Por Efrén Arrazola
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 28 de abril de 2026.- No escribo para contar lo que hicimos. Este relato no es una epopeya. Tampoco una disculpa. Es apenas un intento de nombrar aquello que fuimos –lo que tuvimos de valientes y lo que tuvimos de ciegos- antes de que el tiempo, ese viejo escribano, lo borrara todo o lo volviera leyenda.
Si al leerlo sientes el roce de una bala que no te dio, o el olor a pólvora seca, o la manera en que late el pecho cuando se cree en algo hasta las últimas consecuencias, entonces quizá también tú fuiste, alguna vez, aquello que fuimos.
La memoria, he aprendido no es un archivo. Es un espejo al que uno se asoma y ve, con orgullo, a veces con vergüenza, a veces con ternura desarmada, a aquel que fue. Y se pregunta : sigo siendo él? ¿Lo he traicionado? ¿Lo he honrado?
Los hechos
Hemos dicho, y vale la pena repetirlo, que la historia de la Universidad es, en gran medida, la historia del acecho a su autonomía: unas veces a cielo abierto, otras con el puñal envuelto en paños tibios. Y es también, por eso mismo, la historia de su defensa, tantas veces heroica y casi siempre solitaria.
El 27 de abril de 1976 sobrevino un nuevo asalto, esta vez disfrazado de violencia repentina. Un grupo de porros, azuzados desde el poder por Luis Echeverría, se lanzó a sangre y fuego contra el edificio Carolino. Su propósito: arrancar la renuncia del rector Luis Rivera Terrazas y, con ella, entregar la casa de estudios al gobierno como una pieza más de botín.
Esa mañana yo estaba en casa. Mi padre llevaba cinco días muerto y yo me había concedido unos días de duelo, un paréntesis entre tanta lucha. Fue entonces cuando llegaron, presurosos, algunos compañeros de la Preparatoria “Emiliano Zapata” —yo era su representante ante el Consejo Universitario—. Recuerdo a Rogelio López Sánchez; creo que también venían Gerardo Pérez “El Huachi”, Luis Antonio Sánchez “El Panterita” y alguno más. Llegaron a advertirme: que no fuera al Carolino, que el Frente Estudiantil Popular lo había tomado. Los vi inquietos, desconcertados, como quien ha perdido el rumbo en medio de la refriega.
Les dije que debíamos concentrarnos y aguardar instrucciones de la dirección del partido. Ellos, como yo, militábamos en la misma célula: y aunque varios eran del Frente de Estudiantes por el Socialismo; otros, la mayoría militaba en el Partido Comunista, en la célula “Alfonso Calderón Moreno”, cuya base era la Prepa Popular “Emiliano Zapata”.
A dos calles de mi casa vivía Enrique Condes Lara. Propuse que fuéramos a verlo: quizá él tendría más información. Eran casi las dos de la tarde. Condes habitaba un edificio sobre la 2 Oriente, antes del Boulevard 5 de mayo, cerca de la famosa Villa “Flora”. Allá nos encaminamos. Su esposa, Rosa Roveglia, nos abrió la puerta y nos pidió esperar: Enrique no tardaría. Y así fue. A los pocos minutos llegó, y ya traía una consigna: se iba a intentar retomar el Carolino. Quien tuviera armas, que lo siguiera.
La mayoría no se movió. Nadie tenía armas. Contra lo que después nos achacaron —esa infamia de llamarnos grupo paramilitar—, el FEPS no recibía adiestramiento para la defensa del Partido. Solo unos cuantos lo seguimos. En mi caso, yo andaba armado porque desde el año anterior, cuando fui miembro de la comisión electoral que calificó y dirigió la elección del ingeniero Rivera Terrazas, había vivido bajo la amenaza constante del grupo del FEP-PST. Incluso el día mismo de la calificación electoral fueron por mí, para obligarme a estar presente, seguros de que ganaría su candidato, el doctor Enrique Cabrera.
Enrique Condes nos condujo entonces al estacionamiento “Ángeles”, en el número 405 de la 2 Oriente. Subimos —por la escalera o por el elevador, la memoria ya no es exacta— hasta la azotea. Desde allí, saltando bardas como animales perseguidos, llegamos a la “Casa del Pueblo”. Allí los compañeros resistían, disparaban contra los asaltantes del Carolino.
Vi muchas caras conocidas. Parapetado, Agustín Zárate, que al parecer se había fracturado un brazo al saltar por una ventana del Carolino. A mí me pareció más una coartada para no entrar en combate. Luego, Juan García “El Manitas” nos dijo, recién llegados, que había que establecer una “cabeza de playa” en la entrada del Teatro Universitario para iniciar desde allí la reconquista del edificio. Me pareció una locura: el Carolino era una fortaleza, un monte de piedra y poder. Juan preparaba unos explosivos con cartuchos de dinamita, con la intención de volar la puerta del Teatro. Nos pidió que lo cubriéramos mientras cruzaba la calle. Así lo hicimos. Se abrió el zaguán de la Casa del Pueblo y Juan, agazapado, cruzó el asfalto, puso la carga, encendió la mecha y regresó bajo una lluvia de balas que venía del interior del Carolino. Todos nos cubrimos. Esperamos la explosión. Pero el explosivo falló: ni una astilla arrancó de la puerta.
