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	<title>QUE SOY archivos - Periodistas Unidos</title>
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		<title>Nosotros, los rucailines: ¿Qué: soy o me parezco?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Periodistas Unidos]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 May 2019 16:59:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[REPORTAJES]]></category>
		<category><![CDATA[EMILIANO PEREZ CRUZ]]></category>
		<category><![CDATA[QUE SOY]]></category>
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					<description><![CDATA[<div style="margin-bottom:20px;"><img width="613" height="376" src="https://periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" decoding="async" srcset="https://i0.wp.com/periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg?w=613&amp;ssl=1 613w, https://i0.wp.com/periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg?resize=150%2C92&amp;ssl=1 150w, https://i0.wp.com/periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg?resize=300%2C184&amp;ssl=1 300w" sizes="(max-width: 613px) 100vw, 613px" /></div>
<p>Por Emiliano Pérez Cruz Los broncudos andan con humor de los Mil Diablos como esencia natural y el corazón les duele de tanto gruñir a sus semejantes. No hay que confundirlos con los picudos: aquellos que primero andan con su «ya vas, papas y sopas», pero a la mera hora nomás nada: puro jarabe de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div style="margin-bottom:20px;"><img width="613" height="376" src="https://periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg" class="attachment-post-thumbnail size-post-thumbnail wp-post-image" alt="" decoding="async" srcset="https://i0.wp.com/periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg?w=613&amp;ssl=1 613w, https://i0.wp.com/periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg?resize=150%2C92&amp;ssl=1 150w, https://i0.wp.com/periodistasunidos.com.mx/wp-content/uploads/2019/05/2057adc26223bd3.jpg?resize=300%2C184&amp;ssl=1 300w" sizes="(max-width: 613px) 100vw, 613px" /></div>
<p><strong>Por</strong> <strong>Emiliano Pérez Cruz</strong></p>



<p><strong>Los broncudos andan con humor de los Mil Diablos como
esencia natural y el corazón les duele de tanto gruñir a sus semejantes. No hay
que confundirlos con los <em>picudos</em>:
aquellos que primero andan con su «ya vas, papas y sopas», pero a la mera
hora nomás nada: puro jarabe de pico, no le entran a la bronca.</strong></p>



<p>A los broncudos no hay que hacerles caso y solitos se van por el mundo,
pensando que pueden jambárselo, atarragarse en un dos por tres. Hasta que
encuentren la horma de su zapato, el esta-te-quieto o te llevas lo tuyo, wey. Aguas,
hay que andarse con tiento: puede que sean mala entraña, seres que nomás por
quítame estas pajas llegan al crimen, a tirar empujones, panzazos, habladas que
hieren más que regaño materno.</p>



<p>Los broncudos sienten que todo les pertenece y para conservarlo tienen
a su disposición la violencia y la paciencia o miedo de los demás, nosotros,
sus semejantes. Se valen de los ojos de pistola para emitir las miradas que
matan; de las palabras punzocortantes y las ráfagas de habladas para someter a
quien se deje: tienen capacidad para emplear las palabras de manera hiriente,
como burda arma para que el estómago arda, el pulso se acelere, las piernas
tiemblen y adquiera uno las mismas características, asesinas casi, del iracundo
en cuestión.</p>



<p>Ponen el dedo en la llaga y no lo quitan hasta que obtienen respuesta a
sus provocaciones. Estos seres parecen impredecibles, pero algo les caracteriza:
la supuesta defensa de su orden, de su territorio, de su propiedad y su
persona.</p>



<p>-Dirás misa, mano: yo llegué primero a la cola y hazle como quieras&#8230;</p>



<p>-Es que la señora se siente mal, mano, y la llevo a la clínica&#8230;</p>



<p>-Pus a mí también me duele una muela y me pone de un humor que puedo
mandar a cualquiera a chiflar a su máuser&#8230;</p>



<p>-¡Uchala&#8230;!</p>



<p>-¡¡¡¿Uchala qué, úchala con qué?!!! Sáquese, a chiflar a su moder…</p>



<p>Los broncudos aparecen donde menos se les espera, y son capaces de
echarle a perder el día, o la vida toda, al que caiga en su telaraña: Usted
está formado en la cola para adquirir un boleto del metro; de repente ese Grandulón
aparece y se le planta delante; Usted tampoco está muy de buenas que digamos:
lleva media hora en la fila y parece no avanzar. Sin medir las consecuencias, Usted
recupera su lugar. </p>



<p>El tipo no se da por enterado y sigue en la fila, detrás suyo. Pero el
hombre de cráneo rasurado que está detrás tampoco deja que el wevón entre a la
fila nomás por sus pistolas, y lo batea: el chiquillo treceañero se quita los
audífonos y apenas susurra un tímido: </p>



<p>“Oye, la cola es atrás”.</p>



<p>Grandulón voltea indignado y ¡sopas!, suelta tremendo cachetadón al
imberbe que se tambalea, hace bizcos y sólo acierta a inclinar la cabeza para
ocultar las lágrimas. La indignación aflora, el chavalo se soba la mejilla pero
Grandulón ni se inmuta y sigue usurpando un lugar en la fila.</p>



