Por Ana Lluvia García
Periodistas Unidos. Ciudad de México. 01 de septiembre de 2026.- Hay algo profundamente revelador en que, con apenas unas horas de diferencia, dos mujeres hayan colocado en México preguntas que parecen distintas, pero que en realidad atraviesan el mismo problema: ¿cómo enfrentamos la violencia contra las mujeres sin dejar intactas las estructuras que la producen? En Puebla, Olimpia Coral volvió al lugar donde comenzó una lucha nacida de una experiencia brutalmente personal. Una violencia que durante mucho tiempo ni siquiera tenía nombre terminó convirtiéndose, gracias a la organización de muchas mujeres, en una categoría jurídica, una causa política y finalmente una ley. Por otra parte, en la UNAM, Angela Davis, una de las pensadoras y activistas más importantes de nuestro tiempo, recordó que convertir cada violencia en un nuevo delito y cada conflicto social en una nueva pena tampoco significa necesariamente construir justicia. Dos mujeres, dos trayectorias distintas, dos generaciones separadas por contextos muy diferentes, pero unidas por una misma convicción: aquello que nos dicen que es un problema individual suele ser, en realidad, la expresión de relaciones de poder.
La historia de Olimpia nos recuerda algo fundamental. Durante décadas, millones de mujeres fueron responsabilizadas de la violencia que sufrían. Cuando una imagen íntima era difundida sin consentimiento, la discusión no giraba en torno al agresor sino en torno a la conducta de la víctima. Se cuestionaba su forma de vestir, sus decisiones, sus relaciones o incluso su derecho a vivir libremente su sexualidad. Lo verdaderamente revolucionario de la Ley Olimpia fue haber desplazado la culpa. Demostrar que el problema no era la mujer violentada, sino una cultura que normalizaba la apropiación de su cuerpo y de su intimidad. Lo que parecía un asunto privado se convirtió en un asunto público. Lo que parecía una vergüenza individual se convirtió en una causa colectiva. Y eso ocurrió porque las mujeres se organizaron para nombrar una experiencia que hasta entonces permanecía invisible.
Pero justamente cuando esa conquista parece consolidarse, Angela Davis nos obliga a formular una pregunta incómoda. Una vez que logramos que una violencia sea reconocida por la ley, ¿qué sigue? ¿Basta con aumentar castigos para transformar la realidad? ¿Puede una sociedad resolver problemas profundamente arraigados en la desigualdad únicamente mediante mecanismos de sanción? La provocación de Davis no consiste en negar la necesidad de proteger a las víctimas ni en minimizar la gravedad de las agresiones. Su planteamiento es más profundo. Nos invita a preguntarnos por qué vivimos en sociedades que parecen incapaces de imaginar soluciones más allá del castigo. Nos obliga a reflexionar sobre las condiciones sociales, económicas y culturales que producen la violencia antes de que esta llegue a los tribunales.
La discusión es especialmente relevante porque vivimos un momento histórico en el que la indignación suele transformarse rápidamente en demandas de mayor vigilancia, más controles y penas más severas. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar si esas medidas modifican realmente las causas del problema. Una sociedad profundamente desigual, atravesada por la precariedad, el machismo, la exclusión y la fragmentación comunitaria puede encarcelar a miles de personas sin resolver las condiciones que generan nuevas violencias. La cárcel puede castigar un acto, pero difícilmente puede reconstruir una comunidad rota. La sanción puede reconocer una agresión, pero no necesariamente transforma las relaciones sociales que la hicieron posible.
Y es justamente aquí donde la reflexión se vuelve más interesante. Porque la violencia que denuncia Olimpia ya no ocurre solamente entre individuos. Detrás de la difusión de imágenes íntimas existe toda una estructura tecnológica y económica que obtiene beneficios de nuestra exposición permanente. Las plataformas digitales viven de captar nuestra atención. Los algoritmos están diseñados para promover aquello que genera interacción. Nuestros datos, nuestras emociones, nuestras relaciones y hasta nuestros cuerpos se han convertido en mercancías que circulan dentro de mercados digitales gigantescos. La violencia digital no puede entenderse solamente como la acción de una persona contra otra. Existe una industria completa que convierte la intimidad en contenido, el deseo en negocio y la exposición en rentabilidad.
Por eso la discusión ya no puede limitarse a identificar culpables individuales. Necesitamos preguntarnos quién controla las plataformas, quién diseña los algoritmos, quién obtiene ganancias económicas de la circulación de ciertos contenidos y qué intereses están detrás de un modelo tecnológico basado en la extracción permanente de información. Cuando una fotografía íntima se viraliza, no hablamos exclusivamente de un individuo que compartió, participan infraestructuras digitales construidas para multiplicar aquello que produce atención. El problema deja de ser exclusivamente moral o jurídico y se convierte en una cuestión política.
En el fondo, tanto Olimpia como Angela Davis nos están invitando a mirar más allá de los acontecimientos aislados. Ambas nos recuerdan que la violencia no aparece espontáneamente. Tiene raíces, tiene historia, tiene estructuras que la sostienen. La diferencia es que cada una pone el foco en momentos distintos del mismo proceso. Olimpia nos muestra la importancia de que las víctimas tengan herramientas para defenderse y de que el Estado reconozca aquello que antes ignoraba. Davis nos advierte que ninguna ley, por sí sola, puede sustituir la transformación de las condiciones que producen la violencia. Una nos recuerda la importancia de conquistar derechos. La otra nos recuerda que los derechos conquistados no eliminan automáticamente las relaciones de dominación.
Quizá por eso no deberíamos entender sus planteamientos como posiciones opuestas. La verdadera discusión no está entre castigar o no castigar. La pregunta más importante es cómo construimos una sociedad donde cada vez sea menos necesario recurrir al castigo. Cómo generamos condiciones de vida que reduzcan la violencia antes de que ocurra. Cómo fortalecemos comunidades capaces de cuidar, acompañar y prevenir. Cómo construimos tecnologías que estén al servicio de la dignidad humana y no únicamente de la acumulación de capital. Cómo recuperamos la idea de que la seguridad no depende solamente de policías, tribunales o cárceles, sino también de la existencia de vínculos sociales fuertes, de oportunidades reales y de una vida digna para todas las personas.
Quizá por eso el debate más importante de nuestro tiempo no sea únicamente cómo castigamos la violencia, también de cómo construimos las condiciones para que deje de reproducirse. Creo que la verdadera justicia no consiste en reaccionar frente al daño. Tenemos que pensar en las implicaciones y preguntarnos qué mundo estamos construyendo y qué relaciones sociales queremos sostener. En una época marcada por el avance de la extrema derecha, el autoritarismo, la concentración tecnológica y la mercantilización de prácticamente todos los aspectos de la vida, la pregunta que nos dejan Angela Davis y Olimpia Coral es profundamente política y profundamente humana: ¿seremos capaces de imaginar formas de organización, de comunidad y de cuidado que coloquen la vida en el centro?
La respuesta todavía está abierta. Pero si algo enseñan estas dos mujeres es que las transformaciones más importantes comienzan cuando dejamos de aceptar como inevitables las formas de poder que organizan nuestra existencia. Toda emancipación empieza cuando alguien se atreve a nombrar aquello que parecía imposible cambiar.