Por Humberto Musacchio
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 21 de julio de 2026.- Ayer concluyó la exposición de las piezas de la colección Gelman que le prestaron al Estado mexicano los supuestos propietarios (de la colección, no del Estado, aunque para algunos exista confusión). Recordemos que el albacea de doña Natasha Gelman, mediante una transa monumental y hasta ahora impune, se convirtió en seudoheredero de ese patrimonio tras la muerte de la señora, lo que implica que tiene buenos contactos en el más allá. Por lo pronto, la obra se va a Monterrey y luego, con mucho pesar, los mexicanos tendremos que decir adiós a ese conjunto artístico, pues el presunto dueño, un señor Zambrano, la entregará a la firma bancaria Santander como garantía de un crédito que no ha pagado, lo que no preocupa a nuestras autoridades culturales. Una vez en Europa, la colección, que ahora apodan Santander-Gelman, será alquilada a diversos museos de ese continente, y como nadie abandona un buen negocio, ya podemos decirle adiós a ese conjunto artístico que fue donado “a México” por doña Natasha.
DENUNCIAN A FUNCIONARIOS DEL INAH
Investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia denunciaron ante la Fiscalía General de la República, los días 7 y 8 del mes en curso, a 27 funcionarios encabezados por Diego Prieto, exdirector general del INAH, por el daño severo que causaron durante la construcción del Tren Maya contra 47 monumentos arqueológicos, los que fueron llevados a Chetumal, al llamado Parque de la Memoria Balam Tun, museo arqueológico al aire libre donde las piezas fueron reconstruidas piedra por piedra. Los monumentos en cuestión fueron retirados de donde estaban porque interferían con el paso del ferrocarril y llevados a un lugar en varios casos lejano, lo que para los denunciantes atenta contra la conservación del patrimonio y lo convierte en un “fraude arqueológico”. Lo que sorprende es que la denuncia no incluya al principal responsable, el que desde su ignorancia daba órdenes no sujetas a discusión. Sí, el mismo que se llama Andrés Manuel López Obrador.
TRES CHANFALLAS EN UNO
Nacido en Meztitlán, Hidalgo, en 1928, el escritor Gonzalo Martré ya anda arañando el siglo, pero sigue produciendo y Ediciones Lluvia de Letras acaba de publicar El Chanfalla era un gandalla, volumen empastado y con casi mil páginas que reúne sus tres novelas sobre ese personaje de la picaresca: El Chanfalla, aparecida en 1978, Entre tiras, porros y caifanes, de 1983, y¿Tormenta roja sobre México?, publicada en 1993. Las tres obras, que forman parte de una sola y múltiple narración, remiten –dice Patricia Cabrera López—“al correlato histórico”, ese que diluye la frontera entre ficción y realidad, pero sin perder verosimilitud literaria, que para el caso es lo que importa. Martré es el autor de la novela Los símbolos transparentes, que en 1978 participó en el Concurso Internacional de Novela de México, donde suscitó un intenso debate en el jurado, pues todo indicaba que sería la obra triunfadora, pero hacía referencia a lo ocurrido en el movimiento estudiantil de 1968 y todavía pesaba la influencia del chacal Díaz Ordaz, por lo cual Luis Guillermo Piazza, representante de Editorial Novaro, firma convocante al premio, pidió a Jorge Ibargüengoitia que le entregara una novela que ni siquiera había sido enviada a concurso, la que acabó siendo la beneficiada, y al libro de Gonzalo, que no podían ignorar, le dieron apenas una mención honorífica. Fue algo sucio que denunció en su momento Juan Marsé, uno de los jurados. Pero Gonzalo se cobró la canallada, pues poco después publicó una novelita a la que tituló El pornócrata, que sin mencionar su nombre aludía al matón de Tlatelolco. En suma, Gonzalo Martré es un autor que debemos leer, pues dice cosas profundas con gran sentido del humor. Lo que se agradece. © 2026 Imagen – Excélsior. Todos los derechos reservados. El contenido de este sitio y de la edición impresa está protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y por escrito. El material de terceros conserva sus propios derechos.