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La maquinaria del silencio en el CUT de la UNAM

Por Alejandro Meléndez

Dos maestras de tiempo completo del Centro Universitario de Teatro de la UNAM —Priscila Anaya Imaz y Annya Atanasio Cadena Gallardo— denuncian acoso laboral, despojo de horas frente a grupo, discriminación y violencia institucional bajo la dirección de Emma Dib. Sus testimonios dibujan una escuela pequeña donde el poder se mueve entre bambalinas y el aula se convierte en territorio de disputa.

Periodistas Unidos. Ciudad de México. 09 de septiembre de 2026.- Hay escuelas que caben en una frase. El Centro Universitario de Teatro de la UNAM cabe en un patio, en un foro, en un pasillo donde todo el mundo se conoce y, por eso mismo, todo el mundo calla. Es un recinto diminuto dentro de una universidad inmensa: pocas plazas, pocas generaciones, un prestigio que se hereda como un traje de época. Quien entra al CUT no solo aprende a actuar. Aprende, también, a leer jerarquías.

En febrero de 2024, Emma Graciela Dib Mercado —actriz, pedagoga, egresada del propio centro, primera mujer en dirigir la escuela en seis décadas— asumió la titularidad por nombramiento de la Coordinación de Difusión Cultural y acuerdo del rector Leonardo Lomelí Vanegas. La Gaceta UNAM la presentó como un talento raro, capaz de administrar e imaginar al mismo tiempo. La comunidad teatral celebró el símbolo: una mujer al frente de una casa que había sido, casi siempre, cosa de hombres.

Dos años después, dos profesoras de tiempo completo —de las pocas 6 que ganaron su plaza en concurso de oposición abierto— cuentan otra escena. No la del comunicado. La del cubículo cerrado, el horario que llega a medianoche, la comisión que no es comisión, el “no te lo estoy preguntando”.

Priscila Anaya Imaz y Annya Atanasio Cadena Gallardo no se presentan como víctimas intercambiables. Una viene de la actuación y de diecinueve años de aula; la otra, de la teoría, la investigación y un cuerpo que la institución insiste en corregir. Lo que las junta no es un manifiesto. Es un patrón: según ellas, tanto la dirección del CUT como la secretaría académica les ha ido quitando el único territorio que justifica una plaza de profesora asociado “B” (interino) Tiempo Completo —las horas frente a grupo— y ha convertido el desacuerdo en castigo.

I. La adjunta que aprendió a tener voz

Priscila Anaya Imaz habla como quien ha ensayado mucho y, de pronto, decide no recitar. Egresada del CUT, actriz, pedagoga, oaxaqueña de crianza. Lleva casi dos décadas en esa casa. Entró, dice, “por invitación”, que es la gramática antigua del centro: no se llega solo con papeles; se llega de la mano de alguien.

Esa mano fue, durante años, la de la actual directora del Centro.

Comenta que fue su adjunta ocho o nueve años en la materia de actuación de tercer año. “Su mano derecha”, precisa. Cuando la titular de la materia tenía llamados como actriz, Priscila cubría las clases y actividades académicas. Cuando la titular se fue a la Compañía Nacional de Teatro, Priscila pensó que su ciclo se cerraba, pero otra maestra titular la retuvo en primer año, también como adjunta de la materia de actuación. Un año después la maestra que había dejado la cátedra de tercero volvió y puso una sola condición: que Priscila fuera otra vez su adjunta. “Yo era como una ficha que me movían para todos lados.”

La ruptura no fue un grito. Fue un descubrimiento en un laboratorio de corte internacional en el que se reunieron docentes y artistas escénicos de teatro para reflexionar sobre las nuevas vertientes y generar materiales que dialogaran entre la docencia y la práctica escénica—The New Face of Acting Teacher, este fue un encuentro de dos años entre el CUT y la Unión Europea— Priscila se preguntó qué maestra era ella cuando dejaba de repetir los “grandes secretos” de otra. Empezó a tener voz propia lo que generó desacuerdos y fricciones en el cuerpo de maestras del tercer año de actuación. El último año juntas, relata, la titular la anuló en clase excluyéndola de actividades que anteriormente era responsable en la clase. Se sentaron a hablar. La frase que Priscila recuerda no necesita escenografía:

«Sí, sí, te anulé. Aquí la que manda soy yo.»

