cultural Soleida Ríos. También queríamos mirar con nuestros propios ojos qué había ocurrido con Cuba después del endurecimiento del bloqueo energético impulsado por la administración de Donald Trump desde enero de 2026, cuando amenazó con imponer aranceles a cualquier país que suministrara petróleo a la isla, y tras las sanciones anunciadas meses después por el secretario de Estado, Marco Rubio, contra la empresa estatal CUPET.
La pregunta surgía inevitablemente apenas uno ponía un pie en La Habana.
¿Qué está pasando realmente en Cuba?
La respuesta resulta mucho más compleja que los videos virales de redes sociales, donde abundan imágenes fragmentadas de calles deterioradas, moteles, bares o entrevistas improvisadas. La realidad cubana no cabe en un minuto de video ni en una consigna política.
Con frecuencia, numerosos medios y comentaristas reducen la discusión a una frase repetida hasta el cansancio: que Cuba es un país comunista. La afirmación simplifica una realidad mucho más compleja. Ningún Estado contemporáneo ha desarrollado plenamente una sociedad comunista. Cuba es, en los hechos, un Estado socialista gobernado por un partido único. Esa condición constituye precisamente uno de los debates más profundos dentro de la isla. Mientras algunos defienden el modelo actual, otros reclaman la apertura hacia un sistema multipartidista que permita una competencia política más amplia.
Desde el triunfo de la Revolución en 1959, la relación con Estados Unidos ha marcado el destino del país. Décadas de embargo económico, operaciones de inteligencia, sanciones y confrontación diplomática han condicionado su desarrollo. Al mismo tiempo, el gobierno cubano ha respondido con un modelo altamente centralizado que también despierta críticas entre amplios sectores de la población.

Hablar con los cubanos no siempre resulta sencillo. El miedo sigue presente.
Muchos aceptan conversar únicamente cuando la cámara permanece apagada. Otros piden no revelar sus nombres. Algunos más condicionan la entrevista a recibir dinero. El silencio también forma parte del paisaje. No es casualidad. El Instituto Cubano por la Libertad de Expresión y Prensa documentó 1,188 violaciones a la libertad de expresión y de prensa durante 2025, un incremento de casi 55 % respecto al año anterior. Reporteros Sin Fronteras ubica a Cuba en el lugar 160 de 180 países en su Índice Mundial de Libertad de Prensa de 2026.
En una isla donde durante décadas las palabras tuvieron consecuencias, incluso el acto de opinar puede convertirse en un ejercicio de riesgo.
Fue con esa mezcla de incertidumbre, curiosidad y respeto que comenzamos a recorrer nuevamente La Habana.
Apagones y la vida cotidiana
Llegamos a La Habana Vieja el 8 de julio. Apenas dejamos las maletas comprendimos que la electricidad se había convertido en un lujo impredecible. Esa misma jornada, el Sistema Eléctrico Nacional registró la mayor afectación de su historia reciente: un déficit de 2,341 megawatts que dejó sin energía, de manera simultánea, a cerca del 75 por ciento del territorio cubano. La noticia apareció en los medios oficiales, pero en las calles nadie necesitaba leer los números para entender la magnitud del problema. Bastaba con mirar los semáforos apagados, los comercios cerrados y las ventanas abiertas buscando un poco de aire.
El primer retrato de esa realidad nos lo hizo Yusniel, un taxista habanero que conducía un automóvil de combustible, que cobra entre 10 a 15 dólares el trayecto. Mientras avanzábamos por calles donde el calor parecía pegarse al pavimento, nos explicó cómo la crisis había ido cambiando de rostro.

—Al principio avisaban por las redes: «vamos a apagar el bloque uno, vamos a prender el dos»… Ahora ya ni eso.
Hablaba con la resignación de quien ha repetido demasiadas veces la misma historia.
—Tú ya sabes que te van a poner tres horas de luz al día. Cuando llega la corriente tienes que hacerlo todo: cocinar, lavar, cargar el teléfono, bombear agua… Las mujeres son las que más lo resienten; viven bajo un estrés terrible.
Hizo una pausa, soltó una risa breve y lanzó una crítica que parecía contener el desencanto de muchos.
—Díaz-Canel ya no puede echarse aquellos discursos de cinco horas como Fidel. Además, nunca fue buen orador… la verdad es que casi nadie lo soporta.
Nos alojamos en el departamento de una amiga que renta habitaciones en La Habana Vieja. Incluso los vecinos parecían desconcertados. Los apagones llevaban semanas castigando buena parte del país, pero el centro histórico había resistido mejor porque gran parte de la red eléctrica corre por instalaciones subterráneas. Sin embargo, esa ventaja comenzó a desaparecer justo cuando llegamos.
Hasta entonces los cortes seguían horarios más o menos definidos. El gobierno distribuía la escasa electricidad por zonas para mantener vivo un sistema que depende casi por completo del combustible. Pero esa noche todo cambió. La programación dejó de existir. Nadie sabía cuándo volvería la luz ni cuánto tiempo permanecería encendida.