Mientras decidían qué hacer, los disparos seguían. En un acto temerario, casi suicida, el camarada Armando Esparza, sin mayor protección, abrió la ventana de la Casa del Pueblo para disparar. Desde el entonces Gimnasio Universitario, una bala cruzó el aire y le dio de lleno. Creo que le pegó en el estómago. su herida era grave; llamaron a la Cruz Roja, que llegó poco después. Para evitar que Armando fuera llevado a otro hospital que no fuera el Universitario, alguien debía acompañarlo y forzar al conductor si hiciera falta. Quizá porque yo era el más joven —veinte años entonces—, decidieron que me fuera con él. Así que, con Armando en camilla y los paramédicos de escudo, me subí a la ambulancia.
Todavía recuerdo: al llegar a Urgencias y descender, ya había médicos esperando. Entre ellos también había camaradas, les habían avisado que Armando iba en camino herido. Ante la gente que se arremolinaba, Armando alzó los brazos y gritó: “¡Viva el Partido Comunista!”. No me dejaron pasar a la zona de Urgencias. Pensé regresar a la Casa del Pueblo, pero entonces un compañero de Medicina me dijo que el ingeniero ya había ordenado suspender aquella locura de rescatar el Carolino. Incomunicado de los míos, regresé a casa. Para mí, ese día había terminado.
Al otro día marchamos, una marea exigiendo la salida de los porros. También pedimos solidaridad a los universitarios del país, sobre todo donde el Partido tuviera presencia. Por la tarde, el Consejo Universitario se reunió y tomó acuerdos. Uno de ellos: formar una comisión que viajaría de inmediato a la Universidad de Sonora, también sitiada por el gobierno. Debíamos mostrar el apoyo de los poblanos, integrar guardias con los sonorenses. La comisión la formamos el consejero maestro de Física, el de Psicología, el de la Prepa Zapata y yo, como consejero alumno de esa misma Prepa. Permanecimos allá hasta el 5 de mayo. Esa mañana nos avisaron: los porros habían desalojado las instalaciones en Puebla. El Consejo nos llamaba de regreso. Sentimos un alivio profundo, casi físico: todo había terminado.
La derrota del porrismo —ese rostro brutal del FEP-PST— fue una victoria luminosa para las fuerzas progresistas, que soñaban con consolidar una universidad democrática, crítica y popular. Ese sueño recogía, en esencia, todas las luchas anteriores: desde la Reforma Universitaria de 1961 hasta las batallas de los años cincuenta por la autonomía. Los dos periodos del ingeniero Terrazas al frente de la Universidad hicieron posibles esas transformaciones, sobre todo en los terrenos de la autonomía verdadera y la educación laica, tan duramente ganada.
Pero la historia tiene sus ironías, sus grietas. Con el porrismo derrotado, el Partido Comunista se quedó sin contrapeso en el gobierno universitario. Eso afianzó sus relaciones con el Estado: obtuvo mayores subsidios para las ingentes tareas de la Universidad y se convirtió en un imán para decenas de comunistas que llegaban de otros rumbos del país y del exilio, huyendo de las dictaduras fascistas. Hacia adentro, el Partido se volvió hegemónico y vivió sus horas más dulces. Pero, paradójicamente, sin aquel adversario que obligaba a la unidad, y con un enorme caudal de recursos que administrar, las pasiones se desataron y las ambiciones por el poder universitario crecieron como hierba mala. Así, cuando llegó el momento de la sucesión del ingeniero Luis Rivera Terrazas, aquellas pasiones terminaron por hundir al Partido en sus propias contradicciones. Lo que fue un triunfo, con el tiempo se volvió espejismo.
Epílogo
Escribo esto desde la distancia, no tanto de los años sino de lo que fui aquel día. El muchacho de veinte años que cruzó azoteas con un arma en la mano y un nudo en el pecho ya no vive en mí del todo. A veces lo visito, como quien visita una casa antigua donde ocurrió algo definitivo y ya no se puede volver atrás.
¿Ganamos? Sí. Los porros se fueron, el Carolino volvió a ser nuestro, el rector se quedó. Hubo marchas, discursos, aplausos. El Partido Comunista alcanzó entonces una influencia que nunca antes había tenido ni volvería a tener en la Universidad. Por un tiempo, todo brilló.
Pero la memoria me ha enseñado una cosa: las victorias más rotundas suelen llevar adentro una semilla de derrota. No porque la lucha no valiera la pena —valía, valía cada bala fallida, cada barda saltada, cada madrugada sin sueño—, sino porque el poder, incluso el poder ganado con razón, cambia a quienes lo ejercen. Y nosotros, sin advertirlo, empezamos a parecernos un poco a aquello que habíamos combatido.
Lo digo sin rencor, apenas con una tristeza que ya es antigua y casi tibia. Fuimos valientes, eso no me lo quita nadie. Fuimos jóvenes, eso menos. Pero la juventud, por sí sola, no vacuna contra la soberbia ni contra el olvido de los propios límites.
Hoy, cuando paso cerca del Carolino —ya no tan a menudo, mis pasos son otros— me detengo un instante y escucho el eco de aquellos disparos. No los oigo como amenaza, sino como advertencia. La autonomía que defendimos entonces, con uñas y dientes, sigue siendo frágil. Como todo lo que vale.
Y a veces, en las noches quietas, me parece ver a Armando Esparza levantando los brazos en la camilla, sangrando y gritando “¡Viva el Partido Comunista!”. Y me pregunto si, después de todo, no estaba gritando otra cosa: la necesidad de creer en algo más grande que uno mismo. Eso sí, eso nunca se pierde.
Por lo demás, aquí estoy. Con las manos vacías y la memoria llena.