Después de este encuentro, en el año el entonces director del CUT y maestro titular de segundo año de actuación le pide que trabaje con él siendo maestra colaboradora, aunque administrativamente sería nombrada en papeles como titular de la materia de actuación de segundo año. Sin embargo en el aula el viejo reflejo —el hombre dirige, la mujer asiste— tardó en romperse.

En el aula había tres docentes colaborando. En el año 2019 llegó un nuevo profesor, quien es importante decir que tenía antecedentes no positivos como profesor y Priscila lo describe sin eufemismos: clasismo, racismo, abuso de poder, llegadas en estado inconveniente, lo que evidenciaba un profundo desacuerdo en la práctica de enseñanza- aprendizaje, así que en el año 2021, la dirección propuso un programa piloto, que consistió en dividir francamente el grupo de alumnos en dos grupos, para así tener mejores resultados y aliviar las tensiones entre el cuerpo de profesores de segundo año de actuación. Desde la perspectiva de Priscila este programa no funcionó. Ya que partir al grupo se transformó en una dinámica de, “los que van a triunfar” y “los perdedores”. Cabe señalar que esto evidenció las prácticas del profesor dentro del aula y el 4 de agosto del 2022 se presenta oficialmente una narrativa de los actos constitutivos de violencia de género por parte de este profesor hacia la profesora Priscila, quien dice que el proceso fue largo y que al final procedió la demanda. Las medidas disciplinarias posibles iban de días sin sueldo a la revocación del contrato. El director eligió el término medio. En el expediente, un tache. En el aula, la misma sombra.

Cuando vino el cambio de administración en el CUT, Priscila por primera vez tuvo la titularidad de un grupo. Había obtenido licenciatura y maestría —esta última en un programa piloto MINTER São Paulo–UNAM para docentes en activo—. Concursó por la plaza de Profesor Ordinario de Carrera asociado” B” de Tiempo Completo, interino, en el área de actuación. La ganó, así como también la ganó la directora de esta administración. Quedaron, dice Priscila, como las dos únicas maestras de actuación con plaza obtenida en concurso.

Durante este primer año su compañero de aula, y maestro colaborador fue Guillermo Revilla —exalumno, director de escena—, y juntos fueron descubriendo un sistema de trabajo que les permitió montar una obra con dificultades actorales que pondrían en juego las herramientas adquiridas, pero, recuerda Priscila por un comentario de la directora hecho de manera no formal, que dicho material para un examen de segundo año de actuación, no se apegaba, en su totalidad, al realismo canónico. El examen, afirma, salió limpio: un grupo intacto después de textos duros, porque el trabajo en términos de técnica y pedagogía habían sido aplicados con atención y cuidado hacia el grupo y cada personalidad del grupo. No convertía el trauma psicológico en materia prima irresponsable.

Pero para el siguiente ciclo escolar los profesores Anaya y Revilla atendieron lo que la directora en junta de academia propuso: “había que trabajar textos realistas”. Entonces al final de semestre Eligieron La mudanza, de Vicente Leñero. Una epidemia de COVID dentro del grupo de alumnos retrasó el examen y cuando el grupo ya podía presentarse, la directora determinó la fecha priorizando la agenda de la secretaria académica, señalando que la presencia de la Dra. Ducoing era “indispensable”. Nunca había sido indispensable de ese modo, sostiene Priscila, después de haber sido alumna y ahora docente de este centro.

Entonces empezaron las citas en la oficina de la dirección.

II. “No te lo estoy preguntando”

Tres reuniones a puerta cerrada. En la primera, según el testimonio, la directora anunció su intención de quedarse con las horas frente al grupo del que era titular Priscila. El argumento: “subir el nivel de segundo año”. Priscila insistió en pedir evidencia para sostener la intención que pretendía efectuar la directora y ante el silencio por parte de su interlocutora, leyó lo que no se decía: que su trabajo no alcanzaba.

Durante la segunda reunión, pidió que la dijeran, como titular de la materia, qué no estaba funcionando. La respuesta, relata, no fue clara en términos pedagógicos, se mencionaron las distintas poéticas en términos de actoralidad entre la directora y la profesora Anaya. La directora de la instancia se consideraba más preparada para el realismo.