Durante julio el Sistema Eléctrico Nacional sufrió al menos tres colapsos totales —los días 6, 10 y 14—. El déficit cotidiano rebasó con frecuencia los 2,000 megawatts. Mientras la demanda rondaba los 3,200, la capacidad real apenas alcanzaba entre 850 y 1,150. Más de un centenar de plantas de generación permanecían inmóviles por falta de combustible. Las cifras, sin embargo, solo explicaban una parte del problema. La otra podía sentirse en los edificios, en las cocinas vacías y en las noches interminables.
La oscuridad altera el ritmo de una ciudad.
Los refrigeradores dejan de funcionar y los alimentos se echan a perder en cuestión de horas. Hay familias enteras que comparten una sola habitación sin un ventilador que alivie el calor húmedo del Caribe. Dormir se vuelve un acto de resistencia. Los pequeños negocios bajan sus cortinas antes del anochecer. Los bares permanecen cerrados. Las discotecas enmudecen. Incluso las oficinas públicas concluyen sus labores antes de tiempo porque trabajar bajo ese calor resulta casi imposible.

Y, sin embargo, La Habana se resiste a detenerse.
Ante la falta de gasolina, la ciudad ha encontrado otra forma de moverse. Cada vez circulan más automóviles eléctricos, motocicletas, triciclos y pequeños transportes colectivos impulsados por baterías. Son la respuesta improvisada de una sociedad que aprendió, hace décadas, a sobrevivir adaptándose.
Cuando cae la noche y el Malecón permanece a oscuras, cualquiera imaginaría una ciudad rendida. Ocurre exactamente lo contrario. La música comienza a escapar de alguna bocina alimentada por una batería. En los parques aparecen parejas que bailan como si la electricidad nunca hubiera existido. Frente a las casas, grupos de vecinos se reúnen alrededor de una mesa improvisada para jugar dominó. Las fichas golpean la madera con ese sonido seco que acompaña desde hace generaciones las conversaciones cubanas.
La penumbra no vence a La Habana.
Simplemente se vuelve parte del paisaje.
Y quizá sea esa la mayor lección de la ciudad: cuando la luz desaparece, los cubanos encuentran la manera de seguir iluminando la vida con su propia presencia.
Turismo fantasma y dos economías
Caminar desde La Habana Vieja hacia Miramar, El Vedado o Playas es recorrer, en apenas unos kilómetros, las distintas velocidades con las que hoy respira Cuba. El paisaje cambia, los edificios son más elegantes, las avenidas más amplias y las fachadas conservan el aire de una ciudad que alguna vez soñó con convertirse en el escaparate del Caribe. Sin embargo, también allí abundan los hoteles cerrados, los bares vacíos y las terrazas donde el silencio ha reemplazado al bullicio de los turistas.
Solo algunos gigantes sobreviven al apagón permanente. El Habana Libre y el Hotel Nacional mantienen encendidas sus luces gracias a plantas eléctricas propias. En varias residencias de alto poder adquisitivo, los propietarios han instalado generadores alimentados con gas natural que funcionan junto con paneles solares. Es, en pequeña escala, el mismo camino que intenta seguir el gobierno cubano para enfrentar la crisis energética. La isla ya supera los mil megawatts de capacidad fotovoltaica instalada y apuesta por desarrollar sistemas de almacenamiento que permitan reducir la dependencia del combustible importado.
Pero la electricidad no es el único recurso que escasea. También faltan los visitantes.

