Por Ana Lluvia García
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 18 de junio de 2026.- Hay una idea cómoda que suele repetirse cada vez que se habla de la CIA en América Latina: que todo pertenece al pasado. Que las intervenciones ocurrieron en Guatemala, en Chile, en Nicaragua o en Cuba. Que fueron episodios propios de la Guerra Fría, de dictaduras militares y conspiraciones de otro tiempo. Es una idea tranquilizadora porque permite creer que la soberanía nacional hoy se encuentra a salvo. El problema es que la historia cuenta otra cosa.
La intervención estadounidense nunca desapareció. Se volvió más sofisticada.
Durante décadas, la CIA fue asociada con golpes de Estado, invasiones, escuadrones clandestinos y operaciones militares encubiertas. Pero las grandes potencias aprenden. Descubrieron que los tanques tienen un costo político enorme y que resulta mucho más eficaz lograr que un país se desgaste a sí mismo. Hoy las guerras más exitosas no se libran necesariamente en los campos de batalla; se libran en la economía, en los medios de comunicación, en los algoritmos, en las redes sociales, en los tribunales, en las percepciones colectivas y en la capacidad de una sociedad para confiar en sí misma.
La lógica es sencilla: si un país puede ser convencido de que está condenado al fracaso, la intervención ya no necesita presentarse como intervención. Aparece como rescate. Como ayuda. Como cooperación. Como defensa de la democracia. Como lucha contra el crimen. Como combate al terrorismo. Cambian las palabras, pero permanece el objetivo: reducir la capacidad de los pueblos para decidir su propio destino.
Por eso el problema no es únicamente la CIA como institución. El problema es el injerencismo estadounidense como sistema. La CIA ha sido una de sus herramientas históricas, pero no la única. La misma lógica opera mediante sanciones económicas, financiamiento de oposiciones, lawfare, campañas mediáticas, diplomacia coercitiva, organismos internacionales, plataformas digitales y acuerdos de seguridad diseñados para condicionar la soberanía de los países periféricos. El imperio aprendió que no siempre necesita ocupar territorios; muchas veces basta con ocupar imaginarios.
En México esa historia tiene raíces profundas. Los documentos desclasificados muestran que durante la Guerra Fría la CIA construyó redes de colaboración con sectores del Estado mexicano, grupos empresariales, organizaciones anticomunistas y operadores políticos que compartían un mismo objetivo: impedir que las fuerzas populares modificaran el orden existente. No se trataba únicamente de vigilar a la izquierda. Se trataba de producir un clima político donde cualquier proyecto de transformación pudiera ser presentado como amenaza.
Lo inquietante es que los mecanismos fundamentales siguen siendo reconocibles. Antes el enemigo era el comunismo. Hoy es el narcotráfico. Antes se hablaba de la necesidad de salvar al continente de la expansión soviética. Hoy se habla de salvar a Estados Unidos del fentanilo. Antes se justificaba la intervención en nombre de la libertad. Hoy se justifica en nombre de la seguridad. La estructura narrativa es prácticamente la misma: construir una amenaza, exagerarla hasta convertirla en crisis existencial y utilizar esa crisis para ampliar los márgenes de intervención.
Por eso conviene mirar con atención el nuevo discurso estadounidense sobre los cárteles. No porque el problema criminal no exista. Existe y es devastador. Pero llama la atención que Washington insista en presentar a México como fuente exclusiva del problema mientras guarda un prudente silencio sobre el mercado que consume las drogas, el sistema financiero que lava recursos ilícitos y las empresas que facilitan el flujo de armas hacia el sur. El mensaje es transparente: el problema está allá, nunca aquí. Y cuando un país es definido permanentemente como problema, la intervención comienza a parecer razonable.
Es en este contexto donde la figura de Ricardo Salinas Pliego adquiere relevancia política.
No porque sea el cerebro de una conspiración internacional ni porque reciba instrucciones secretas desde Langley. Esa caricatura simplifica demasiado las cosas. Su importancia radica en que representa perfectamente el tipo de actor que las estrategias contemporáneas de desestabilización necesitan: alguien con recursos económicos inmensos, capacidad de comunicación masiva, acceso permanente a la conversación pública y una disposición absoluta para producir confrontación.
Las guerras no convencionales necesitan operadores capaces de amplificar malestares reales hasta convertirlos en sensación permanente de colapso. Necesitan voces que transformen cualquier problema en prueba de que el país es ingobernable. Necesitan empresarios que se presenten como víctimas. Necesitan medios que conviertan conflictos particulares en crisis nacionales. Necesitan influencers que disfracen intereses económicos de indignación ciudadana. Necesitan ruido.
Y Salinas Pliego se ha especializado precisamente en eso.
Su proyecto político no consiste en construir una alternativa de país. Consiste en erosionar la legitimidad de cualquier alternativa que limite los privilegios de las élites económicas. Su conflicto fiscal es ilustrativo. Lo que comenzó como una disputa jurídica fue convertido deliberadamente en una batalla cultural. El objetivo nunca fue ganar únicamente en los tribunales. El objetivo era instalar la idea de que exigir impuestos a uno de los hombres más ricos de México constituye una forma de persecución política. Es una operación de comunicación brillante en su cinismo: transformar privilegio en victimización y poder en agravio.
Ahí aparece otro elemento fundamental. Las guerras contemporáneas no necesitan que la población apoye activamente a quienes impulsan el caos. Les basta con que la población pierda confianza en todo lo demás. No buscan necesariamente construir legitimidad propia; buscan destruir la legitimidad ajena. No necesitan convencer de que existe una alternativa mejor; les basta con sembrar la sensación de que ninguna alternativa es posible.
Por eso la estrategia de ciertos sectores de la ultraderecha contemporánea se parece tanto a una fábrica de frustración. Todo está mal. Nada funciona. Nadie sirve. Todo esfuerzo colectivo está condenado. Toda institución es corrupta. Todo gobierno es ilegítimo. Toda transformación es fraude. El objetivo final es paralizar políticamente a la sociedad y convertir el desencanto en sentido común.
La paradoja es que esa operación encuentra cada vez más resistencia. Porque el pueblo mexicano ha desarrollado una capacidad política que las élites suelen subestimar: la capacidad de identificar intereses detrás de los discursos. La mayoría puede no conocer los detalles de una disputa fiscal o los documentos desclasificados de la CIA, pero entiende algo esencial. Entiende quién habla desde el privilegio y quién habla desde la experiencia colectiva. Entiende cuándo la palabra libertad significa derechos y cuándo significa impunidad. Entiende cuándo una campaña busca informar y cuándo busca fabricar caos.
Y quizás ahí reside la mayor derrota de quienes intentan gobernar mediante la manipulación permanente. Porque el problema ya no es solamente lo que dicen. El problema es que cada vez más personas saben por qué lo dicen.