Antes de estas reuniones, ya le había pedido —dos, tres veces— que dejara de ser persona orientadora de la comunidad, figura que Priscila ocupó a propuesta de la anterior administración y que vinculaba las instancias de coordinación de Igualdad de género con las instancias de manera directa. El argumento de la directora del centro, recuerda Priscila: conflicto de intereses. Una maestra de actuación no debía ser también quien escuchara quejas y las canalizara. Priscila entiende otra lectura: ya que el Profesor que había sido oficialmente suspendido por violencia de género se encontraba laborando en actividades académicas desde su llegada como directora del CUT.  Sin embargo la profesora Anaya renunció al cargo. Escribió una carta. En la Coordinación para la Igualdad de Género le dijeron que se salvaguardara.

En la tercera reunión el mapa se aclaró. Priscila iría a “vinculación”. Crearía talleres, los ofrecería a las sedes de la UNAM en los estados, y si alguien los compraba, entonces esos serían sus horas frente a grupo. La universidad, le advirtió Dib, según el relato, no le pagaría nada extra, ya que era maestra de tiempo completo. Además de que debía conseguirse ella misma la estancia.

Priscila propuso realizar las dos cosas: clases y vinculación. La respuesta final, en su memoria, no admite réplica:

«Ya lo decidí. Yo me voy a quedar con tus horas frente al grupo.»

«Así va a ser está decidido. No te lo estoy preguntando.»

¿Cuándo volvería al aula? “Cuando yo me vaya.” Ese mismo día, recuerda, la directora le anunció, antes de salir de la oficina que no sería parte del cuerpo colegiado del proceso de selección de la próxima generación, del que había formado parte todos los años desde su llegada a ese centro como docente adjunta. “Necesito que te concentres en lo tuyo.” Ella, dice, no tenía en qué concentrarse: le habían quitado el aula.

Al siguiente día se presentó en la oficinas del jurídico de APAUNAM, y en esta oficina se redactó un oficio con fecha del 27 de junio dirigido a la directora del CUT, documento que cuestionaba la decisión. La directora respondió de la misma manera con el oficio CUTE/DIR/056/2025 fechado el 3 de Julio, respondiendo: “…las condiciones laborales tal cual aparecen en su contrato como profesor Ordinario de Carrera Asociado “B” de Tiempo Completo, interino, en el Área de Actuación, con número de plaza 77711-10, no ha sido modificada”

El día 29 de julio recibí, menciona Priscila, correos por parte de alumnos del CUT, en los que me compartían los horarios que de manera oficial habían enviado de manera oficial las autoridades del CUT de clases del grupo de segundo año del CUT, Priscila no aparecía. Imprimió el documento. Guardó dicho documento y los que vinieron después.

La plaza de profesora de tiempo completo insiste, no es un adorno salarial. Su encomienda sustancial es el aula. Sin horas frente a grupo no hay estímulos como el PRIDE; se estanca el escalafón. “El problema no es ahora. El problema va a venir después.”

Visitó instancias universitarias para encontrar una solución de manera legal. También recurrió a la Coordinación de Difusión Cultural ya que esta instancia regula de manera jurídica al Centro Universitario de Teatro, de esta visita obtuvo una reunión informal ante gente de género y de jurídico. Le dijeron, relata, que querían mediar; y la representante de Jurídico mencionó que la directora del CUT había actuado mal, en términos de formalidad de las acciones, pero; al mismo tiempo, señalaba que estaba en sus facultades ya que, enfatizó, “la plaza no es tuya”. El hueco legal —sí pero no— se volvió método.

Le asignaron comisiones. Cumplió en tiempo y forma. Aun así, dice, la reprobó en una de dichas tareas la Secretaría Académica de la instancia de manera formal al entregar el oficio CUTE/SA/049/2026 con Asunto: Entrega de observaciones de comisión, con fecha del 8 de mayo del 2026, emitido por la Dra. Ducoing, y con una evaluación firmada por la misma Doctora.

El día que recibió el documento fue el 14 de mayo a las 12:30 hrs en las oficinas de la secretaría académica, departamento de servicios escolares y movilidad estudiantil, de manos de la persona a cargo. Relata que tardó unos minutos dentro de ese espacio, ya que pidió leer el documento completo antes de firmar el acuse de recibido, y recuerda que la persona a cargo estaba sola y la puerta de esta oficina se encontraba abierta, pero cuando Priscila volteó estaba sola con dos mujeres del área administrativa y la puerta cerrada.  Pensó en la escena que podían armar: la maestra se puso loca, hay testigos y recordó que una persona que labora en ese lugar y que debe conservarse su identidad anónima, porque podría haber represalias en su contra, había comentado en llamada telefónica a manera de advertencia, que debía cuidarse porque, le dijo: “Té están tendiendo tu camita. Te van a sembrar faltas administrativas.”