Otro taxista, que durante años vivió del turismo, nos fue reconstruyendo la historia reciente de la isla mientras avanzábamos por el Malecón.
—Con Obama esto estaba lleno —nos dijo señalando los hoteles—. Había agencias de viajes por todos lados. Las casas particulares ya no alcanzaban para tanta gente. Todo el mundo trabajaba.
Su relato avanzaba al mismo ritmo que el automóvil.
Después llegó la pandemia. Cuba decidió prolongar durante más tiempo las restricciones sanitarias y el turismo, que era una de las principales fuentes de ingreso del país, quedó prácticamente inmovilizado. Muchos hoteles nunca volvieron a abrir sus puertas. Decenas de pequeños negocios quebraron antes de recuperarse.
El conductor sonrió con ironía cuando buscó una imagen para explicar lo ocurrido después.
—Y luego llegó la segunda pandemia… Donald Trump.
La frase provocó una carcajada amarga.
Las nuevas sanciones económicas, el endurecimiento del embargo y la incertidumbre terminaron por desalentar el regreso de los visitantes internacionales. Los números cuentan esa historia con crudeza. Durante 2025 Cuba recibió apenas 1.81 millones de turistas, la cifra más baja desde 2002, si se excluyen los años de la pandemia. En los primeros cinco meses de 2026 la caída fue todavía más severa: apenas ingresaron 359,491 visitantes, un desplome cercano al 58 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. La ocupación hotelera descendió hasta 12.9 por ciento durante el primer trimestre.
Las estadísticas, sin embargo, adquieren verdadero significado cuando uno entra a sitios que durante décadas simbolizaron la vida nocturna habanera.
En El Floridita ya no hay filas para encontrar una mesa. En La Bodeguita del Medio, donde antes costaba trabajo abrirse paso entre turistas de todos los idiomas, ahora predominan las sillas vacías. Las bandas siguen tocando, los bartenders continúan preparando mojitos y daiquirís con la misma destreza, pero muchas veces lo hacen para unos cuantos clientes dispersos. La música permanece. El público, no.

Por momentos, La Habana transmite la extraña sensación de una ciudad que espera el regreso de alguien que no termina de llegar.
Mientras el turismo se desmoronaba, la economía cubana también cambiaba de rostro.
El peso convertible (CUC), que durante años convivió con la moneda nacional, desapareció. Hoy solo circula el peso cubano (CUP). Sobre el papel, la unificación monetaria buscaba simplificar la economía. En la práctica, la inflación ha erosionado el poder adquisitivo de los salarios. En junio de 2026 la inflación interanual alcanzó 18.27 por ciento.
Cambiar dólares se convirtió también en una experiencia reveladora.
En los bancos estatales casi nunca hay divisas disponibles. Quien necesita cambiar dinero termina recurriendo al mercado informal, casi siempre dentro de una casa particular o mediante recomendaciones que pasan discretamente de boca en boca. Allí, el dólar se cotiza entre 670 y 675 pesos cubanos, una diferencia que revela la distancia entre la economía oficial y la economía real.
Las tarjetas Visa y Mastercard tampoco funcionan en la isla. Cada billete en efectivo adquiere entonces un valor estratégico. En Cuba, el dinero vuelve a sentirse físico: se guarda, se cuenta, se negocia y se protege.

Al mismo tiempo, algo nuevo comienza a emerger.
En medio de un sistema que durante décadas limitó la iniciativa privada, han florecido miles de pequeñas y medianas empresas, las conocidas mipymes. Ya existen más de 15,600 autorizadas. Restaurantes familiares, talleres, cafeterías, pequeños comercios y servicios que hace apenas unos años eran impensables forman parte de una transformación silenciosa. También se han flexibilizado algunas reglas para la inversión extranjera y para los cubanos residentes en el exterior, quienes hoy pueden participar en ciertos proyectos económicos e, incluso, acceder a la compra de viviendas bajo condiciones antes mucho más restrictivas.
La paradoja resulta inevitable.
Mientras el discurso oficial continúa reivindicando el socialismo, la vida cotidiana obliga a miles de cubanos a desarrollar mecanismos propios del mercado para sobrevivir. La isla parece avanzar sobre una delgada línea donde conviven planificación estatal, emprendimiento privado, subsidios, remesas familiares y mercados informales. Dos economías se superponen todos los días. Una aparece en los documentos oficiales. La otra puede verse en las calles de La Habana.
Dos visiones contrapuestas
En Cuba es fácil encontrar consenso sobre una cosa: la vida se ha vuelto mucho más difícil. Lo complicado comienza cuando la conversación gira hacia las causas y las posibles salidas. Entonces aparecen dos países distintos, dos memorias enfrentadas y dos maneras de imaginar el futuro.
La fractura suele ser generacional.
Quienes vivieron los primeros años de la Revolución recuerdan una isla marcada por la desigualdad, la influencia política y económica de Estados Unidos y una profunda dependencia de intereses extranjeros. Para ellos, la Revolución significó la recuperación de la soberanía, el acceso universal a la educación y la salud, y la construcción de un proyecto nacional propio. Los más jóvenes, en cambio, crecieron en medio del Periodo Especial, de los apagones, de la escasez y de una economía cada vez más limitada. Muchos de ellos no experimentaron el país que sus padres o abuelos evocan y, por ello, juzgan el presente con otros referentes.