<p>Entonces Usted, que seguía la acción del gandalla, saca al broncudo que
lleva dentro, medio domesticado, y le sorraja un ¡no mames wey, ¿por qué le
pegas al morro?! Por mis wevos, cabrón, ruge Grandulón y pum, tremendo
derechazo se estampa en el hocico de la bestia abusiva, que se repone de la
sorpresa y se abalanza sólo para que Usted, abusivo practicante del boxeo, le
sorraje uno y otro más derechazos justo adonde atizó el primero…</p>



<p>La sangre aflora, Usted no advierte que su puño sangra debido al
impacto en los dientes del Grandulón, que todavía tiene ímpetus para pedir más
pero, horror al crimen, ya vienen ahí los azules, a-ver-a-ver, qué pasó, por
qué alteran el orden público, háganse p’acá…</p>



<p>Conclusión: Usted termina resignado en el puesto de vigilancia ubicado
en el transbordo entre la línea 9 y la 5 del paradero Pantitlán, con Grandulón que
insiste e insiste para que los lleven a la delegación y le pague los dientes y
lo enchiqueren por los siglos de los siglos en prisión, y los polis diciendo:
ya se hizo, manito, ponte a mano o este wey te perjudica, te van a fichar, son
daños faciales indelebles, quiero decir: de los que no se borran; ponte a mano;
sí, sabemos que él se lo buscó pero… ¿Las cámaras? Vas a aparecer como el
agresor, manito; mejor ponle algo pa’ mí y pa’ mi parejita y te vas corriendo,
decimos que te pelaste…</p>



<p>Usted se convence que defender a un débil (que quién sabe a dónde fue,
ni las gracias dio) puede salir caro, y entrega los únicos 200 pesos que lleva
encima, el gasto de la semana, y aún es miércoles… Pero nuevecitos, el par de
dientes no baja de 6 mil varos en el consultorio dental del Doctor Manotas… </p>



<p>Más vale un mal arreglo que un buen pleito, dice la conseja popular, y
ahí va usted por la línea 5, fuera de ruta, sin billete, defensor de los
humildes; la gente voltea a verlo y no falta el guasón que grita ¡agárrenlo,
agárrenlo, algo se robó! Así que Usted baja la velocidad y pasa desapercibido,
para qué exponerse…</p>



<p>Cuidado con los broncudos. Son de piel sensible, no admiten que se les
roce entre la multitud, porque a la de ya voltean con cara “bueno, ¿pus qué
chingaos te tráes?”. De la contraparte femenina de los broncudos también hay
que cuidarse: tienen los poros abiertos para que por ellos les penetre lo que
consideran atentado a su integridad:</p>



<p>-Ora, qué tanto te me quedas viendo. ¿Qué: soy o me parezco?- puede ser
la clave para sacarles distancia o a las consecuencias atenerse. </p>



<p>-A ver si va y se le repega así a más grande de su casa.</p>



<p>-No tengo.</p>



<p>-Pus si eso se le nota desde lejos. Pero o se hace p&#8217;allá o le tiro de madrazos.</p>



<p>Los broncudos, pues, pueden ser hombres o mujeres, jóvenes o ancianos,
letrados o de la universidad de la vida. No fácilmente entran en razón: para
ellos, la vida se arregla a putazos, cates, madrazos, trompones, vergazos, rematados
por lo general con un rugido:</p>



<p>-¡¡¡Te voy a matar, cabrón; me cae que te vas a morir, valedor!!!</p>



<p>Impredecibles, dijimos. </p>



<p>Puede ser que no tanto: un color a bilis les vuelve cetrino el rostro.
O pueden adquirir tonalidades ámbar e incluso verde botella. Pueden tener trato
público constante y aún así, aguas: atacan desde el mostrador de la tienda, la
caja del supermercado, en la recepción de la oficina pública o privada. Antaño
cantaban, pregonaban, ostentaban ser del Barrio Bravo, de allá Donde las
Águilas se Atreven, donde Todavía Matamos con Arco y Flecha, chiquita no te la
acabas.</p>



<p>Los broncudos alegan “tener contactos”, alguien allá Arribotota con el
que, aguas, te las vas a ver, me canso que sí. Y no se refieren sólo a un ente
del poder político, sino de alguien perteneciente a La Familia o los
Templarios, ai tú dices…</p>



<p>Puede que sean la personificación del rencor vivo rulfiano. Presencia y
esencia del «no se puede contra lo que no se puede”. Aunque el
autoanálisis descubre a los broncudos como producto de la neuras que por
doquier nos invade y hasta brinda la oportunidad de unos minutos de fama en el <em>feisbuc</em> o en el <em>tuiter</em>, mostrando nuestras habilidades para el trompo, el tirito o
el round ante las cámaras de los omnipresentes telcelulares. </p>



<p>Aguas&#8230; Aguas con el broncudo que podemos llevar dentro.</p>
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