Días previos a terminar el ciclo escolar pidió informes sobre su contrato al jefe de la unidad administrativa y al encargado del Departamento del Personal y uno de ellos respondió con silencio y un gesto de desagrado y el otro respondió que no sabían nada al respecto.

Al comienzo del ciclo escolar las profesoras Priscila y Annya asistieron juntas a pedir su contrato para poder firmarlo. Pero antes de asistir hicieron una publicación en redes, para informar a la comunidad. El contrato fue entregado para ser firmado.

Hoy demanda a la institución. La Profesora dice; desde hace un año estoy en terapia para poder continuar con luchar contra las injusticias. Lleva un año armando expediente. No se ha vuelto mediática del todo: el proceso jurídico, dice, exige disciplina. Pero el silencio institucional le parece otra forma de ensayo: repetir el gesto hasta que parezca natural.

Lo que pelea no es un símbolo. Son las horas. “Lo que me corresponde a mí y lo que le corresponde a Annya.”

III. El cuerpo como expediente

Annya —con doble n y ye, Atanasio con s, Cadena Gallardo— es maestra de tiempo completo en el área de cultura teatral. Daba teoría y análisis del texto dramático y el seminario de metodología de la investigación. Neurodivergente, diagnosticada con TLP y TDAH, vive con crisis motoras parciales complejas. Es una mujer trans. Hizo su transición ya como académica. Viene de Colima, de una infancia que no le ahorró violencia, y de años de estudio en Europa que le sirvieron, dice, para deconstruirse y volver a la academia con una ética que no cabe en el realismo de la obediencia.

El acoso laboral, afirma, no nació con Emma Dib. Lleva más de cuatro años y medio. Bajo la dirección anterior —Mario Espinosa y la secretaria académica de entonces— denunció ante la Defensoría de la UNAM. Año y medio, dos años. “Aquí no pasó nada. Cuando la que tuvo la repercusión soy yo.” Quienes terminaban afectados, dice, eran los estudiantes: le asignaban los últimos horarios, después de tres o cuatro materias prácticas, y recibía un grupo colapsado. Pedía que no fuera por ella, sino por ellos. No le hicieron caso. Le reclamaron un congreso en España al que suele ir cada año —parte de su contrato es investigar y difundir— como si la dejaran ir por benevolencia. La secretaria académica, relata, no la nombraba en femenino. “Le valía.”

Cuando llegó la nueva dirección, Annya pensó en un cambio. Encontró, dice, otra forma de la misma tutela. Dib “empezó a decidir sobre mí”, a determinar “si estaba lo suficientemente sana o no”. La mandaron sola a revisar críticamente el plan de estudios. Lo hizo. Entró en depresión.

La herida que nombra con más claridad no es un oficio: es una frase. La nueva secretaria académica, cuenta, le dijo que se dejara de hormonar. Que no necesitaba “tantas chichis”. Que las hormonas la ponían muy mal. El juicio de valor vestido de preocupación. La minimización de quien ha luchado años por un cuerpo propio y por nombrarlo.

«Reiteradamente lo vivo, no solamente en la vida cotidiana, sino también en mi trabajo. Y lo peor del caso es que no hay escucha.»

En el tiempo de la entrevista, Annya relató que había intentado quitarse la vida. Lo dice sin teatralidad, que es la forma más dura de decirlo. Dos días después estaba en el CUT. Cero escuchas, afirma. A la dirección le importó más, según ella, lo que publicó en redes —denuncias sobre el centro, un presunto plagio de Luis de Tavira en un montaje con recursos públicos, sus experiencias como alumna— que el hecho de que una maestra hubiera llegado al borde.

Bajo la dirección anterior ya había actualizado papeles y credencial. Aun así, para la presentación de un libro, la secretaria académica le preguntó cómo quería que la presentaran y al hacerlo mal, solo dijo: “Ay, perdón, se me olvidó”.