Las discusiones rara vez terminan en acuerdos.
Una tarde conocimos a un hombre al que todos llamaban «El Ruso». Accedió a conversar sin rodeos. Su diagnóstico era directo, construido desde años de frustración.
—No es Trump quien realmente tiene toda la culpa —dijo apenas comenzamos a hablar—. Claro que las sanciones afectan, pero también hay mucha responsabilidad en la forma en que se está gobernando el país. No se está pensando en las necesidades del pueblo.
Recordó que buena parte del pollo, la leche en polvo y diversos artículos de higiene que llegan a Cuba provienen, paradójicamente, de Estados Unidos, muchos de ellos mediante mecanismos comerciales indirectos, ahora en fácil conseguir una Coca Cola o una Pepsi en varios restaurantes o tiendas.

Después su tono cambió.
—Fidel era una mente maestra. Siempre encontraba más soluciones que problemas. Díaz-Canel… él es una marioneta de toda la estructura burocrática que quedó del castrismo.
Su conclusión era contundente.
—Que vengan grandes empresas. Que lleguen inversionistas que generen empleos y paguen salarios dignos. Estoy cansado. Llevo cuarenta y siete años viviendo bajo un sistema que nunca me favoreció.
Para él, la salida pasa por un modelo económico abiertamente capitalista.
No todos comparten esa visión.
Manuel, con quien conversamos otro día, defendía una idea distinta. Reconocía las enormes dificultades que atraviesa el país, pero advertía sobre el riesgo de olvidar la historia.
—Aquí nadie quiere volver a ser una colonia —nos dijo con serenidad.

Su preocupación no era únicamente económica. Temía que, detrás de la promesa de prosperidad, regresaran formas de dependencia que Cuba conoció antes de 1959. Para muchos cubanos esa memoria sigue viva. Es la razón por la que, incluso en medio del descontento, continúan respaldando algunas decisiones del gobierno o, al menos, rechazan cualquier salida que implique perder soberanía frente a Estados Unidos.
En cambio, entre muchos jóvenes que critican abiertamente al gobierno, el rechazo no siempre viene acompañado de una propuesta política clara. El deseo de cambio aparece con fuerza; el modelo que debería sustituir al actual suele resultar mucho más difuso. Algunos hablan de democracia liberal, otros de una economía de mercado con protección social, otros simplemente quieren oportunidades para construir un proyecto de vida sin abandonar la isla.
Escuchar esas voces durante varios días deja una impresión inevitable: Cuba vive atrapada entre dos memorias.

Una recuerda lo que significó la Revolución frente al viejo orden y las décadas de confrontación con Estados Unidos. La otra observa un presente marcado por la escasez, la emigración y el deterioro de las condiciones de vida. Ambas experiencias son reales y conviven en las mismas calles, a veces incluso dentro de una misma familia.
A ese conflicto interno se suma un actor que nunca ha desaparecido del escenario: Estados Unidos. Durante más de seis décadas, el embargo económico, las sanciones y diversas formas de presión política han condicionado la evolución de la isla. Para muchos cubanos, ese intervencionismo ha agravado la crisis; para otros, los problemas actuales responden sobre todo a decisiones adoptadas por el propio gobierno cubano. Lo cierto es que ambas explicaciones suelen entrelazarse y rara vez pueden entenderse de manera aislada.
Entre las lecturas que ayudan a comprender esa dimensión del conflicto se encuentra Rubio. Un mitómano incontrolable, del periodista Hedelberto López Blanch. El libro analiza el papel de Marco Rubio en la política hacia Cuba y documenta las narrativas, declaraciones y estrategias que, según el autor, han servido para justificar nuevas sanciones y fortalecer una política de intervencionismo que continúa influyendo en la vida cotidiana de millones de cubanos.