Acompañó a una alumna que inició su terapia de reemplazo hormonal dentro del CUT, sola, sin red institucional. Annya la asesoró. Mientras tanto, relata, a esa estudiante le seguían asignando papeles masculinos, pese a que se había pedido que se le dirigiera como mujer. Hay un informe académico, dice, donde se podrá leer la transfobia. En otro, una exalumna escribió sobre la gordofobia vivida en la escuela. El patrón que Annya señala no es solo el suyo: es el de “lo que no es normativo” —cuerpos diversos, disidencias sexo-genéricas— tratado como problema de disciplina o de imagen.

Ha enviado un oficio a Rectoría, al CUT, a Emma Dib y a la comunidad de alumnos y exalumnos. Lo hizo público. No ha acudido aún a otras instancias externas porque, dice, está cansada del aparato que tarda años y no responde. Quiere diálogo. Quiere una academia ética. “Ya estoy cansada de que nieguen mi historia.”

IV. La escuela chica y el reino

El CUT es demasiado pequeño para las metáforas grandes y demasiado cerrado para las denuncias simples. Ocho plazas, dice Priscila; siete de profesores de tiempo completo. Quienes las ganaron en concurso de oposición abierto deberían ser, en teoría, el piso estable de la escuela. En la práctica, las dos mujeres que hablan en este texto describen un desplazamiento: se las mueve a comisiones, se les niega el aula, se les recorta el prestigio cotidiano —asesorías de tesis, procesos de selección, el saludo en el pasillo— sin un documento que se pueda exhibir. “Lo hacen a puerta cerrada y en llamada telefónica.”

Hay más sombras en el relato de Priscila, que este reportaje registra como denuncias suyas, no como hechos juzgados, pero que en este momento es delicado nombrar ya que podríamos estar hablando de un sistema interno de presuntos e inadecuados manejo de dinero; intentos de titular a personas sin el proceso del Ceneval; el hecho de que si la plaza se llegara a perder, y el centro se queda con una menos.

Annya añade otra capa: el centro como archivo de violencias que no se nombran. Un maestro señalado como violentador. Un plagio que ella dice haber documentado. Alumnado que ve y no denuncia. “Si no tienen el valor, ese es otro problema.” Ella ya no quiere esperar a que el coro se complete.

Las dos coinciden en un punto que duele más que el organigrama: las y los estudiantes actuales, conscientes, eligieron en muchos casos el silencio por miedo a represalias. “Al fin que ya me voy”, es la frase que Priscila les escucha. El CUT forma actrices y actores para un país que les exigirá voz. Adentro, la voz tiene precio.

V. Lo que se demanda cuando el aula desaparece

Annya pide algo que el derecho escribe peor que el cuerpo: no ser diagnosticada por la jefatura. No ser nombrada en masculino por olvido administrativo. No recibir consejos sobre sus hormonas. Que su historia no sea negada. Que el diálogo no se sustituya por el laberinto.

Las dos saben que el CUT es un lugar donde las lealtades pesan más que los reglamentos. La profesora recuerda que una persona que labora en el CUT, dentro del área administrativa, le advirtió en un mensaje: “Apégate a lo que te solicite, es lo mejor, es mi mejor consejo para ti, aguantar, no hacer ruido. Operación hormiga, de boca en boca, durante un año. Ahora, el ruido.

Un reportaje no es un veredicto. Emma Dib construyó una carrera visible —más de cincuenta puestas en escena, Compañía Nacional de Teatro, cine, casi tres décadas de docencia en el CUT— y llegó a la dirección con el capital simbólico de ser la primera mujer. Ese dato no la inmuniza. Tampoco convierte automáticamente cada decisión administrativa en delito. Lo que estos testimonios plantean es otra pregunta, más incómoda para una universidad que ha multiplicado protocolos de género mientras sus escuelas chicas siguen funcionando como feudos: ¿puede una dirección despojar del aula a quien ganó la plaza precisamente para estar en ella? ¿Puede una institución que forma actrices decidir, desde el poder, qué cuerpo es demasiado hormonal, demasiado disidente, demasiado hablador?

Priscila guarda oficios. Annya guarda un oficio público y una vida que ya no está dispuesta a traducir al lenguaje del “aquí no pasa nada”.

En el teatro, el silencio es a veces un acto. En una escuela de teatro, el silencio de las maestras que no quieren perder el grupo, de las alumnas que ya se van, de las autoridades que median sin mediar, no es un acto. Es una escenografía. Y la escenografía, tarde o temprano, se ve.

 

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