Al mismo tiempo, algo nuevo comienza a emerger en la economía cubana.
En medio de un sistema que durante décadas restringió la iniciativa privada, la isla ha comenzado a ensayar un modelo híbrido. Desde septiembre de 2021 el gobierno autorizó la creación de las llamadas Mipymes —micro, pequeñas y medianas empresas—, una figura empresarial inspirada en el modelo impulsado y promovido por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Estas empresas, de propiedad privada o estatal, cuentan con personalidad jurídica propia, generalmente bajo la figura de sociedades de responsabilidad limitada, y pueden dedicarse tanto a la producción de bienes como a la prestación de servicios.
El cambio ha sido profundo. Hoy existen más de 15,600 mipymes autorizadas. Restaurantes familiares, cafeterías, talleres mecánicos, pequeños comercios, estudios de diseño, empresas tecnológicas y toda clase de servicios privados comienzan a modificar el paisaje económico de las ciudades cubanas. Es una transformación silenciosa, pero visible, que habría parecido impensable apenas unos años atrás.
Las reformas no terminan ahí. El Estado también ha flexibilizado las reglas para atraer inversión extranjera y ha ampliado las posibilidades para que cubanos residentes en el exterior y ciudadanos de otros países participen en determinados proyectos inmobiliarios y empresariales. La posibilidad de adquirir o desarrollar propiedades —antes fuertemente restringida— empieza a abrir una nueva etapa para el mercado inmobiliario cubano.

Ese proceso, sin embargo, también despierta inquietudes.
Como ha ocurrido en numerosas ciudades latinoamericanas y europeas, la llegada de capital extranjero puede convertirse en un motor de gentrificación. La rehabilitación de barrios históricos y el incremento del valor del suelo benefician a determinados sectores económicos, pero también encarecen la vivienda y desplazan gradualmente a habitantes que ya no pueden sostener el costo de vivir en los lugares donde nacieron. Cuba apenas comienza a recorrer ese camino, pero el debate ya está presente entre académicos, urbanistas y parte de la población.
La paradoja resulta evidente.
Mientras el discurso oficial continúa reivindicando el socialismo, la vida cotidiana empuja al país hacia mecanismos propios de una economía de mercado. El Estado mantiene el control sobre sectores estratégicos, pero al mismo tiempo promueve empresas privadas, incentiva ciertas inversiones extranjeras y flexibiliza la propiedad inmobiliaria. Cuba parece avanzar hacia una economía híbrida, donde conviven la planificación estatal, el emprendimiento privado, las remesas, los mercados informales y una apertura gradual al capital internacional. No se trata ya del modelo socialista clásico ni de una economía plenamente capitalista, sino de una transición cuyo desenlace todavía es incierto y que redefine, poco a poco, la identidad económica de la isla.
Resistencia ecológica y un llamado
Hay una paradoja que acompaña a Cuba incluso en medio de la crisis energética. La isla posee pequeñas reservas de petróleo cerca de Varadero, pero durante años ha evitado explotarlas para no poner en riesgo uno de sus principales patrimonios naturales. Mientras el combustible escasea y los apagones se prolongan durante horas, el mar permanece intacto, como una decisión que antepone la conservación del paisaje a una solución inmediata.

El contraste con otros países de la región resulta inevitable. En México, por ejemplo, continúan impulsándose proyectos de extracción mediante fracking y desarrollos industriales como la planta de amoníaco proyectada en Topolobampo. Son modelos distintos para enfrentar necesidades similares: energía, desarrollo y crecimiento económico.
Quizá por eso, al abandonar la isla, comprendí que la Revolución cubana no puede medirse únicamente por sus instituciones, sus dirigentes o sus errores. También habita en una cultura de resistencia que atraviesa a varias generaciones. Está en quienes siguen compartiendo lo poco que tienen, en quienes convierten un apagón en una reunión de vecinos, en quienes defienden la educación pública, la salud como derecho y la convicción de que un país pequeño puede intentar decidir su propio destino.

La Revolución, al final, también libra otra batalla. No solo contra el embargo, las sanciones o la escasez, sino contra una forma de entender el progreso basada en el consumo ilimitado, la extracción sin medida y la subordinación de la naturaleza al mercado. Esa disputa sigue abierta y, como todas las grandes luchas históricas, está llena de contradicciones, avances y retrocesos.
Cuando el avión despegó de La Habana, la ciudad quedó atrás esperando la penumbra de otro apagón. Sin embargo, imaginé que, en alguna esquina del Malecón, continuarían sonando las fichas de dominó sobre una mesa de madera, una pareja seguiría bailando bajo la luz de una batería recargable y alguien abriría las ventanas para dejar entrar la brisa del Caribe. Porque hay pueblos cuya mayor riqueza no está en el petróleo que guardan bajo la tierra, sino en la dignidad con la que deciden defenderla. Y quizá esa sea, todavía hoy, la revolución más difícil de sostener.